Me cago en Sócrates. Me meo en Platón. Le suelto una boñiga a Aristóteles… y a los que estuvieron antes, también a todos, desde Parménides hasta Heráclito. Gracias a ellos, o desgracias a ellos, nos han estado intentando imbuir desde hace centenares de años de la idea de que ¡viva la meritocracia!, ¡arriba la democracia!, ¡olé la madre que nos parió!
Eso sí, mucho rollo patatero, pero con sus esclavos, sus “bárbaros” y sus mujeres, cosas que no entraban en discusión, porque eso tenía que hacer así. Y actualmente, desde que eres crío, te inculcan la idea de que tus méritos, tu capacidad, tu actitud, tu preparación y/o tu inteligencia forman un compendio que establecerá y determinará tu éxito en la escala social-laboral. ¡Y un cojón de pato! ¡Eso no ocurría ni en el “mundo de las ideas” de Platón! ¡Un mojón! ¡Una mierda!
Pero, claro, el concepto de “meritocracia” es como el de la “vida en el Cielo” del cristianismo (no el de Ronaldo): sirve para mantener vivo el sistema y que la cosa vaya tirando… ¿Y si te dijeran desde crío la verdad: “oye, escucha, por mucho que te esfuerces y te prepares, ves a aquel tío que no sabe hacer la “o” con un canuto, pues ése, como su padre es tal, siempre va a estar por encima tuya y si, por casualidades de la vida, tuvieras el “infortunio” de llegar “más alto” que él, ándate con ojo”?
Probablemente si nos hubieran adoctrinado de esta manera, todos seríamos una panda de cabronazos, pero al menos, el punto de partida sería similar y todos estaríamos expuestos a las puñaladas en igualdad de condiciones, dando y soltando navajazos, como un buen pascual duarte… Que la espada de Damocles se cierna sobre nosotros.
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10 Julio, 2009 a las 12:17 am |
El que no tiene padrino, no se bautiza.