Breve historia de “el gorrilla”

Dentro de la particular y rica fauna ibérica con la que hemos tenido la suerte de encontrarnos los nacidos en España y Portugal, hay una especie que se viene desarrollando de una manera exponencial en los últimos años. Nos estamos refiriendo al gorrilla (el nombre científico exacto es hispanicus parasitus gorrillus). No confundir con otro especimen común por estos lares, el gorrón, que cuenta con un bagaje cultural mucho más rico y antiguo,  con una casta y un linaje especial, que se podría remontar, como mínimo, a la época de los romanos. Que la fonética no nos lleve a engaño, pues escribir sobre el gorrón requeriría de unos conocimientos enciclopédicos que me superan absolutamente, así que, por ello, prefiero limitarme a la figura más humilde y reciente del gorrilla.

Corrían los años ochenta y era una época memorable, en España la ropa hortera (Mecano), la música hortera (Mecano), la estética hortera (Mecano) estaban en pleno apogeo. Una España postdictatorial que se enfrentaba, cuarenta años después, a su propia libertad. Claro, estábamos más que confusos: ¡Joder! Toda la vida obedeciendo al Tío Paco y a la Iglesia, y, de repente, podemos hacer lo que nos da la gana, más o menos. ¡Eran como nuestros sesenta, eso sí, con más de una década de retraso! Imaginaos: éramos unos niños chicos a los que sueltan en una tienda Belros sin ninguna vigilancia. Así que llego el despiporre, pensando que aquello iba a durar para siempre. Se empezaron a hacer películas deleznables, con el único atractivo de ver señoritas enseñando los pechos (¡por dios!), como si en unos años nos fuéramos a sentir orgullosos de nuestra filmografía. Por otro lado, como comentaba, la gente empezó a vestirse de maneras llamativas, como reivindicando el derecho a ser diferente, a no ser un borrego del Estado, sino más bien un borrego de la Movida (Madrileña, of course). Y, hecho fundamental, se empezó a descubrir que las drogas no eran malas, sino que drogarse molaba: de hecho, todos los guays tenían que drogarse y ponerse hasta el ojete, porque si no, no eras nadie (o al menos, nadie guay del paraguay, ni perita, ni molón).

Así estaban las cosas, hasta que un día un tío dijo: “Escuchad, ¿y esto quién lo paga?, ¡que las drogas no son gratis!”. ¡Ostias, qué palo! Si encima nos quieren cobrar por pasárnoslo bien, ¡qué cabronada! Los guayes principales fueron arrimando la cebolleta al gobierno socialista, para que les fueran costeando sus vicios. Se reconvirtieron en “la Cultura”, con mayúsculas, llamados a ocupar cargos importantes en institucionas tan honorables como la esgae. Pero el resto, los guayes borregos se vieron con el culo al aire. La política cambió: las drogas eran malas y los yonquis, una lacra. La heroína, ¡ojo al dato!, era perjudicial para la salud… Y la coca resulta que tampoco era tan benigna. ¡Ostias, Pedrín, que la hemos “liao” parda!

Muchos se repusieron como podían, pero muchos otros se vieron completamente jodidos, luchando contra una sociedad que ahora los miraba con malos ojos y que, con la crisis, no les daba ningún puesto en la escala laboral…  Los “picos” tenían que seguir llegando y, como la droga no era gratis ni estaba subvencionada (a lo mejor para los guayes gurus, sí; para ellos, lógicamente, no), tenían que conseguir pelas para la próxima dosis. La delincuencia era uno de los caminos a seguir: ya fuera el tirón, el robo con intimidación y cosas por el estilo, fuera de sutilezas y con bastante premura en su ejecución.

Otros optaron, nadie sabe si porque habían pasado demasiado tiempo entre rejas, por conciencia o porque no valían para el choriceo de malas maneras, por una alternativa particular: se pusieron a “ordenar” los aparcamientos por el módico precio de “la voluntad” (normalmente,  100 pesetas o, lo que es lo mismo, 20 duros) en determinadas zonas céntricas, gorrilla en cabeza pues el sol solía apretar a las horas en las que ellos laboraban, que solían coincidir con las de menor presión policial (una de estas casualidades de la vida). El servicio era completo: no te rayaban el coche, te podían poner una multa o incluso, llevárselo la grua “por la voluntad”. Asimismo, podías contemplar peleas de gorrillas que se enfrentaban afanosamente, impulsados por el mono Amedio, a delimitar su territorio. Conozco a gente que llegó a pagar a dos gorrillas por el mismo “servicio” para evitar que se pelearan entre ellos.

Pero, por suerte, los Ayuntamientos reaccionaron y, para evitar, la creciente sensación de inseguridad que esta nueva especie estaba creando entre los conductores de la ciudd establecieron medidas: por un lado, el SARE y, por otra, el gorrilla “legal”, desplazando al yonquigorrilla. Con el SARE evitaban la mala conciencia del que intentaba aparcar:  ahora ya tenía excusa para no darle el dinero al gorrilla con el “voy a la máquina”. Y con el gorrilla “legal”, poco a poco, fueron “limpiando” los centros históricos, barriadas aledañas y demás de los denostados yonquis que nos sacaban los veinte duros o el euro (pues,  con el cambio de moneda aplicaron la conocida ley del cafe: 100 pesetas = 1 euro). Por supuesto, siguieron con la gorra, pero ahora, además, su atuendo era complementado por un chaleco reflectante de color chillón y hortera a más no poder (reminiscencia de la época en la que hunden sus raíces).

Gracias, Ayuntamientos de toda la Península. Gracias a vosotros, ahora aparquemos donde aparquemos siempre tendremos la excusa del “voy a la máquina”. Gracias por multiplicar los lugares de los gorrillas “legales”: ahora hasta en los escampados tenemos la fortuna de contar con una persona que velará por el interés y la integridad de nuestros automóviles. Sólo me gustaría hacer una petición: ¿me podrían hacer una factura cada vez que me cobran el euro? No es que sea desconfiado, pero me gustaría desgravar ese impuesto de cuya rigurosa contabilidad estoy convencido que os hacéis cargo con tanto ímpetu como multas ponen los policías locales en verano y Navidad.

¡Ah, por cierto! Al gorrilla que habéis plantado al lado de mi casa, le va a pagar su p… madre. Eso sí, con todos mis respetos.


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