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Hormigas en Nueva York: Cap. 42. Cosas que hacer (o no) en Babilonia -y tercera parte-

18 febrero, 2009

43. Anda hasta reventar. Es inevitable. Durezas y callos en los pies han de ser el resultado final de tu viaje. Si no es así, no te has comportado como un auténtico turista.

44. Ten diarrea. Es como pasar la gripe o la varicela cuando eres niña/o.

45. Ve a un espectáculo en Broadway. El fantasma de la ópera, El rey león, Mamma Mía!, Grease, El jovencito Frankenstein son una mínima muestra de tus posibilidades. Si eres capaz de aguantar una cola insoportable, en TKTS puedes conseguir entradas con grandes descuentos (aunque normalmente las obras más destacadas no tienen necesidad de recurrir a rebajas).

46. Si Broadway te parece caro, Off Broadway es la alternativa. Teatros más pequeños para el outlet de las actuaciones en directo.

47. Haz alguna reclamación. No se soluciona al instante. Te remitirán a un número de teléfono, que en el mejor de los casos te resolverá tu problema cuando hayas abandonado Estados Unidos (como tiene que ser). Pero así, tú también les podrás tocar las narices a ellos.

48. Alucina con la Biblioteca Pública de Nueva York. ¡Guaaaaaaaaau! ¡Casi tengo un orgasmo allí dentro!

49. Envía vídeos haciendo el gamba a familiares y amigos. En Times Square hay un centro de información donde se pueden hacer este tipo de cosas de forma gratuita.

50. Escucha música en la tienda Apple. Los Ipods a disposición del que quiera. Si no te gusta esto, entra en Internet en algunos de los Mac que tienen en exposición. Hay cientos, pero más personas están esperando su turno. Lo gratis vende.

51. No te lleves mal con el personal del hotel. Sólo están cumpliendo con su trabajo, algunos con más efectividad y simpatía que otros. Siempre puedes hacer distinciones en las propinas.

52. Tiembla por tu situación económica. El crédito y las comisiones es lo que tienen: nunca sabes lo que te va a tocar.

53. Deja que te hagan un retrato o una caricatura. En los lugares más turísticos siempre habrá quien por cinco dólares esté dispuesto a dibujarte.

54. Ve a la tienda de la MTV. Con suerte os pasará algo similar a nosotros, que tropezamos con los Jonas Brother a la semana siguiente de aparecer en la portada de la revista Rolling Stone. Sí, ya que sé que no es algo de ensueño, pero menos da una piedra (y más, o menos, en agosto).

55. Demuestra tu buena voluntad. Acude a las Naciones Unidas. Pero, por favor, no a manifestarte. Para eso ya están los judíos ultraortodoxos.

56. Acércate a los puentes de Brooklyn y Manhattan, aunque los hayas visto cientos de veces en las películas (a fin de cuentas, como el resto de Nueva York).

57. Disfruta del arte callejero. Las estaciones de metro, el interior de los vagones, los parques, las aceras. En cualquier lugar, podrás ver en directo a cantantes, bailarines, saltimbanquis, pintores e incluso predicadores. Oye, también para esto se necesita talento.

58. Piérdete. Si ni con siete mapas diferentes hallas tu ubicación: ¡bienvenido al club de los desorientados!

59. Sáltate los semáforos de peatones en rojo. 23 al día es la media.

60. No seas malaje y cógele el flyer al hombre-anuncio. Ya sé que son infinitos y que la publicidad está diseñada en Word por Stevie Wonder, pero a ti no te cuesta ningún trabajo y a lo mejor consigues que el hombre/chaval (pues casi siempre son varones) se vaya antes a su casa.

61. Mete un penique en Coca-Cola durante varios días. Comprueba cómo hasta «la chispa de la vida» corroe al dólar.

62. Ve al estadio de los Yankees. No sé qué es el béisbol, pero por lo que se ve son bastante buenos. Además, están construyendo un nuevo estadio: ¡tiembla, candidatura olímpica de Madrid!

63. No sé si se puede considerar un museo, pero ve a Tussaud y hazte decenas de fotos con famosos a los que admiras o detestas. Jordan, Picasso, os queremos.

64. Confúndete en el metro. Colores diferentes, con números y letras distintas, en dirección Downtown o Uptown, y con el matiz de Local o Express. Si a eso le sumas los cortes por las obras, y los problemas técnicos; si no te lías, pública un libro o sube una web explicando cómo lo lograste: ¡te harás de oro!

65. Haz el proyecto para montar una tienda de ciclomotores. Si te lo aprueban, que tiemble Bill Gates. No he visto ni uno durante toda mi estancia en la Gran Manzana, y eso que tráfico sí que hay de sobra.

66. Ponte en cualquier avenida a contar los taxis que pasan durante un minuto. Después, puedes hacer estadísticas en función de las horas y las calles.

67. Pon en práctica cualquier otra forma de consumismo que no te haya mencionado.

68. Cómprate alguna revista americana: Esquire, Q, Rolling Stone, Time, Glamour… Al menos, cómprate una vez The New York Times, por favor.

69. Siéntete como una hormiga que no sabe llegar a su hormiguero.

70. Encuéntrate a ti mismo (o piérdete aún más).

71. Ten perspectiva. Piensa, emociónate, crea. Las posibilidades aquí son casi infinitas. Al final, seréis tu imaginación y tú las que inventéis las situaciones más memorables.

