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Breve historia de “el gorrilla”

22 septiembre, 2009

Dentro de la particular y rica fauna ibérica con la que hemos tenido la suerte de encontrarnos los nacidos en España y Portugal, hay una especie que se viene desarrollando de una manera exponencial en los últimos años. Nos estamos refiriendo al gorrilla (el nombre científico exacto es hispanicus parasitus gorrillus). No confundir con otro especimen común por estos lares, el gorrón, que cuenta con un bagaje cultural mucho más rico y antiguo,  con una casta y un linaje especial, que se podría remontar, como mínimo, a la época de los romanos. Que la fonética no nos lleve a engaño, pues escribir sobre el gorrón requeriría de unos conocimientos enciclopédicos que me superan absolutamente, así que, por ello, prefiero limitarme a la figura más humilde y reciente del gorrilla.

Corrían los años ochenta y era una época memorable, en España la ropa hortera (Mecano), la música hortera (Mecano), la estética hortera (Mecano) estaban en pleno apogeo. Una España postdictatorial que se enfrentaba, cuarenta años después, a su propia libertad. Claro, estábamos más que confusos: ¡Joder! Toda la vida obedeciendo al Tío Paco y a la Iglesia, y, de repente, podemos hacer lo que nos da la gana, más o menos. ¡Eran como nuestros sesenta, eso sí, con más de una década de retraso! Imaginaos: éramos unos niños chicos a los que sueltan en una tienda Belros sin ninguna vigilancia. Así que llego el despiporre, pensando que aquello iba a durar para siempre. Se empezaron a hacer películas deleznables, con el único atractivo de ver señoritas enseñando los pechos (¡por dios!), como si en unos años nos fuéramos a sentir orgullosos de nuestra filmografía. Por otro lado, como comentaba, la gente empezó a vestirse de maneras llamativas, como reivindicando el derecho a ser diferente, a no ser un borrego del Estado, sino más bien un borrego de la Movida (Madrileña, of course). Y, hecho fundamental, se empezó a descubrir que las drogas no eran malas, sino que drogarse molaba: de hecho, todos los guays tenían que drogarse y ponerse hasta el ojete, porque si no, no eras nadie (o al menos, nadie guay del paraguay, ni perita, ni molón).

Así estaban las cosas, hasta que un día un tío dijo: “Escuchad, ¿y esto quién lo paga?, ¡que las drogas no son gratis!”. ¡Ostias, qué palo! Si encima nos quieren cobrar por pasárnoslo bien, ¡qué cabronada! Los guayes principales fueron arrimando la cebolleta al gobierno socialista, para que les fueran costeando sus vicios. Se reconvirtieron en “la Cultura”, con mayúsculas, llamados a ocupar cargos importantes en institucionas tan honorables como la esgae. Pero el resto, los guayes borregos se vieron con el culo al aire. La política cambió: las drogas eran malas y los yonquis, una lacra. La heroína, ¡ojo al dato!, era perjudicial para la salud… Y la coca resulta que tampoco era tan benigna. ¡Ostias, Pedrín, que la hemos “liao” parda!

Muchos se repusieron como podían, pero muchos otros se vieron completamente jodidos, luchando contra una sociedad que ahora los miraba con malos ojos y que, con la crisis, no les daba ningún puesto en la escala laboral…  Los “picos” tenían que seguir llegando y, como la droga no era gratis ni estaba subvencionada (a lo mejor para los guayes gurus, sí; para ellos, lógicamente, no), tenían que conseguir pelas para la próxima dosis. La delincuencia era uno de los caminos a seguir: ya fuera el tirón, el robo con intimidación y cosas por el estilo, fuera de sutilezas y con bastante premura en su ejecución.

Otros optaron, nadie sabe si porque habían pasado demasiado tiempo entre rejas, por conciencia o porque no valían para el choriceo de malas maneras, por una alternativa particular: se pusieron a “ordenar” los aparcamientos por el módico precio de “la voluntad” (normalmente,  100 pesetas o, lo que es lo mismo, 20 duros) en determinadas zonas céntricas, gorrilla en cabeza pues el sol solía apretar a las horas en las que ellos laboraban, que solían coincidir con las de menor presión policial (una de estas casualidades de la vida). El servicio era completo: no te rayaban el coche, te podían poner una multa o incluso, llevárselo la grua “por la voluntad”. Asimismo, podías contemplar peleas de gorrillas que se enfrentaban afanosamente, impulsados por el mono Amedio, a delimitar su territorio. Conozco a gente que llegó a pagar a dos gorrillas por el mismo “servicio” para evitar que se pelearan entre ellos.

