La mierda de perro

Estoy charlando con ese joven fenómeno de la fotografía llamado Edu Gómez (www.edugomez.es), que me va comentado su próxima adquisición de una Canon que le va a salir por un huevo y parte del otro. Entre bromas nos despedimos y me meto en mi coche. Como hace rasca pongo el climatizador a 23,5 grados. Apenas arranco un olor execrable alcanza mis fosas nasales. Pienso que puede que haya pisado una mierda de perro, pero tampoco lo puedo asegurar…

Apenas he avanzado diez metros el peste hace indudable la verdad de mi conjetura y empiezo a dudar entre si bajar del coche o continuar aguantando hasta llegar a casa. Por fresquete y las horas que son, me decanto por la segunda opción, intentando acelerar al máximo posible.

A mitad de camino tengo que bajar un poco la ventanilla, pero no mucho, ni quiero morir en la cámara de gas ni tampoco por congelación. Entro en la autovía y llega un punto en que tengo delante mía un coche que va ¡en tercera en una carretera de cuatro carriles! Me fijé y la matrícula llevaba la “J” de “Jódete”… y apéstate.

El hedor es casi insoportable y las obras en las que está permanentemente sumida la ciudad hacen que en el “atajo” hayan cortado uno de los carriles y sólo exista otro habilitado, con lo que yo tengo que prolongar mi agonía durante unos minutos más.

Cuando logro llegar al barrio, medio drogado, el sitio en el que puedo aparcar cerca de mi piso tiene el inconveniente de que o necesitaré hacer diversas maniobras para no darle a la tapicería o tendré que meter el auto a lo bestia para poder salir de la estercolera. Ni que decir tiene que opto por la segunda opción, quemando rueda como un chusma.

Al salir del vehículo, el olor a sorullo, a mojón, a caca, a excremento, a mierda, es reemplazado por el que ha dejado el coche con el movimiento tan brusco. Me miro a la suela de los zapatos y ahí mismo está, enterita, en el izquierdo, que parecía que lo había rebañado: los restos del estómago de un animal que se había quedado a gusto para mi completo encabronamiento. Si pisar una caca da suerte, desde ayer tengo que ser el tío más afortunado del mundo, porque no es que fuera un roce, o un trocito… No, no, era una mierda con premeditación y alevosía, de las que están esperando al despistado transeunte para adherirse a la suela de sus zapatos de forma impune.

Total, media hora dedicada a limpiar la suela del zapato, comiéndome todo el marrón. Me siento como el Presidente del Gobierno. Zapatero a tus zapatos.

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