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Hormigas en Nueva York: Cap. 42. Cosas que hacer (o no) en Babilonia -segunda parte-

17 febrero, 2009

11. Hot dog. Imprescindible. No comment.

12. Te puedes dar una vuelta por el monumental Rockefeller Center. Su Top Rock ofrece una de las mejores perspectivas de la ciudad, sobre todo si diriges la vista hacia el Central Park. Si buscas el Empire State, mira en la dirección contraria.

13. Edificio Chrysler. Apenas podrás visitar la entrada, pero su estructura Art Deco, con su cima metalizada, es una de las que marcan la diferencia en la isla. Lo podrás fotografiar desde decenas de lugares diferentes.

14. Debes hacer fotografías. Cientos y cientos de ellas. A ser posible, si vas acompañada/o, con la cámara digital y con el móvil. De esta manera, tendrás dos imágenes casi idénticas de todos los entornos.

15. Mójate. Cuando te cae uno de los  repentinos chaparrones neoyorquinos, es cuando te empiezas a sentir integrado en esta ciudad.

16. Comprueba como a medida que pasa el tiempo, te esfuerzas cada vez menos por intentarte hacer entender en inglés. Acabarás limitándote a las señas o a la búsqueda de la chapa del «Se habla español».

17. No debes olvidar tu reproductor de música. El avión, el metro, la noche… Nosotros no lo llevamos: créeme, craso error.

18. Visita Coney Island. Si el día está despejado, es un buen sitio para despejarse y darse un paseo o un baño. Además, a mano tienes el parque de atracciones y el acuario.

19. Admira The Trump Tower. Los auténticos Jardines Colgantes de Babilonia del siglo XXI. En el interior, una sorprendente cascada; y en el exterior, árboles plantados a diferentes alturas. Todo ello en un colosal y reluciente rascacielos de color negro.

20. Te puedes dar un paseo por Central Park. A pie, en bicicleta, en carruaje… Sus lagos son la guinda del pastel (si no eres alérgico/a a la lactosa).

21. Ve de turismo religioso: catedrales, templos y capillas de todas las religiones imaginables tienen aquí su representación. Saint John the Divine aseguran que es la mayor catedral de la Cristiandad, aunque está en reconstrucción debido a un incendio ¡en la tienda de regalos! Saint Patrick es la que vemos en todas las películas. Su fachada es tan imponente como la de Saint Thomas, que está cerca de ella (ambas en la Quinta Avenida). La fundamental, la capilla de Saint Paul.

22. Saborea uno de los helados de los que se sirven en decenas de las furgonetas-heladerías de la Gran Manzana (no te lo servirá Homer, pero casi).

23. Comprueba en tus propias carnes (y estómago) la cultura take-away: Starbucks, Dunkin` Donuts, Subway, Burger King…

24. … (Que cada cual piense lo que quiera).

25. Visita la Universidad de Columbia y llora si has hecho una carrera en España (bueno, los de Salamanca os salváis).

26. Debes vivir algún evento en el Madison Square Garden. Da igual que sea un concierto, un partido de baloncesto o unos payasetes haciendo wrestling. Lo importante aquí es vivir el lugar.

27. Engánchate a un programa chorra de la televisión americana. Con sus repeticiones hasta la saciedad, irás descubriendo hasta el sentido de sus chistes. La hija de Hulk Hogan, las madres que buscan novio/a a su hijo/a, los aspirantes a un trabajo de ensueño… Pruebas y situaciones indignas que ponen a prueba la capacidad de hacer el ridículo que puede tener una persona. Advertencia: algunas escenas pueden provocar vergüenza ajena.

28. Crucerito por Manhattan. Podrás gozar con el impresionante perfil de la isla. Si está oscuro,  ya casi de ensueño. La alternativa gratuita es coger el ferry hacia Staten Island, que ofrece también unas vistas estupendas.

29. Inmiscúyete en culturas ajenas. Italia, China, pero también Brasil o Corea, tienen sus propios barrios o calles, donde McDonald´s y bancos emplean el idioma de esos países, además del inglés. Más no se puede pedir.

30. Tócale los cojones al toro de Wall Street. En pleno Distrito Financiero, verás esta imponente estatua dorada. Otra de las favoritas de las foto-turistas.

31. Come italiano.

32. Come coreano.

33. Come japonés.

34. Come chino.

35. Come mexicano.

36. Come irlandés.

37. No comas neoyorquino. No es discriminación, es un consejo (jeje, es «broma», tienen un bistec que se salva).

38. Visita el Castillo Clinton (no confundir con el del impeachment) en Battery Park y aprovecha para captar una imagen del Monumento a los Inmigrantes.

39. Si tienes pelas y poco vértigo, atrévete a dar un paseo en helicóptero. ¡Ah, se me olvidaba! Si el tiempo lo permite.

40. Pasa frío, calor, ultracalor, hiperfrío, en un intervalo de tiempo de quince minutos. Climatología, metro y tiendas son combinaciones poco recomendables para la salud.

41. Róbale el periódico al de la habitación de al lado. Si en el lugar en el que te hospedas te ofrecen este servicio, puede que sea intermitente. En tus manos está solventar esta irregularidad.

42. Times Square. Esencial. Si no, ¿para qué coño/cojones has venido?

(continuará…)

Hormigas en Nueva York: Cap. 42. Cosas que hacer (o no) en Babilonia -primera parte-

16 febrero, 2009

1. Puedes (¡oh, sorpresa!) ir de compras. Esto incluye cualquiera de las miles de tiendas que se diseminan por Manhattan; pero, en función de la disponibilidad económica, la zona de recomendación varía.

