Hormigas en Nueva York: Cap. 21. Turismo envasado (al vacío)

La reina de las visitas turisticas en Nueva York

La reina de las visitas turísticas en Nueva York

Si quieres conocer la Gran Manzana, las posibilidades son muy variadas, y siempre dependerá de tus gustos y del tiempo (y dinero) disponible.

Puedes optar por los paquetes que te ofrecen las agencias, con el inconveniente de que, básicamente, son un atraco a mano armada. Si tienen algo bueno, es que vas a conseguir un guía que se comunique contigo en español. Los norteamericanos, como los ingleses, son incapaces de hacer el mínimo esfuerzo por tratar de utilizar una lengua distinta a la suya.

Por suerte, como el número de hispanos es cada vez mayor, llegará un momento en el que hasta el presidente tendrá que dominar el español si quiere gobernar. Esto es un hecho que puedes contrastar cuando te das cuenta del detalle de que, por ejemplo, los anuncios del metro están todos en inglés o, todavía una minoría, en español. Ni chino ni francés ni alemán…, salvo que sea la publicidad de una academia de idiomas.

Bueno, que me voy por los cerros de Úbeda, comentaba que las excursiones que te ofertan las agencias son una de las maneras de conocer la isla.

Si te mueves por tu cuenta, con el Metrocard, hay una opción bastante interesante de turismo empaquetado: la CityPass. Se trata de una modalidad que existe, además de en Nueva York, en otras grandes ciudades norteamericanas (Seattle, Chicago, Philadelphia, Toronto…). Aquí por 74 dólares te incluyen las visitas al Empire State, el MoMA, el Museo de Arte Metropolitano, el Guggenheim, el Museo de Historia Natural y, por último, puedes elegir entre una vuelta en crucero o una visita a las islas de la Estatua de la Libertad y de Ellis. Además, tienes una serie de descuentos para otros lugares, aunque ese tipo de ofertas la ofrecen también la mayoría de los hoteles.

Como se puede ver, es el take-away de las visitas turísticas. Al tener un componente cultural alto; quizás, no sea el producto que andas buscando. Pero, por otro lado, el mayor atractivo de la CityPass, más que el precio, es el ahorro del tiempo en colas.

No quiero decir que las vayas a evitar. Ésas, como buen visitante, te las tienes que comer en menor o mayor medida; pero si posees la CityPass eres una especie de turista VIP y en los lugares mencionados pasas a una cola diferente, mucho más corta. Si el tiempo es dinero, la CityPass es una gran inversión.Sobre los espacios a visitar casi todos merecen, y mucho, la pena.

Las vistas del Empire State son espectaculares. El edificio más alto e histórico de Nueva York, el mismo en el que King Kong trataba de refugiarse en su cima, ofrece las panorámicas más impresionantes de la ciudad. Está en reformas, como gran parte de la isla (es lo que tiene agosto) y la entrada te permite alcanzar el piso 86. Por un suplemento de 15 dólares (jeje), puedes subir a la última planta, la 102, a más de 400 metros de altura.

Según nos han comentado, por las noches sus vistas encandilan; pero nosotros, que somos un poco cortos, hemos venido dos veces y siempre de día. La primera vez estaba nublado. La segunda, era muy temprano para que estuviesen las luces de la Gran Manzana en su apogeo y lo suficientemente tarde como para no tener la mejor visión de la ciudad. Sí, lo nuestro es de premio. Con todo, no deja de ser uno de los imprescindibles, como señala el eslogan de su campaña publicitaria: «Si tú nos has visto Nueva York desde aquí, tú no la has visto en absoluto».

El Museo de Arte Moderno (MoMA) es otro clásico. Con obras que han marcado los siglos XIX y XX, encantará a los admiradores de Manet, Monet, Picasso, Cézanne, Renoir, Van Gogh o, bajando el nivel, Warhol y Lichtenstein. Nosotros, además, hemos tenido la suerte de coincidir con una magnífica exposición temporal de Dalí compuesta no sólo por su obra pictórica, sino también por sus incursiones, algunas poco conocidas, cinematográficas. Su empleo del color, sus imágenes desconcertantes, su excepcional habilidad para jugar con la perspectiva dotan al conjunto de su obra de un influjo, de un magnetismo, que te atrapa, te absorbe, como si hubieras caído en su particular tela de araña: casi invisible, pero está ahí.

El Museo Metropolitano de Arte, por su parte, es monumental. Desde que visité el Louvre no había visto algo parecido. Sin llegar a la magnificencia del gigante francés, el Metropolitano cuenta con una brillante colección que abarca desde Mesopotamia y el Antiguo Egipto hasta nuestras fechas (algo malo tenía que tener).

Su apartado de arte egipcio es sobresaliente y la reconstrucción literal del Templo de Dendur, piedra a piedra, es absolutamente colosal. Allí está: un edificio del Antiguo Egipto tal y como se encontraba en su lugar originario (Nubia).

Además, la división del arte en función de su continente o país de procedencia hace del museo una viva representación del cosmopolitismo que se respira en el exterior. No se limita al arte occidental, sino que aquí podemos apreciar, en un vistazo, las diferencias existentes entre las creaciones de Oceanía, China, Japón, África o Sudamérica. Sin olvidarnos de que, como suele ocurrir en estos casos, su parte más destacada corresponde a la sección destinada a la pintura europea.

