Hace 7 años

Yo acababa de comer y estaba en mi cuerto mirando mi correo. Entonces, recibí la llamada de un amigo mío. La verdad que era una hora muy extraña para llamar. En su voz se le notaba el nerviosismo, parecía alterado. Yo, ajeno a todo, le pregunté que qué le pasaba, a lo que me respondió: “niño, es que no has visto las noticias: enciende la tele”. Al encender el aparato, veo como un avión se dirige directo hacia una torre, que se encontraba justo al lado de otra de la misma altura, de la que salía una inmensa humareda negra.

En ese instante, fue cuando yo también sentí el pánico que agarrotaba a mi amigo. De repente, era como si cualquier cosa mala pudiera pasar en cualquier momento: como si el mundo pudiera desaparecer en cuestión de minutos. Porque por muy mal que te caigan los norteamericanos, su estabilidad en gran medida es la nuestra. Y mientras a ellos no les pase nada, a nosotros (Occidente) parece que tampoco nos puede suceder ninguna desgracia, salvo que sea a nivel local.

Aquello era distinto. Un atentado terrorista en el corazón de Estados Unidos era algo hasta ese día completamente inimaginable (quien diga lo contrario, salvo que sea un fanático, es bastante probable que mienta).

Me marche a trabajar, que daba la casualidad que por aquellas fechas estaba de becario en un periódico de Málaga, y la sucesión de noticias confusas, rumores, exageraciones… hacían que tomaras consciencia de que la inseguridad podía formar parte de tu vida a partir de ese momento.

Siete años después, quizás los acontecimientos posteriores nos puedan decir que no fue para tanto (salvo para los habitantes de Afganistán o Iraq), pero desde luego que el mundo era un lugar más plácido antes del 11-S. Y lo peor que pudo suceder es que coincidiera con la presidencia de un lunático como Bush en los Estados Unidos. En gran medida, él ha sido uno de los grandes responsables de cultivar el clima del terror durante estos años; Bin Laden ha sido poco menos que un pretexto. Un presidente razonable no le habría dado pie a que se convirtiera en un icono o en un símbolo del mal, simplemente lo debería haber tratado como lo que verdaderamente es: un majarón que trata de purgar sus pecados de juventud a costa de la inseguridad, ignorancia y/o temores (y esperanzas) de miles de personas. En el fondo, Bush y él, aparte de contactos familiares, tienen más de lo que parece en común.

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