Chelsea, Greenwich Village y Soho son lugares perfectos si buscas ropa moderna a buen precio. Igualmente, en estas zonas se encuentran gran parte de los outlets, vestuarios fueras de una temporada que nunca llega a España.

Si lo que te gusta es la emoción del regateo y el mercadillo; Little Italy, Chinatown y Washington Square son espacios perfectos para desarrollar tus habilidades negociadoras, siempre que seas consciente de que no es oro todo lo que reluce.

Cuando anochece, en las calles de Soho aparecen decenas de vendedores ambulantes que te ofrecen todo tipo de mercancías: desde gafas hasta perfumes pasando por maletas, dvds o ropa. Además, cada cual respetando rigurosamente su área de mercadeo.

En Times Square, por su parte, tendrás a tu disposición diversas tiendas de moda, aunque lo más reseñable son los enormes almacenes de Virgin (muy parecido a FNAC), Toys «R» Us y la portentosa tienda de tres plantas de M&M.

Por supuesto, la quintaesencia del consumismo no podía faltar aquí: la Quinta Avenida. Si bien a partir de la calle 50 hacia el norte, los precios son casi siempre prohibitivos; aquí tienen su cita obligada los amantes del basket (NBA Store) y los de Disney. También encuentra su espacio en esta zona Sean John, una de las marcas de Puff Daddy, que ofrece vestuario urbano a un precio no excesivo dada la calidad del material (y el ventajoso cambio euro/dólar, claro).

Macy´s (los almacenes más grandes del mundo), Victoria´s Secret, Strawberry (el Bershka estadounidense) o B&H son otros lugares de interés comercial que se encuentran dispersos por la Gran Manzana.

Además, están los cientos de tiendas de recuerdos de Nueva York con productos made in China, que te puedes encontrar en cualquier vía. Así como tiendas de electrónica donde comprar el codiciado Iphone liberado (asunto de cuestionable legalidad) y otros productos informáticos a unos precios tan bajos que es inevitable sospechar de ellos.

2. Otra opción es mirar escaparates. No confundir con comprar. Son tiendas de marcas megaconocidas en casi todo el mundo. La mayoría de estos establecimientos están situados en la Quinta Avenida. Bergdorf Goodman, Louis Vuitton, Van Cleef & Arpels, Bulgari, Prada, Gucci o Henri Bendel entrarían en esta categoría. Magníficos escaparates, algunos de estética Ágatha (o sea, horteras o estrafalarios, según los quieras definir), con joyas y vestidos que no tienen precio (literalmente; si quieres saberlo, entra y pregunta).

Junto a ellas, la estrella de las foto-turistas,  el lugar que Truman Capote y Audrey Hepburn elevaron a las cotas más altas de popularidad mediante un Desayuno con diamantes: Tiffany&Co.

No sé si incluir en este apartado a Abercrombie & Fitch, pues no hemos llegado a entrar. Como producto de marketing es colosal. Se trata del único comercio (quitando Apple, claro) en el que hay que hacer cola para entrar. Todas sus lunas están laminadas en madera y su principal atractivo se encuentra en la puerta. Jóvenes musculosos descamisados, con tableta chocolate Lindt marcada, y con unos vaqueros por única indumentaria conforman el reclamo fundamental de una tienda que se presupone que vende pantalones americanos (no sabemos si algo más).

El caso es que parece que todo el mundo que entra consume. Supongo que después de haber esperado durante veinte o treinta minutos mínimo para entrar a un establecimiento, estás prácticamente obligado/a a comprar.

Ni que señalar que las mujeres son aquí las que empujan a los varones a entrar a este lugar, aunque sólo sea por retratarse con los musculitos. (Lo siento, chicos, no he encontrado un espacio así para hombres: sólo un bar-restaurante con camareras en bikini).

El Distrito del Diamante es otro de los imprescindibles del «escaparateo». Te pones gafas de sol para no deslumbrarte y recorres este fragmento de calle soñando no en comprar la más barata de las joyas, sino en poder ahorrar esa cantidad en tu cuenta corriente sin que te hayan salido canas (o se te hayan multiplicado, según el caso).

3. Visitar museos y galerías de arte. Los turísticamente esenciales son el Museo Metropolitano, el de Historia Natural y el MoMA. Después, hay cientos más: del deporte americano, indio, del sexo, etecé, etecé, etecé. Depende de tus ganas de darte un atracón cultural. Si eres de los/las que se empachan rápidamente, mejor limitarse a la sección del Arte que más te interese.

4. Debes (obligatorio) visitar la Estatua de la Libertad, la isla de Ellis y el observatorio del Empire State Building (haz la broma completa y sube al piso 102). Si ya has estado antes, estás exento de este deber. Si es tu primera vez, no tienes excusas.

5. Puedes pagar menos por las visitas culturales. Compra la CityPass y ahorrarás tiempo y dinero.

6. No debes comprar en las tiendas de regalos de las atracciones turísticas más importantes. Es un consejo: si después encuentras lo que has adquirido en ellas cinco veces más barato, será porque así lo has querido.

7. Fundamental: adquirir la Metrocard. Con todos sus inconvenientes, el metro es la forma más rápida de desplazarse por Nueva York. Los 25 dólares por siete días los amortizas en dos días y medio.

8. Cómete una hamburguesa en el McDonald´s del Times Square. Es un clásico.

9. Si lo tuyo es el cine o la música, Planet Hollywood y Hard Rock Cafe te fascinarán. Alimentarte, bueno, llevarte algo a la boca al lado del traje de Bruce Willis en La jungla de cristal o de una guitarra de Bob Dylan tiene su magia. Por calidad en la comida y en el servicio, me quedo con el primero (lo digo muy a mi pesar).

