Operarse las tetas

Una familiar ha tenido siempre la ilusión de ponerse más pecho. Creo que eso se le ha pasado por la cabeza a muchas mujeres, con independencia de su talla del sujetador. Conozco a una que usaría una 90 y aun así, se puso más volumen, de tal manera que parecía una muñeca pepona. En fin, esas cosas pasan.

Gracias a esta operación, aparte de aprender que tienes que donar tu riñón para pagártela (en este caso, en torno a 4.000 euros, pero supongo que dependerá mucho del lugar), me han enseñado a conocer los matices. Como los hombre, por suerte, no tenemos el problema del sostén (o casi ninguno), yo había reducido esta operación a agrandarse las tetas básicamente. Lógicamente, mi bestialidad era errónea y me cuentan que hay dos tipos principales de cirugías: una, la de mi familiar, aumentar la talla, y la segunda, más arriesgada, colocárselas firmes. Esta última por lo que se ve no es tan sencilla, pues en la clínica se encontró con una muchacha que iba por ¡sexta vez! para la misma operación. Eso te da mucha confianza cuando entras a la sala: “joder, que esta es la primera y todavía me quedan seis…”

Pero de lo que verdaderamente no tenía ni puta idea era del tema del dolor. Claro, estás acostumbrado a ver muchachas y famosas neumáticas, que de la noche a la mañana están como la Cata de “Sin tetas no hay paraíso” y tú te piensas que eso es poco menos que insuflar, como si estuvieras inflando una colchoneta en la playa o la rueda de una bicicleta. ¡Craso error! Resulta que sales de la operación y te estás muriendo de dolor, y en ese instante que estás reventando, el señor cirujano te comenta: “ahora te duele, pues verás mañana que te vas a acordar de toda mi familia”. Y sí, de toda su familia, de los de su mujer y de los del resto del clínico.

Una semana contando los segundos que te faltan para tomarte el Enantyum, que será lo único que te alivie el sufrimiento. Las vendas apretándote hasta la asfixia. El picor que se acumula por todo tu cuerpo sin que puedas hacer nada. La cama, una pesadilla en la que nunca logras una posición cómoda. Y encima, te miras al espejo y en vez de verte como Beyoncé o Salma Hayek, te ves como Lolo Ferrari. “¡Oiga, que me devuelvan el dinero, que quería aumentar el pecho dos tallas, no batir el récord Guinness!”

Todo esto es normal, por lo visto. Pasado un tiempo, todo volverá al tamaño adecuado y, por fin, podrás sacarle provecho al cambio. Después de haberte gastado tanto dinero y haber pasado tan mal trago, desde luego que no te queda otra que lucirlas bien (sería como comprarte un Ferrari -coche- para tenerlo escondido en el garaje): ríete de los escotes de Cristina Aguilera.

Yo ya lo he decidido: el pecho no me lo voy a aumentar…, aunque nunca se sabe.

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