Hormigas en Nueva York: Cap. 41. Tío Pepe

¡Por fiiiiiiiiin! La última noche. En un rincón del barrio de Chelsea, encontrado mientras echábamos un vistazo a la enésima guía de la Gran Manzana. En una calle en que prácticamente sólo existen sex-shops. En un local escondido por las obras de verano. Sí, ahí, en la Cuarta Calle, entre la Sexta y la Séptima Avenida, en un lugar por el que sería un milagro pasar por casualidad. Ahí mismo estaba: Tío Pepe, un restaurante de comida española (y mexicana), regentado por personal procedente del sur de la frontera de Estados Unidos.

El local está muy bien ambientado. Muchas velas y luces a intensidad baja que le dan al espacio un toque romántico, reposado, tranquilo.

En las paredes observamos la presencia de toneles, espadas, una bodega española, farolillos negros. Al igual que en la cocina, en la decoración se da una mezcolanza de lo español con lo mexicano.

El guacamole es aquí el plato estrella, sobre todo por su componente estético: lo preparan delante de ti (in your face, como dirían ellos), para que vivas el proceso en directo. A mí me interesa bien poco, yo he venido a buscar lo que no estaba encontrando.

Si no fuera tan tarde, pediríamos paella; pero, al final, apostamos por lo que nunca falla: combinado de ibéricos. Almejas salteadas y medallones a lo Tío Pepe serán los otros platos seleccionados.

La carne es buena, blanda y el punto de licor la hace más sabrosa. Las almejas, a diferencia de las españolas, son grandes: en el plato sólo hay ocho; pero la salsa, aunque un poco espesa, está rica, rica. Ideal para hacer «barquitos».

La prueba de fuego: el plato de ibéricos. Aceitunas: bien, sin más. Son las típicas de bote. Queso manchego: a mí no me gusta este producto y no lo cato; Lidia dice que está bueno. Chorizo: exquisito. El sabor no delata que haya sufrido algún proceso de conservación que lo haya echado a perder. Finalmente, lo que marca la diferencia: el jamón… No pasa la prueba. Parece que haya pasado por algún tipo de tratamiento en frío (o puede que incluso por congelación) y al ponerlo a temperatura ambiente hubiera perdido su sabrosura. El regusto que deja al final no convence, es acuoso. Puede que en su origen fuera un jamón de calidad, pero al llegar a nuestro paladar el producto ya no es lo que debiera ser.

¡Así va a ser difícil que recolonicemos América!

Pese a todo, el jamón sólo era para nota de sobresaliente: sigue siendo el lugar y la vez que mejor hemos comido durante toda nuestra estancia en Nueva York (lo de Little Italy se lo llevó el viento).

Llega el momento de pagar. En los restaurantes considerados de clase (bien por calidad de la comida, por servicio, por el entorno o por una combinación de todo), como el Hard Rock Cafe o el Planet Hollywood, existe el concepto de «Gratituidad», que oscila entre el 15 y el 20 por ciento y que en la práctica es obligatorio. Aparte, estaría la propina. Tío Pepe da la calidad por sentada y el concepto ya está incluido en el precio: 76 dólares por una buena cena (bien es cierto que ni hemos tomado postre ni bebido vinos). Por tanto, es un precio razonable para ser el lugar que es. Dejo la tarjeta de crédito y el carnet de identidad, y nos quedamos a la espera de firmar el recibí. La propina irá en metálico.

¿Qué es de lo peor que te puede pasar en la capital mundial del Consumismo? Efectivamente, la tarjeta de crédito ha sido denegada con dinero en la cuenta correspondiente. ¡Tierra trágame!

El tono como de disculpa con el que te lo señala el camarero multiplica tu humillación. Susurras el típico «eso no puede ser…» y sacas una segunda tarjeta con las gotas de Shin Shan en la frente.

La espera es más que tensa y vas haciendo en tu cabeza múltiples conjeturas sobre lo que puede haber ocurrido: la banda magnética, que se hayan equivocado al cambiar el número de cuenta que correspondía a esa tarjeta… Regresa el camarero y con una alegría comedida apunta que «esta vez sí pasó». Lo que no ha pasado es tu estado de vergüenza. Ahora el trato sigue siendo amable, pero forzado; un observador atento puede leer entre líneas que están deseando que te marches. Esto contribuye a que tu bochorno mute a mal humor, que durará hasta que vayas al cajero y saques dinero con la tarjeta de la ignominia… Era la banda magnética.

Entonces, respiras y susurras: «¡maldito y bendito Capitalismo!»

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6 comentarios to “Hormigas en Nueva York: Cap. 41. Tío Pepe”

  1. Punchis Says:

    Se te está acabando el libro, cuñao… y luego que?
    🙂

    PD. Ya no me lees el blog… al menos no comentas ná
    PD2. Este finde ALL STAR!

  2. Depaso Says:

    Tierra tragame??? Será que soy una desvergonzá… Un día, al intentar pagar, se dieron cuenta que la terminal no funcionaba… Si yo les perdono sus fallas técnicas…

  3. msantaella Says:

    @Punchis Así me obligo a escribir.
    Por cierto, si entro al blog, de hecho más que tú por lo que veo, que quitando estos últimos días (después me dices que yo soy dramático, pero tú también estás viendo bastante el lado oscuro en tus post) has estado bastante ausente (o “perdida”, jejejeje).

  4. aprendizdesoñador Says:

    jochi jochi jochi 😛

  5. msantaella Says:

    @Depaso Definitivamente es que eres una desvergonzada, jaja… ¿Ni siquiera en una situación así pasas un poco de fatiga? Si hubiera sido de otra manera, no sé… Pero a 6.000 kilómetros de tu casa, en un restaurante buenecito de los pocos en los que todo el personal habla tu idioma, con todos las mesas ocupadas y con la inquietud de si no pasa la segunda tarjeta qué hacemos, ¡uufff! A mí me dio un buen disgusto, aunque sólo fuera por un rato.

  6. aprendizdesoñador Says:

    Q wenas almejas!!

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