Un día triste

No le dieron nunca el Nobel de la Paz, aunque quizás figurar en una lista de galardonados junto a Menahem Beguin no fuera una de las ilusiones de su vida. Tampoco es que gozara del aprecio de la Iglesia Católica, lo que puede que en su momento le doliera, cuando lo expulsaron por salirse del redil, por mirar más allá de los preceptos, del dogma. Por supuesto que, durante muchos años, no fue del agrado de gran parte de la clase política, que lo veía como un peligro: un iluminado, que no respetaba “lo que estaba escrito”, en el país de los mil millones de habitantes, los mil millones de castas y los mil millones de dioses.

Vicente Ferrer ha muerto. Parecía imposible que él también pudiera sufrir ese destino, pensábamos que a él no le tocaría, que él seguiría construyendo pozos, escuelas, viviendas, hospitales… Esperábamos que él llegaría a otro millón más de “desheredados” a los que daría esperanza, que Vicente continuaría dando al mundo clases magistrales de Dignidad. Y todo ello sin hacer ruido, sin parafernalias, sin aspavientos ni farándulas. Posiblemente el español que en el siglo XX ha ayudado a más personas tanto directa como indirectamente, pues no sólo tenía sus fundaciones sino que decenas de organizaciones se sumaron a su causa siguiendo su modelo.

Me cuesta trabajo ni siquiera pensar en cómo lo hizo. Me es difícil imaginar cómo un hombre llega a un país tan complejo como la India y en apenas medio siglo revoluciona una pequeñísima parte del país, una porción paupérrima: la de los pobres de los pobres. Un Arjuna moderno, que sin poderes cósmicos ni armas celestiales, se puso a arrimar el hombro para luchar por mejorar las condiciones de vida de las personas de su alrededor.

Sólo me cabe pensar que él era el modelo.  Que el hombre blanco venido de un lejano país y que vivía “como nosotros y entre nosotros” era la auténtica fuerza motriz para romper un sistema oligárquico tan cerrado. Una referencia que mostraba un día sí y otro también que todos teníamos derecho a comer, a tener una vivienda, una educación, a recibir unos cuidados médicos… y sin importar dónde habías nacido ni quiénes eran tus padres.

Una mosca puñetera para el sector más conservador del país. Cuando trataron de frenarlo, el torbellino Ferrer era tan poderoso que la propia Indira Gandhi tuvo que intervenir para apaciguar la tensión generada por su orden de expulsión. Se marchó para volver tras un año. A su vuelta, manos a la obra nuevamente… Un hombre tozudo, entusiasta, apasionado. Vicente Ferrer cambió el destino de millones de personas sin pertenecer a la clase política.

Ahora ya no está. El hombre que creíamos que viviría para siempre se ha ido. Su mujer, Anne Perry, entre otros, tiene la gigantesca responsabilidad de continuar con un legado de enormes proporciones (puede que sea demasiado pronto para valorar todo lo que ha conseguido Vicente y sus fundaciones).

Es un día triste. Vicente Ferrer ha muerto.

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Una respuesta to “Un día triste”

  1. aprendizdesoñador Says:

    Que pena.

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