10. Móntate en uno de los autobuses turísticos que recorren Manhattan y Brooklyn. Aunque no te enteres de lo que están comentando, es la mejor forma de tener un primer contacto con la isla.

(continuará…)

Hormigas en Nueva York: Cap. 41. Tío Pepe

13 febrero, 2009

¡Por fiiiiiiiiin! La última noche. En un rincón del barrio de Chelsea, encontrado mientras echábamos un vistazo a la enésima guía de la Gran Manzana. En una calle en que prácticamente sólo existen sex-shops. En un local escondido por las obras de verano. Sí, ahí, en la Cuarta Calle, entre la Sexta y la Séptima Avenida, en un lugar por el que sería un milagro pasar por casualidad. Ahí mismo estaba: Tío Pepe, un restaurante de comida española (y mexicana), regentado por personal procedente del sur de la frontera de Estados Unidos.

El local está muy bien ambientado. Muchas velas y luces a intensidad baja que le dan al espacio un toque romántico, reposado, tranquilo.

En las paredes observamos la presencia de toneles, espadas, una bodega española, farolillos negros. Al igual que en la cocina, en la decoración se da una mezcolanza de lo español con lo mexicano.

El guacamole es aquí el plato estrella, sobre todo por su componente estético: lo preparan delante de ti (in your face, como dirían ellos), para que vivas el proceso en directo. A mí me interesa bien poco, yo he venido a buscar lo que no estaba encontrando.

Si no fuera tan tarde, pediríamos paella; pero, al final, apostamos por lo que nunca falla: combinado de ibéricos. Almejas salteadas y medallones a lo Tío Pepe serán los otros platos seleccionados.

La carne es buena, blanda y el punto de licor la hace más sabrosa. Las almejas, a diferencia de las españolas, son grandes: en el plato sólo hay ocho; pero la salsa, aunque un poco espesa, está rica, rica. Ideal para hacer «barquitos».

La prueba de fuego: el plato de ibéricos. Aceitunas: bien, sin más. Son las típicas de bote. Queso manchego: a mí no me gusta este producto y no lo cato; Lidia dice que está bueno. Chorizo: exquisito. El sabor no delata que haya sufrido algún proceso de conservación que lo haya echado a perder. Finalmente, lo que marca la diferencia: el jamón… No pasa la prueba. Parece que haya pasado por algún tipo de tratamiento en frío (o puede que incluso por congelación) y al ponerlo a temperatura ambiente hubiera perdido su sabrosura. El regusto que deja al final no convence, es acuoso. Puede que en su origen fuera un jamón de calidad, pero al llegar a nuestro paladar el producto ya no es lo que debiera ser.

¡Así va a ser difícil que recolonicemos América!

Pese a todo, el jamón sólo era para nota de sobresaliente: sigue siendo el lugar y la vez que mejor hemos comido durante toda nuestra estancia en Nueva York (lo de Little Italy se lo llevó el viento).

Llega el momento de pagar. En los restaurantes considerados de clase (bien por calidad de la comida, por servicio, por el entorno o por una combinación de todo), como el Hard Rock Cafe o el Planet Hollywood, existe el concepto de «Gratituidad», que oscila entre el 15 y el 20 por ciento y que en la práctica es obligatorio. Aparte, estaría la propina. Tío Pepe da la calidad por sentada y el concepto ya está incluido en el precio: 76 dólares por una buena cena (bien es cierto que ni hemos tomado postre ni bebido vinos). Por tanto, es un precio razonable para ser el lugar que es. Dejo la tarjeta de crédito y el carnet de identidad, y nos quedamos a la espera de firmar el recibí. La propina irá en metálico.

¿Qué es de lo peor que te puede pasar en la capital mundial del Consumismo? Efectivamente, la tarjeta de crédito ha sido denegada con dinero en la cuenta correspondiente. ¡Tierra trágame!

El tono como de disculpa con el que te lo señala el camarero multiplica tu humillación. Susurras el típico «eso no puede ser…» y sacas una segunda tarjeta con las gotas de Shin Shan en la frente.

La espera es más que tensa y vas haciendo en tu cabeza múltiples conjeturas sobre lo que puede haber ocurrido: la banda magnética, que se hayan equivocado al cambiar el número de cuenta que correspondía a esa tarjeta… Regresa el camarero y con una alegría comedida apunta que «esta vez sí pasó». Lo que no ha pasado es tu estado de vergüenza. Ahora el trato sigue siendo amable, pero forzado; un observador atento puede leer entre líneas que están deseando que te marches. Esto contribuye a que tu bochorno mute a mal humor, que durará hasta que vayas al cajero y saques dinero con la tarjeta de la ignominia… Era la banda magnética.

Entonces, respiras y susurras: «¡maldito y bendito Capitalismo!»

Hormigas en Nueva York: Cap. 40. Se habla español

9 febrero, 2009

He comentado en varias ocasiones que la población hispanoamericana es cada vez mayor en esta ciudad, como en el resto de los Estados Unidos, y que, como consecuencia, el español es un idioma pujante.

El lado malo de la historia es que se trata de un español un tanto, o un bastante, ortopédico, carente de naturalidad, sobre todo cuando es escrito. «Remueva su tarjeta», en el cajero automático o el reflexivo «Se habla español» que puedo leer en tiendas, o incluso en chapas de dependientes de grandes almacenes, son sólo un par de ejemplos que considero ilustrativos de lo señalado.