A mí, personalmente, las galerías que menos me gustaron fueron las dedicadas a las artes decorativas (te hacen comprender el porqué del éxito mundial del Ikea) y, como no, las de no-arte-contemporáneo.

Sobre el Guggenheim, mejor no hablar. Con la colección permanente cerrada, ni siquiera sé qué pinta dentro de la CityPass. No tiene, ni de lejísimos, el nivel del resto. La única ventaja es que, al ser pequeño, puedes huir de él rápidamente. Mejor, ni te molestes en visitarlo. Tiempo que te ahorras.

Los tres esqueletos de dinosaurios colocados a la entrada del Museo de Historia Natural nos desvelan la que es su mejor parte. La colección favorita de los críos cuenta, en el final de su recorrido, con la exposición más grande del planeta de huesos de las enormes criaturas que poblaron la tierra hace millones de años, con reconstrucciones casi completas de triceratops, brontosaurios y, nuestro preferido, el tiranosaurio rex.

Para cualquiera que se haya emocionado, aunque sólo sea un poco, con Parque Jurásico, esta colección milenaria es el pretexto perfecto para dejarse caer por este museo.

Finalmente, entre la alternativa del crucero o de la visita a las dos islas, ésta es la opción correcta. Ver y admirar a Lady Liberty tan de cerca es una obligación, como hacerse la fotografía imitando a la de John Lennon (sí, sí, esa misma, la del brazo en alto). Desde el 11-S no se puede subir a la estatua; pese a las estrictas medidas de seguridad que tienes que pasar para llegar hasta aquí, lo máximo a lo que puedes aspirar es a subirte al pedestal de la inmensa obra de Bartholdi.

Por supuesto tenía que haber una pega: la subida a la plataforma es gratuita, pero tienes que pedirla con una semana de antelación (como mínimo) a través de teléfono o de Internet. Te lo comento para evitarte la cara de panoli que se nos ha quedado a nosotros cuando estábamos expectantes por subirnos a los pies de la dama y realizamos el gran descubrimiento.

De la isla de la estatua te trasladan a Ellis. Otra visita esencial, como ya he comentado en otro capítulo. El valor simbólico de Ellis hace que su paso por ella difícilmente decepcione.

Ahora que le hemos echado una ojeada por encima al contenido del envase, podemos comentar sus contras. Si no sabéis inglés (no me refiero a hablarlo, que hacer eso en condiciones siendo de España no conozco a casi nadie), es un obstáculo campeón, pues en casi ninguna parte se ofrece la posibilidad de audio-guías en español (ni en francés ni en chino ni en alemán…). No estamos en Europa, donde normalmente te ofrecen folletos y/o guías en varios idiomas, sino en Estados Unidos, y es lo que tiene: USA rules, English rules. Que en español significa que te busques la vida.

Otro «problema» no menos importante: las tiendas de regalos. Los reyes del marketing, los auténticos amos del cotarro. Si alguien consigue salir de cualquiera de estos sitios sin haber pasado por la tienda de recuerdos, por favor, ruego que se ponga en contacto conmigo y me explique cómo lo ha hecho.

Estás tan tranquilo, dispuesto a marcharte y ¡pum!, de frente, al final de la visita (cómo debe ser), te encuentras dentro de la zona de souvenirs. Será complicado que no caigas ninguna vez. Mi consejo: baja la vista y ve mirándote los pies hasta la salida. Tu tarjeta de crédito te lo agradecerá.

Una incomodidad, más que otra cosa, es la fotito. Allí vas tú, con tu cara de turista, con tu cámara digital en la mano, con tu rostro de alegría tras haber pasado el atasco y los controles (voy a acabar introduciéndome el cinturón por el… ¡Ah, no, que también sonaría!), y allí están, esperándote: «Three, two, one…» ¡Flash! ¡Joder, es que no has visto nuestra digital! ¡Si tenemos ya hechas tropecientas mil fotos con las que aburrir a familiares y amigos!… Y las que nos quedan por hacer. Pues nada, otro retratito. El primer día, da por sentado que caí: los 20 dólares por la foto del Empire fue el equivalente a saltar desde el piso 102, que era desde donde me iba a tirar mi novia cuando hice la compra.

Por último, cuestión fundamental, ¿cuál es la capacidad de asimilación y procesamiento de tu cerebro? Si respondes a esta cuestión, comprendes que tus recorridos-flash por museos que contienen miles de obras, muchas de ellas maestras, te habrán inhabilitado para dedicarles el mínimo tiempo que se merecían (envasado al vacío). A la que le hayas dedicado más de treinta segundos es porque te paraste a hacerle una fotografía. ¡Triste premio al tiempo que le dedicó mi primo a Las Señoritas D´Avignon!

Bueno, al final, siempre podrás decir «he estado allí» o «yo lo he visto», aunque parece que estos momentos sólo los valoramos en su justa medida una vez que se han desvanecidos en el tiempo… Como el amor, la familia o la amistad.

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2 comentarios to “Hormigas en Nueva York: Cap. 21. Turismo envasado (al vacío)”

  1. Depaso Says:

    Yo me he tirado al Rhin y dejado que me lleve la fría corriente por 5 kms. Algún día podré decir: “Me he tirado por fin en paracaídas”. Qué genial que tus “Lo hice” se estén acumulando tan generosamente 🙂

  2. msantaella Says:

    @Depaso lo del Rhin sí me ha gustado… Lo de la ideas del paracaídas, me da regomello. Espero que te busques a una persona que sea una buena instructora

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