Pero, por suerte, los Ayuntamientos reaccionaron y, para evitar, la creciente sensación de inseguridad que esta nueva especie estaba creando entre los conductores de la ciudd establecieron medidas: por un lado, el SARE y, por otra, el gorrilla “legal”, desplazando al yonquigorrilla. Con el SARE evitaban la mala conciencia del que intentaba aparcar:  ahora ya tenía excusa para no darle el dinero al gorrilla con el “voy a la máquina”. Y con el gorrilla “legal”, poco a poco, fueron “limpiando” los centros históricos, barriadas aledañas y demás de los denostados yonquis que nos sacaban los veinte duros o el euro (pues,  con el cambio de moneda aplicaron la conocida ley del cafe: 100 pesetas = 1 euro). Por supuesto, siguieron con la gorra, pero ahora, además, su atuendo era complementado por un chaleco reflectante de color chillón y hortera a más no poder (reminiscencia de la época en la que hunden sus raíces).

Gracias, Ayuntamientos de toda la Península. Gracias a vosotros, ahora aparquemos donde aparquemos siempre tendremos la excusa del “voy a la máquina”. Gracias por multiplicar los lugares de los gorrillas “legales”: ahora hasta en los escampados tenemos la fortuna de contar con una persona que velará por el interés y la integridad de nuestros automóviles. Sólo me gustaría hacer una petición: ¿me podrían hacer una factura cada vez que me cobran el euro? No es que sea desconfiado, pero me gustaría desgravar ese impuesto de cuya rigurosa contabilidad estoy convencido que os hacéis cargo con tanto ímpetu como multas ponen los policías locales en verano y Navidad.

¡Ah, por cierto! Al gorrilla que habéis plantado al lado de mi casa, le va a pagar su p… madre. Eso sí, con todos mis respetos.


Viaje a la locura con el doctor House (quinta temporada)

25 mayo, 2009

He traicionado uno de mis principios.  Sí, he visto House subtitulado. Ya sé que para los más puristas sería un traidor por verlo traducido, pero es que el doblaje en español (en España, pues supongo que en los diferentes países hispanoamericanos lo doblarán cada cual con los suyos) del personaje House es brillante. De hecho, puede que sea una blasfemia,  mejora al original.

En fin, toda esta parrafada viene al caso de que, tras un parón en el visionado de la serie, logramos ponernos al día de su quinta temporada. ¡Mal hecho! ¡Ni siquiera nos habíamos fijado en que quedaban todavía tres episodios por emitir en español! Así que, vencidos por la curiosidad, decidimos volvernos locos y trasladarnos al universo anglosajón de nuestro querido doctor.

Y he aquí, que me veo todavía sorprendido por la quinta temporada de una serie dramática que se basa en episodios autoconclusivos de esquema repetitivo. Todavía el CSI de la Medicina me deslumbra, me puede llegar a dejar impresionado por unos giros y un rizar-el-rizo que, a veces, te pueden llegar a alterar el estado emocional más de lo habitual.

Por un lado, una vez que por fin apareció una persona con lupus, hemos visto como en ningún diagnóstico se vuelve a mencionar la citada enfermedad (supongo que era por probabilidad estadística: “ya hemos tenido un caso, ya es imposible que se vuelva a plantear”), si bien la sarcoidosis se establece como su más que digna sucesora… Y la estructura que se repite infinitamente, como decía Nietzsche, en su “eterno retorno”: enfermo/a llega a clínica, se desprecia el caso, solución-no solución, parada, casi-solución, paciente que casi fallece, inspiración divina, “soy-el-puto-amo,-soy-el-doctor-House”.

Esto tiene que ser así, pero no por ello podemos dejar de apreciar una serie de circunstancias que se  han dado a lo largo de esta quinta temporada: las relaciones Trece/Foreman y Cameron/Chase (personajes que recuperan protagonismo a medida que avanza la temporada), las dudas de Taub, los encuentros y desencuentros con Wilson, House y las drogas (llega hasta la metadona, ¡atiende!), Cuddy y su maternidad han sido elementos con los que se han ido sazonando este quinto año de nuestro querido doctor. Tambíén hemos visto que se ha puesto un énfasis mayor en el aspecto religioso, en el episodio del cura-borracho-puteado-amargado y otros. Y algunos experimentos audiovisuales, como ocurrió en el capítulo 19 (Locked In), rodado una gran parte en plano subjetivo, desde los ojos de un paciente que no se puede mover (dirigido por Daniel Attias, al que conocí gracias a Six Feet Under, aunque también hay que mencionar que fue el director del episodio Numbers, en el que se “revelaba” el significado del 4-8-15-16-23-42 de Lost por primera vez).