Peor todavía es cuando ves faltas de ortografía en anuncios oficiales situados en el interior de los vagones del metro: «Lláme al…»

La Real Academia de la Lengua Española será la que pueda hacer algo para invertir esta situación. Si no es así, se corre el riesgo de que se estandarice y expanda un uso del idioma falseado. No permitamos que la Lengua Española se convierta en un McDonald´s: comida grasa fácil de preparar y lista para el rápido consumo de millones de personas.

Hormigas en Nueva York: Cap. 38. Únete a Tom

5 febrero, 2009

No te lo pienses. Este crucero es gratis y el viaje será la experiencia más gratificante de tu vida. Cada vez somos más. Ya mismo superaremos en número a cristianos y musulmanes. Nuestro manual está en todos los idiomas y nuestro templo, en Manhattan, como tiene que ser.

Aquí mismo, en la estación del metro, te aclararemos todas tus dudas para que, en breve, puedas formar parte de nuestra tripulación. Nuestro capitán, Tom, ya ha logrado embarcar a muchos de sus amigos y amigas.

Algunos piensan que somos unos pirados o una secta, pero a ellos (¡pobres desafortunados!) todavía no se les ha revelado la Verdad.

No lo dudes: hinduismo, taoísmo, judaísmo, cristianismo, islamismo…, ya no se llevan. Los fashions somos ahora nosotros. ¿Acaso tu alma se va a resistir a la moda?

Hormigas en Nueva York: Cap. 37. ¿Territorio neutral?

2 febrero, 2009
Representación del regalo donado por Luxemburgo a las Naciones Unidas

Representación del regalo donado por Luxemburgo a las Naciones Unidas

El edificio de las Naciones Unidas, donde teóricamente se parte el bacalao a la hora de resolver los conflictos bélicos entre las naciones de todo el globo (aunque algunos dirán que las recetas vienen mandadas por la Casa Blanca), es un argumento fundamental para considerar a Nueva York como la capital oficial del planeta.

En las salas de esta construcción, que hemos visto en tantas películas (yo me quedo con la obra de Hitchcock Con las muerte en los talones), se han tomado decisiones trascendentales en sus más de sesenta años de historia. Si bien ha actuado con mucho más éxito que su predecesora, la Sociedad de Naciones (en el periodo de entreguerras), ha quedado patente su incapacidad para intervenir como organismo verdaderamente independiente en muchas ocasiones. La invasión de Irak es uno de sus sonoros fracasos, pero nada en comparación con las permanentemente incumplidas resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad (conflicto palestino-israelí), caso flagrante que lleva avergonzando a la Comunidad Internacional desde hace más de cuarenta años.

Pese a sus defectos, no se puede restar importancia a esta institución. Es la democracia del mundo. El derecho a la pataleta de los países. Un organismo de control y de denuncia como mínimo, aunque se haya visto salpicado por diversos escándalos (que siempre se han buscado más con fines de desprestigio de la entidad que como denuncia con la intención de corregirlos).

El interior es hermoso. Regalos donados por decenas de países han jalonado todos sus rincones. El presente luxemburgués, una escultura de una pistola con el disparador hecho un nudo, es tan evidente como llamativo. Por ello, está dispuesto para que sea lo primero que veas al entrar en territorio ONU.

Nosotros nos hemos encontrado con una exposición de 192 cuadros realizados por niños de todo el mundo, cada uno con su particular visión de la paz. Algunos de mucho mérito. Yo me he quedado sorprendido por el trabajo de Zack, un niño de 12 años de Armenia. En su obra se ve cómo un negro, con sombrero tribal sostiene un cuadro (arte dentro del arte), y en éste observamos a un cerdo tumbado viendo la televisión, inmóvil, sin hacer nada, mientras que al fondo las fábricas contaminan. El conjunto, con su adecuado uso del color, es desolador. En la imagen de la televisión parece estar Bin Laden. Para ser sinceros, si analizas el contenido del cuadro, no puedes dejar de admirar la capacidad crítica del crío. Es más, piensas que si no ha recibido mucha ayuda de un mayor, el niño es un figura en potencia. Espero que la fortuna le acompañe.

Hay diversas reliquias entre los muros de la ONU, como los restos de una bandera de la organización de un ataque del que fueron víctimas en Irak, en el cual fallecieron 22 representantes del organismo en el año 2003. Con una especie de santuario, a oscuras, en el que se puede entrar a orar.

Esto se combina con la parte más comercial: te puedes hacer un sello con tu cara, con un ojo menos que es lo que te habrá costado, y con validez oficial si haces el envío desde la oficina de correos de este edificio. Y también tienes la opción, como yo, de comprarte la Rolling Stone en una de sus tiendas. Como toda atracción turística que se precie, la ONU tiene sus dependencias destinadas a la adquisición de diversos recuerdos. No nos vamos a poner puristas a estas alturas: si necesitan fondos, esta manera es una de las más legítimas que conozco, y más en Manhattan. Peor sería que se subvencionaran con el petróleo de un país al que bombardearan.

Ni que decir tiene que, como máxima expresión de la paz mundial, es un territorio neutral. Las manifestaciones están prohibidas en el edificio y su entorno. Ése sí es el espíritu con el que se creó: aquí, resolvemos; si quieres protestar, vete a Times Square que es donde están las cadenas de televisión. Los carteles te informan de esto… Y tú te lo crees, porque eres un ingenuo que piensas en el país de los arco iris perpetuos, donde siempre brilla el sol y la gente se ama y se respeta… Y un cojón de paloma, pero de la paz.

