Hospital Civil (II)

(…) A las 8:32, aparece alguien del personal médico. Me llama la atención que sea un hombre. Normalmente son dos mujeres de mediana edad: una rubia y alta, y otra morena, de estatura media; ambas de cuarenta y tantos. En esta ocasión, que empieza a convertirse en especial, se trata de un macho, con entradas pronunciadas, gafas, bajito y cara de mala hostia.

El grupo se mueve y se arremolina en torno a la puerta de las dependencias en las que se ponen las vacunas. Nuestro enfermero ha decidido que, en vez de repartir un ticket por persona según el orden de llegada (puesto que ya tiene una cinta para la turnomatic), es mejor que se siga guardando “la vez”; así que cada cual apunta su nombre en una lista. Un murmullo recorre el grupo, que muestra su descontento. La verdad es que el mayor foco de protestas se produce lejos de la figura de autoridad, pues en las primeras filas, las que están cerca de nuestro enfermero, permanecen en una actitud de respetuoso silencio. Yo que me encuentro hacia el final del barullo tengo la oportunidad de escuchar la queja de una mujer, que dice que “otra vez” las cosas no fueron así, sino que…

En estos momentos, me doy cuenta de que, sigilosamente, mi otro amigo, que permanecía en un discreto segundo plano ha entrado ya en el cuarto para firmar. La mujer quejosa encuentra ahora un nuevo motivo de lamento. Una ola de murmullos vuelve a recorrer la masa, pero de nuevo se produce este fenómeno: las críticas arrecian entre las personas que están lejos de mi amigo, las que están cerca no dicen ni mú. No es para menos: salta a la vista que mi amigo es un Johnny de verdad…, de los que tienen denominación de origen.

Mi amigo es de estatura media. Tiene la piel oscura, puede que sea mestizo. Pelo corto engominado. Camiseta naranja butano, que lleva convenientemente arremangada. Pantalones de deporte, azul oscuro, en esa tonalidad que se confunde con el negro. Zapatillas de deportes, a juego con el pantalón, en las que sobresale un felino que intenta dar un salto. Hay otros elementos de su atuendo que no puedo apreciar pues todavía estoy demasiado lejos.

Cuando entro a la sala para echar el garabato, el Johnny ya está sentado en una esquina, solo, ausente. No me sorprendo lo más mínimo al darme cuenta de que él ya ha firmado cuando ni siquiera ha pedido la vez. En un sitio de éstos, si alguien se intenta colar, lo normal es que, primero, una persona mayor, casi siempre mujer, empiece a protestar en un volumen de voz que puede variar bastante. A continuación, por mi experiencia, las dos posibilidades son o bien se sumen más personas mayores a protestar y el listillo intente argumentar cualquier excusa, o que uno, o puede que dos, hombres adultos (de treinta y tantos) se dirijan al espabilado para recordarle, en un nivel de amabilidad variable, que hay personas que llevan más tiempo esperando y que haga usted el favor de respetarlas, con lo que el interpelado, por lo general, ocupa las posiciones finales de color grana. Claro, eso en situaciones normales, pero el Johnny no genera situaciones “normales”.

Un tío que cuando te mira te está perdonando a la vida pertenece a otra especie. Y en estos casos la gente evita cualquier tipo de problema. Las mujeres que suelen protestar se reprimen hasta provocarles una úlcera (o se quejan en voz bajita, que podrías pensar que se están santigüando) y los hombres simulamos indiferencia o ignorancia, para no vernos afectados en nuestra hombría (si fuera bajito, delgado y con cara de pardillo, se iba a enterar ése…).

Los primeros se han quedado dentro de la habitación. Ésta es pequeña y rectangular. Las paredes son de color verde claro, al fondo hay un escritorio de un color marrón oscuro, muy feo; me recuerda al color de la mayoría de los muebles de mi casa. En esa mesa están sentadas las dos personas que se encargan de poner las vacunas. Hoy está el super-enfermero y una chica bastante joven; creo que alguna vez la he visto antes por aquí. Al súper no lo había visto nunca. Cuando entras en la sala, tanto a la derecha como a la izquierda quedan tres banquetas con tres asientos cada una. Las típicas que te podrías encontrar en cualquier instalación deportiva, de plástico duro, inconfortables y con una disputa entre ellas por ver cuál es la que consigue acumular un mayor número de rayones. Al menos, las de esta dependencia no se pelean por ver quién tiene mayor número de firmas…

La cola va avanzando lentamente. Es lo habitual: teóricamente cuando te ponen esta inyección te recomiendan quedarte durante media hora en la sala por si te provocara alguna reacción. En la práctica, que lo cumplas depende más bien de las muchas o pocas ganas que tengas de ir a trabajar o de perder el tiempo en caso de que no tengas nada que hacer.

Son las 9:17 y consigo colocarme en el marco de la puerta, dejando el espacio suficiente para que pueda salir una persona. Podría sentarme, pero los únicos huecos que veo tienen el inconveniente de que son esquinas y para alcanzarlas tendría que ir pidiendo disculpas hasta poder acomodarme. Paso. Cuando vea un sitio claro, lo haré. Además, desde esta posición tengo la ventaja de poder contemplar todas las reacciones de la gente que hay en el cuarto y hoy, especialmente, hay una contienda de la que no deseo perder detalle.

(Continuará… 17/06/09)

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