Sin embargo, todo queda en un segundo plano, lo que hace realmente sobrecogedora esta quinta temporada es lo que sucede en el episodio 20 (Simple Explanation). El suicidio de Kutner (encarnado por el actor Kal Penn, quien abandonaba la serie para formar parte del equipo de Obama) es absolutamente brutal, completamente desgarrador. Estúpido, imprevisible, cruel, descarnado. Aporta un giro dramático a la serie tan grande, que todavía no sé si valorarlo de una forma positiva o negativa (es como si Joan Manuel Serrat de repente cantara una canción heavy). El golpe es tan duro que te puedes pensar, por momentos, que estás viendo A dos metros bajo tierra en vez de House.

No sé si el repentino anuncio del actor provocó una reacción tan inesperada-dura (-¿vengativa?) por los creadores de la serie, pero el suicidio del doctor Kutner era tan poco previsible (quizás era tan equilibrado que por ahí se podía ver el error del círculo demasiado perfecto, pero eso no deja de ser más que una explicación “facilona” a posteriori) que su efecto se multiplica. Es una auténtica hostia en la cara. Un bofetón emocional. Desde el fallecimiento de Nate Fisher no recuerdo una muerte ficticia que me impactara de tal manera.

Esta tragedia desencadenará una serie de sucesos, que harán que el ritmo de los últimos episodios se acelere mediante la concatenación de sucesos… La boda precipitada Cameron/Chase (y esa subtrama que tan poca gracia me ha hecho del esperma), la reaparición “alucinante” de Amber, el “lío” de House y Cuddy… y, por fin, la locura de House. El racional doctor, por una vez, se ve superado por un acontecimiento al que no encuentra explicación, por un lado, y que no ha sido capaz de prever, por otro. Es la puesta en duda absoluta de su Don (tema recurrente en esta temporada: el miedo de House a estar perdiendo sus prodigiosas cualidades)… Es el viaje a la locura que llevará a House de camino a un psiquiátrico, cuando su lado derecho irracional acabe imponiéndose al lógico hemisferio izquierdo de su cerebro.

Todos somos humanos… Incluso el doctor House, aunque sólo sea por unos momentos.

Eslóganes que matan

Eslóganes que matan

Historietas lisboetas 2: Tópicos de msantaella en la capital lusa

23 abril, 2009

1. Rua Augusta. Una de las calles principales de Lisboa. A medida que te aproximas a la Plaza del Comercio (ahora en obras), se incrementan las posibilidades de que te ofrezcan droga. En esta ocasión no iba a ser menos: en un fragmento de unos 50 metros hasta tres personas diferentes se acercaron para ofrecernos “maría, chocolate” (si quieres farlopa, entonces ya te tienes que ir al Barrio Alto y recorrer cien metros para que te la intente vender; eso sí, todos unos gentleman: siempre a los hombres ). Además, para asegurarse de que comprendes lo que te están diciendo te enseñan unos pedrolos impresionantes con la mercancía. ¡Hombre, por dios! ¡Ya sé que está mala la cosa inmobiliaria, pero, hioputa, con eso te podrías construir un chalet! Eso sí, el vendedor es un tío que lo mismo hasta está vestido de chaqueta. (Un director inmobiliario venido a menos, me da a mí).

No es la Rua Augusta, pero como está cerca, da el pego

No es la Rua Augusta, pero como está cerca, da el pego

2. Belem. El puente 25 de abril divide a Lisboa en dos partes. Belem es lugar de “peregrinaje” para los turistas, que acudimos en tropel a ver y “rever” el Monumento a los Descubridores, la Torre de Belem y el Monasterio de los Jerónimos, entre otras cosas. A mí esta zona de Lisboa me tiene cierta tirria, pues siempre que me acerco el cielo se encapota.

Típico monumento "sacaperras" de capital de país

Típico monumento "sacaperras" de capital de país

Eso sí, nunca nos llega a llover y esta vez, por fin, logramos entrar al Monasterio de los Jerónimos (que yo siempre confundía con el Museo de la Marina; esto de ser poco religioso es lo que tiene).