Domingo, 10 de agosto de 2008. 13:00 horas. Justo enfrente del edificio de la ONU. Congregación de judíos ultraortodoxos. Se encuentran acordonados y no sé si vigilados o escoltados por un coche de la policía de Nueva York. Hay varias decenas de personas y parece que se van aproximando, en un goteo continuo, algunas más que se introducen en el área delimitada.

Nos acercamos. Decenas de carteles en blanco y negro piden rezos para los israelíes secuestrados y desaparecidos. Asimismo, está la cuestión principal: «Bush libera a Pollard. Encarcela a Ahmadinejad y Bin Laden» (como si fuera tan fácil). El perla en cuestión, Jonathan Pollard, lleva 23 años en prisión. Motivo: era un espía israelí que estaba pasando secretos de los Estados Unidos a Israel. Si no fuera judío, estoy convencido de que le habrían dado matarile: no es chaladura, en cualquier país del mundo el espionaje es un crimen de máxima categoría y con la obsesión de los norteamericanos con la seguridad que el Pollard esté vivo y que, encima, le hagan manifestaciones a favor de su liberación me deja perplejo.

Y todo esto en las narices de las Naciones Unidas, cerca de una vía que lleva el nombre de Yitzhak Rabin, el último (algunos dirán que el único) primer ministro israelí que verdaderamente ha intentado dar una solución al problema existente con los palestinos. De lo visto en primera persona, sólo puedes inferir una conclusión: lo siento muchísimo por vosotros, queridos palestinos, pero lo tenéis realmente jodido.

La obra expuesta por un chico armenio llamado Zack en la ONU en el verano de 2008

La obra expuesta por un chico armenio llamado Zack en el edificio de las Naciones Unidas en el verano de 2008

Hormigas en Nueva York: Cap. 34. Paciencia

23 enero, 2009

Los ves a todos. A veces, charlan animadamente entre ellos, aunque lo normal es que suelan ir absortos, escuchando música en su Ipod, leyendo una novela o el periódico, haciendo jeroglíficos o, simplemente, dando cabezadas. Da igual el sexo, la raza, la religión: el metro es el medio de transporte más democrático. Aquí todo el mundo intenta pasar el tiempo con la mayor dignidad posible… Y eso se espera del resto de los que van dentro del vagón (exceptuando a los vendedores o los cantantes, que tienen otro estatus).

Son muchas las horas que neoyorquinas y neoyorquinos (nacidos o de adopción) pasan en el subterráneo como para incumplir dos de las normas básicas: primera, en el metro hay que estar el tiempo justo y necesario, no más; segunda, el subway es un coñazo necesario, un mal menor, vamos a molestar al resto de pasajeros lo justo y necesario, no más.

En pocas horas, he visto cómo se quebrantaban esas dos leyes no escritas y he podido admirar la paciencia estoica de estos ciudadanos de mundo.

Primera escena: metro de la calle 33 con dirección a la zona sur de la isla. Justo enfrente, tenemos la misma línea pero sentido Uptown, hacia el norte. Entre ambas líneas circula otro metro cuyo número desconozco.

El tiempo transcurrido empieza a hacerse eterno, y el asfixiante microclima dentro de la estación puede provocar las reacciones más diversas: minuto tras minuto. Lo que más me joroba es que se suceden los trenes en los otros dos raíles. Cuando cuento seis en cada una de esas dos líneas, dejo de hacerlo para evitar tener que saltar a la vía a ver si me llevan…, aunque sea por delante.

Por fin, aparece uno por nuestra dirección. Bien, vacío, así iremos más cómodos. Pasa como el Plan Marshall por España: rápido y sin hacer parada.

Todavía esta «broma» provoca alguna carcajada entre los grupitos. Los que están solos no han cogido, por el contrario, la gracia al chiste.

Mientras tanto, sin cesar, circulan los vagones en los otros dos raíles: los que queremos ir Downtown lo único que conseguimos es ir cuesta abajo en vez de ciudad abajo.

Llega otro, se frena, no abre las puertas y se marcha. Esta vez no hay risas y la gente comienza a llamar por el móvil: «lo siento, cariño, no sé qué pasa hoy, a ver si llega el metro de una vez», «jefe, le aseguro que voy de camino; no, por favor, no me despida por llegar veinte minutos tarde», «¿que te tienes que ir?, ¿cómo vas a dejar a mis niños solos? Sean y John sólo tienen 3 y 5 años. Espera un poco más, que tengo problemas en el metro… Te lo gratificaré, te lo suplico…» Ya me puedo imaginar este tipo de conversaciones.

33 minutos después de nuestra triunfal entrada en la estación aparece el tercero, el mejor de todos. Veo a una mujer de tez blanquecina en el interior del vagón, es pelirroja, con el pelo largo y liso. Se planta frente a la puerta, esperando como yo su apertura. El conductor no entiende de colores y, tras unos segundos con el aparato detenido, vuelve a arrancar sin dar la oportunidad, no ya de de entrar, sino siquiera de salir a los que están en el interior.

Mientras avanza el tren veo la cara de estupefacción de la señora pelirroja, de unos 40 años, que levanta las manos como si la hubieran enviado en el furgón de la prisión siendo inocente («¡Os juro que yo no lo hice! ¡Socorro, sáquenme de aquí!»).

Los suspiros hacen acto de aparición, y la revolución resignada y silenciosa hace que la mayoría salgamos del metro en busca de cualquier otra alternativa. Todo esto sin contar al plasta que durante los últimos diez minutos nos ha estado advirtiendo por los megáfonos «que oye sí, que un retrasillo, pero que ya llega, que gracias por su paciencia, que esperen un poquito más…» Eso cuando la intensa actividad y, por tanto, ruido de los otros dos raíles permitían escuchar algo.

