Festival de la Luna Mora en Guaro

más fotos del Festival en http://www.flickr.com/photos/phoebe_dog/

A recomendación de mi cuñado, decidimos acercarnos a Guaro, para vivir en directo su famoso Festival de la Luna Mora (y sus más de 20.000 velas). Los eventos duraban una semana, y el sábado era el último día.

Para situarnos, diremos que Guaro es un pueblecito de Málaga que está donde dios pegó las quince voces. Un municipio coqueto con poco más de dos mil habitantes, de casas blancas.

Bueno, ese sería el resumen de Guaro el resto del año. Cuando llega el Festival de la Luna Mora, la “población” se puede multiplicar por veinte según qué días, gran parte de ella venida de Guirilandia.

Cuando nosotros llegamos a Guaro eran las tres y media. Sin querer, hicimos lo que más nos convenía dado lo que vimos más tarde. A esa hora pudimos aparcar a la entrada del pueblo. Eso sí, las únicas personas que vimos en las calles, y a las cuales nos acercamos en busca de consejo para ir a comer, no eran del pueblo, con lo que nos metimos en el primer bar que nos encontramos abierto: el Coscón (¿o era el Cascón?). El caso es que reventamos a comer seis personas y nos cobraron 69 euros (atiende, Ferrán Adriá, jeje).

Terminamos de comer sobre las seis, y a esa hora empezó la verdadera actividad del Festival. Todo el pueblo estaba adornado con banderolas de colores, velas que empezaron a encender a partir de esa hora, y decenas de puestos: de comida (nuestro plato estrella: choripan con chumichurri), de bebidas (por supuesto, con tés morunos), golosinas, quesos, cuadros, todo tipo de bisutería… A medida que iba avanzando el día, el número de personas se iba multiplicando. Sobre las diez de la noche prácticamente era imposible avanzar por las tres calles principales de Guaro.

Todo el pueblo estaba apagado, con la única iluminación de las velas y las antorchas (y algunas luces) de los puestecillos. Junto a esto, había un par de exposiciones interesantes (en una de ellas vimos unos bikinis tangas en una especie de fieltro, ideal para dejarse todo la parte genital bien raspadita).

También había un pasacalles que hizo las delicias de los espectadores y un narrador bereber del que escuchamo la versión de la Caperucita Roja de su tierra.

Y otra de las cosas que más me llamó la atención fue la aglomeración de cámaras reflex, con objetivos a cada cual más polludo que había por el Festival. En ningún sitio había visto antes (me refiero pertenecientes a turistas) una aglomeración de este tipo de cámaras en tan pocos metros cuadrados. Había un japonés (o a lo mejor chino) que llevaba incluso el trípode y se paraba en mitad del barullo a hacer las fotos: un tío grande. Mejor todavía eran los que tenían la maravillosa idea de llevarse al bullicio, a las once de la noche, al niño chico en el carrito y pasearlo por las calles más estrechas para jolgorio de los que intentábamos avanzar.

Muy buen ambiente y curioso el festejo. Una buena forma de echar una tarde-noche.

Cuando nos volvíamos, sobre las doce y media, pensábamos que ya aquello empezaría a decaer. Nada más lejos de la realidad. A nuestro regreso, podíamos ver cómo una cola de más de doscientos coches se acumulaba en torno al párking, que estaba a tomar por culo del pueblo (suerte, que en esta edición ya tienen hasta un autobús que va del pueblo al lugar de estacionamiento). La fiesta no había hecho más que comenzar.

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