Monasterio de los Jerónimos: más de cuarenta minutos haciendo cola, acaba la misa y resulta que hay una puerta enorme por la que puedes entrar, GAÑAAAAAAAÁN

Monasterio de los Jerónimos: más de cuarenta minutos haciendo cola, acaba la misa y resulta que hay una puerta enorme por la que puedes entrar, GAÑAAAAAAAÁN

Pero a mí lo que verdaderamente me emociona no son ninguno de estos monumentos, lo que me vuelve loco es su Universidade Moderna, con la Licenciatura en Cinema. ¡Brutal! Me recuerda tanto, por la cutrez exterior, a mi instituto, que le he tomado una especie de cariño. Supongo que ser “modernito” es lo que tiene (lo digo por la Universidad, que no por mí).

Chúpate esa, Columbia

Chúpate esa, Columbia

3. Castillo de San Jorge. Muy gracioso, muy bonitas panorámicas, muy gilipollas visitarlo cada vez que vas a Lisboa… ¿De verdad es necesario subirte en el tranvía hasta el quinto carajo, comer en un sitio en el que “disfrutas” con pseudocantantes de fado y recorrer el mismo castillo que, con tantos siglos como tiene, no es precisamente un MoMA? Pues mira… Sí, cuando descubres que existe una Torre de Ulises que, básicamente, es el invento de un voyeur llamado Leonardo Da Vinci. Y resulta que desde ese lugar puedes divisar y controlar, por obra de la óptica, un espacio importante de la capital lisboeta. Si ponen uno así, cercano a las playas de Ibiza o de Malibú, el éxito lo tienen garantizado. ¡Pobre, Hugh, le voy a arruinar el negocio!

vista desde San Jorge

4. Gastronomía. ¿Qué coño come una persona que no le guste el bacalao en Lisboa? Pues está claro: los platos típicos: hamburguesa, melón con jamón, gambas… y algunos productos que eliges porque el nombre suena atractivo. Máxima lisboeta: la deliciosidad de la comida es inversamente proporcional a la sonoridad de su denominación. Ejemplo: un “polvo” no es un “caliqueño”, sino un puto “pulpo”. Esta confusión se multiplica en el Barrio Alto, donde sex-shops y restaurantes pueden llegar a confundirse. No me extraña que después como música tenga el fado… Te creas expectativas y, al final, “na-de-ná”. Resultado: música melancólica.

5. Cristo Rey de Almada. En continua renovación, menos la mujer que vende en la tienda de souvenirs, que creo que es la misma en el medio siglo de esta construcción. A imitación del Cristo de Corcovado, a la entrada de Lisboa, nos encontramos con esta enorme escultura posada sobre un pedestal todavía más inmenso. Han hecho en su interior una capilla y me sorprendió ver virgenes y cristos modernitos, lejos del estilo de pintura que viene caracterizando al catolicismo desde hace ¿1.000 años?

Este año se celebra el 50 aniversario del Cristo de Almada

Este año se celebra el 50 aniversario del Cristo de Almada

6. Foto-turista. Vas 300 veces a Lisboa, haciendo 400 fotos de medias en cada visita, y me juego la cabeza de que esas 120.000 imágenes el 85% son la misma (con un margen de variación del 5% aprox.). Además, es que no te molestas ni en variar el ángulo, la perspectiva o la  nitidez. Siempre la misma Virgen de Fátima, la misma , el mismo Puente 25 de abril, la misma Plaza del Comercio… Lo único que puede variar un poco es el tiempo o si hay obras de remodelación, y lo que sí puede cambiar de forma considerable es tu propio reflejo, ya que te vas viendo cada vez más extraño en las fotografrías. Solución: dejar de ir a Lisboa (opción regulera) o no aparecer en las fotografías (¡yujuuuuuuuú!).

Una de las fotos más típicas de turista en Lisboa, pese a Mapfre

Una de las fotos más típicas de turista en Lisboa, pese a Mapfre

La catedral lisboeta por excelencia; la estampa típica lleva un tranvía, pero yo me lo he pasado por el forro

La catedral lisboeta por excelencia; la estampa típica lleva un tranvía, pero yo me lo he pasado por el forro

Apenas medio metro de altura, un día de éstos la van a robar y va a aparecer en la casa de algún sinvergüenza tipo Obiang

Apenas medio metro de altura, un día de éstos la van a robar y va a aparecer en la casa de algún sinvergüenza tipo Obiang