Paciencia, paciencia…

A las pocas horas, nuevamente como escenario el medio favorito de los neoyorquinos. Se trata, esta vez, de la línea que va al aeropuerto J.F.K. Allí, puedes coger otro que te conduce directamente a la playa. Gente normal, corriente, gente en metro.

Y entra él. Unos 40 años, barriga cervecera, camisa blanca de tirantes, pantalones grises cortos. Lleva unas gafas de sol que se quita y se pone constantemente. Ojos azules. Un enorme tatuaje cubre su brazo izquierdo. Otro con forma de collar, tan de moda entre los horteras, le rodea el cuello a modo de rosario. Tez rosada, pelo canoso. Aparte, lleva un reproductor de música.

Ése es el aspecto concreto del tío más odioso del mundo. No, olvídate de la persona que tenías en mente. Es él. En esta ocasión en concreto, creo que se ha pasado con el alcohol, aunque puede que sea otra droga. Este Don Quijote va acompañado de su Sancho Panza: bajito, gordito, con gafas, cara ancha, perilla de pocos pelos, color de piel morena pero no negra. Sin duda, es latino. Éste no molesta; simplemente, se dedica a afirmar y a seguir la corriente de mi amigo Odioso.

No deja de parlotear ni un instante, con una voz estridente que te provoca dolor de cabeza. Apenas se le entiende lo que dice salvo cuando lanza tacos. Mira de forma chulesca a todo el mundo («sí, soy yo, el puto amo, el master of the universe»). Se pavonea, baila de forma ridícula y habla, habla, habla… No hay que aclarar que el volumen de su voz es poco menos que atronador.

Como somos pocos, pare la abuela. Entra un tío con pantalones rojos anchos, de los que caen por debajo de las rodillas. Lleva tatuado en un brazo «Costa Rica», lo que se puede ver porque lleva camisa de tirantes blanca, como mi colega Odioso. Es mulato y va acompañado de dos más. Este par son como nuestro Sancho Panza: hacen menos ruido y se limitan a seguir al líder, inconfundible por su volumen de voz. Éste es peligroso. Si el otro detectabas al instante que era un payaso odioso; el de Costa Rica, que, increíblemente, chilla todavía más alto, se ve que es un auténtico chusma. Sentado sobre el respaldo y con los pies apoyados en el espacio destinado a las nalgas, el colega berrea en inglés colando algunas palabras en español.

Los «normales», que estamos sentados entre las dos tribus, nos miramos en medio del estruendo con cara de «esto no puede estar pasando». Todos nos bajamos en la siguiente parada con el objetivo de librarnos de Chusma y Odioso.

Bueno, al menos Chusma se ha quedado en el vagón, pero a Odioso lo tendremos que soportar, al menos, hasta el próximo transbordo (él también ha debido ver el peligro de quedarse a solas con el costarricense). En fin, resignación, que es lo único que nos queda. Cualquier otra cosa sería poco democrática… Mientras que el porcentaje de este tipo de personajes sea limitado, claro está.

Hormigas en Nueva York: Cap. 33. "Tax", el gran enigma

18 enero, 2009

Buenas noticias, el IVA no existe en Nueva York. Malas noticias, existe el Tax o impuesto local. Buenas noticias, el Tax se sitúa en torno al 8 por ciento frente al 16 por ciento para casi todos los artículos de nuestro querido IVA. Malas noticias, cuando ves un precio en Nueva York nunca sabes si incluye el apartado Tax o no (algunos lugares te dan el precio con las tasas, otros te ponen en pequeñito que al precio hay que sumarle el Tax, y otros se pasan por el forro todo y descubres que el precio no llevaba las tasas cuando pasas por caja). Buenas noticias, en los mercadillos, con los vendedores ambulantes y en algunos pequeños comercios de Soho, Chinatown y Little Italy lo del impuesto no se estila y el precio es el que es (en ocasiones, puedes hacer hasta una contraoferta). Malas noticias, la impunidad para incluir las tasas en el precio del escaparate o de la etiqueta es tal que hasta en las tiendas más famosas desconoces el precio real hasta el último momento (en caja pagando) o hasta que lo preguntes específicamente. Buenas noticias, monta un negocio en Nueva York, para el tema de marketing siempre lo tendrás más fácil (en España si hicieras lo mismo, te caería un paquete de Consumo por publicidad engañosa).

Cara o cruz. Quédate con el lado que más te guste.

Hormigas en Nueva York: Cap. 30. Juguetes para adultos

14 enero, 2009
Al tiranosaurio de Toy «R» Us sólo le falta comerse a los clientes. ¡Me llevo uno!

Al tiranosaurio de Toy «R» Us sólo le falta comerse a los clientes. ¡Me llevo uno!

Lidia lo está flipando. Yo también, no es para menos y voy fotografiando este momento extraordinario. Mi novia está un poco avergonzada; pero, a fin de cuentas, es una oportunidad única: no todos los días tienes la posibilidad de tocar en el piano en el que Tom Hanks daba una divertida exhibición en la película Big.

Este tesoro está en F.A.O. Schwarz, en la Quinta Avenida, justo detrás del santuario de Apple.

Además de esta maravilla, aquí encontramos dinosaurios y dragones de peluche gigantescos, y reconstrucciones a tamaño real en Lego de los personajes de Harry Potter y de La Guerra de las galaxias. Es una obligación moral hacerse una foto al lado (oscuro) de Darth Vader.

