Hospital Civil (III)

(…) El Johnny se ha puesto en pie y, por fortuna para los espectadores, le va a atender el súper-enfermero. El Johnny, con sus modales de Johnny, le explica al súper la situación. El Johnny habla bajo y con desgana, como si la cosa no fuera con él. Afortunadamente, el súper-enfermero es un tío cruel y maleducado, y vocifera que o se lo aclara o que a él le da igual, que es por su bien, que eso no puede ser así, que tiene que estar equivocado. “A Johnny tú, Johnny yo y no me gana nadie.”

El Johnny se pone un poco nervioso: ahora es el centro de las miradas y no desde una posición de superioridad. Mantiene la vista baja, en una mano sostiene su chaqueta y en la otra el móvil, el cual no deja de mirar y de dar vueltas en su mano. El súper parece satisfecho de sí mismo tras la lección que le ha dado al Johnny. Por supuesto, que a él no le importa que se haya aprovechado de la autoridad que le da el traje azul sobre sus pacientes. Ufano le dice al Johnny que va a realizar una consulta y sale por una puerta que hay paralela al escritorio de su minúsculo reino.

Cuando el súper sale, hay algo que capta mi atención. El mismo Johnny que se había ganado la animadversión silenciosa de todo el mundo, permanece ahora rígido, con la mirada al frente, ajeno a todo. Y lo veo claro: cuando se ha quedado a solas, cuando no está mirando a nadie, los ojos del Johnny tienen otro aire. La mirada feroz desaparece. Ahora en sus ojos sólo se detecta, paradójicamente, una mezcla de tranquilidad y de inquietud.

Una de las personas se marcha del cuarto y yo tengo la oportunidad de sentarme en primera fila, justo delante del Johnny, lo que me permite observar más detenidamente su reacción.

Ahora atisbo sus pendientes, sus anillos gruesos y sus colgantes de oro. Destaca el grueso cordón que le cuelga del cuello y que termina en un enorme corazón de oro en el que se encuentra una fotografía no sé si de sus padres o de sus abuelos. Un auténtico pura sangre.

Johnny sigue con la mirada firme, esperando al super-enfermero, mientras continúa girando su móvil. Intermitentemente echa una ojeada a la pantalla del teléfono: no sé si busca la hora o si está esperando alguna llamada. De cerca, sin tener la presión constante de que nadie le chulea, Johnny cambia: es otro totalmente distinto. Se adivina un chaval de buen fondo, un pobre pascual duarte que sería capaz de rajarte si se creyera que te estás riendo de él…

(Continuación y final… 18/06/09)

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