La megatienda de Toy «R» Us en Times Square no le va en absoluto a la zaga. En este lugar, con las piezas de Lego han realizado enormes réplicas del edificio Chrysler, de la Estatua de la Libertad y del Empire State (con su King Kong incluido).

Una gran noria en el interior del almacén también impresiona. Cada carro lleva algún personaje de juguete o de película en el frontal: Mr. Potato, Monopoly, Barbie, E.T….

Sin embargo, el culmen de Toy «R» Us es digno de estar en el Museo de Historia Natural. ¡Vaya pedazo de tiranosaurio! El bicho mide como cinco o seis metros de altura, mueve la cola, la cabeza, la boca, los temibles ojos… y gruñe. Sólo el establecimiento de Disney sí que es un juego para niños.

Hormigas en Nueva York: Cap. 28. Haciendo un 69

23 diciembre, 2008
Justo enfrente de la iglesia de Saint Patrick, la estatua de Atlas da la bienvenida a los visitantes del Rockefeller Center

Justo enfrente de la iglesia de Saint Patrick, la estatua de Atlas da la bienvenida a los visitantes del Rockefeller Center

El Museo del Sexo de Nueva York es algo curioso, pero prefiero dejar rienda suelta a la imaginación de cada cual y me limitaré a comentar el otro lugar observatorio sobresaliente de la isla: el Top Rock del Rockefeller Center.

Situado cerca del Central Park, este lugar es mucho más bajo que el Empire State, pero al ser ligeramente más alto que los rascacielos que tiene a su alrededor, de día ofrece unas vistas casi tan espectaculares como las que puede ofrecer el edificio de King Kong.

Una vez que has llegado al piso 67, todavía puedes subir un par de plantas más para observar con detalle, aparte del gigantesco parque, el «Gran Coloso» de la Gran Manzana.

La broma te costará 20 dólares, así que es mejor no ir en un día lluvioso o en el que las nubes te puedan aguar las instantáneas. La fotito de entrada tiene su gracia: te sientan en una viga, como si fueras uno de los obreros que construyó el edificio, con la ciudad de fondo. El precio es todavía más descojonante: 30 dólares por una imagen con peor calidad que la de una Polaroid.

Mejor tener sexo, aunque sea de forma onanista.

P.D. Próximo post, 14 de enero de 2008

Hormigas en Nueva York: Cap. 27. Otra manera de ganarse la vida

21 diciembre, 2008

En esta isla, puedes trabajar prácticamente de lo que sea: desde gran ejecutivo de una multinacional a pintor callejero, desde broker en el Nasdaq a cantante en el metro, desde tendero en el Starbucks a vendedor de bolsos de imitación. Todo depende de una combinación de diversos factores: herencia, estudios, relaciones, suerte… Como prácticamente en cualquier parte del planeta, con la diferencia de que aquí es todo más a lo grande, como sus gigantescos rascacielos.

Además, en la Gran Manzana, tú puedes crear tu propio trabajo si tienes un poco de imaginación y un mucho de cara; por lo menos, mientras te lo permita la policía.

Si en otra ocasión hablaba de «el Charrito» y su talento para pintar rápidamente con los dedos al óleo, importación directa desde Colombia; el personaje al que me refiero esta vez es producto made in USA, de pura cepa.

Nos lo hemos encontrado, como no podía ser de otra forma, en Times Square. Ojos azules, alto, musculoso, melenas rubias, y bigote y patillas al estilo Hulk Hogan (personaje muy popular en estas tierras todavía). Tiene diversos tatuajes en su piel. Va vestido en plan cowboy: gorra blanca con franja azul, botas de vaquero con los mismo colores, guitarra al hombre con agujero incorporado para la recepción de los emolumentos y… calzoncillos blancos paqueteros en los que se puede leer su nombre artístico, al igual que en uno de sus tatuajes: the Naked Man (el hombre desnudo). Es más que fácil adivinar que siempre tiene un corrillo a su alrededor.

Si se acerca un hombre para hacerse una foto, lo agarra del hombro en plan colega, pero el verdadero show tiene lugar cuando es una mujer la que se aproxima a este carismático personaje. The Naked Man tiene entonces dos poses maestras preparadas. La primera es una imagen en la que la guitarra le tapa los calzoncillos y en la foto que toma el/la acompañante parece que está sólo con el sombrero y las botas, haciendo bueno su apelativo; ni que decir tiene que agarrado fuerte a la hembra y dándole un beso en la cabeza o susurrándoles lindezas al oído. Eso sí, todo con las pantallas de Times Square de fondo. La segunda versión es todavía mejor: Naked Man y la mujer en cuestión doblan las rodillas ligeramente y, mientras con una mano señalan al reloj Chevrolet de Times Square (sí, el de fin de año), con la otra se agarran el trasero mutuamente a instancias del «rubio de oro».

¡Eso sí que es un trabajo y lo demás son tonterías! La policía no ha debido pensar lo mismo, pues al día siguiente, cuando hemos vuelto a pasar por la zona, ya no estaba nuestro ídolo. A lo mejor, simplemente, es que el tiempo, nublado y con lluvia intermitente, no acompañaba. Eso sí, hemos visto a su versión femenina. Rubia, arrugada, muy ancha, con los pechos caídos y pintada como una prostituta de escasa capacidad económica y menor gusto (una especie de Pamela Anderson de cera a la que hubieran pasado por un horno). Con esta señora no nos ha apetecido hacernos la foto, como tampoco al resto de los que pasaban por allí.