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Hormigas en Nueva York: Cap. 41. Tío Pepe

13 febrero, 2009

¡Por fiiiiiiiiin! La última noche. En un rincón del barrio de Chelsea, encontrado mientras echábamos un vistazo a la enésima guía de la Gran Manzana. En una calle en que prácticamente sólo existen sex-shops. En un local escondido por las obras de verano. Sí, ahí, en la Cuarta Calle, entre la Sexta y la Séptima Avenida, en un lugar por el que sería un milagro pasar por casualidad. Ahí mismo estaba: Tío Pepe, un restaurante de comida española (y mexicana), regentado por personal procedente del sur de la frontera de Estados Unidos.

El local está muy bien ambientado. Muchas velas y luces a intensidad baja que le dan al espacio un toque romántico, reposado, tranquilo.

En las paredes observamos la presencia de toneles, espadas, una bodega española, farolillos negros. Al igual que en la cocina, en la decoración se da una mezcolanza de lo español con lo mexicano.

El guacamole es aquí el plato estrella, sobre todo por su componente estético: lo preparan delante de ti (in your face, como dirían ellos), para que vivas el proceso en directo. A mí me interesa bien poco, yo he venido a buscar lo que no estaba encontrando.

Si no fuera tan tarde, pediríamos paella; pero, al final, apostamos por lo que nunca falla: combinado de ibéricos. Almejas salteadas y medallones a lo Tío Pepe serán los otros platos seleccionados.

La carne es buena, blanda y el punto de licor la hace más sabrosa. Las almejas, a diferencia de las españolas, son grandes: en el plato sólo hay ocho; pero la salsa, aunque un poco espesa, está rica, rica. Ideal para hacer «barquitos».

La prueba de fuego: el plato de ibéricos. Aceitunas: bien, sin más. Son las típicas de bote. Queso manchego: a mí no me gusta este producto y no lo cato; Lidia dice que está bueno. Chorizo: exquisito. El sabor no delata que haya sufrido algún proceso de conservación que lo haya echado a perder. Finalmente, lo que marca la diferencia: el jamón… No pasa la prueba. Parece que haya pasado por algún tipo de tratamiento en frío (o puede que incluso por congelación) y al ponerlo a temperatura ambiente hubiera perdido su sabrosura. El regusto que deja al final no convence, es acuoso. Puede que en su origen fuera un jamón de calidad, pero al llegar a nuestro paladar el producto ya no es lo que debiera ser.

¡Así va a ser difícil que recolonicemos América!

Pese a todo, el jamón sólo era para nota de sobresaliente: sigue siendo el lugar y la vez que mejor hemos comido durante toda nuestra estancia en Nueva York (lo de Little Italy se lo llevó el viento).

Llega el momento de pagar. En los restaurantes considerados de clase (bien por calidad de la comida, por servicio, por el entorno o por una combinación de todo), como el Hard Rock Cafe o el Planet Hollywood, existe el concepto de «Gratituidad», que oscila entre el 15 y el 20 por ciento y que en la práctica es obligatorio. Aparte, estaría la propina. Tío Pepe da la calidad por sentada y el concepto ya está incluido en el precio: 76 dólares por una buena cena (bien es cierto que ni hemos tomado postre ni bebido vinos). Por tanto, es un precio razonable para ser el lugar que es. Dejo la tarjeta de crédito y el carnet de identidad, y nos quedamos a la espera de firmar el recibí. La propina irá en metálico.

¿Qué es de lo peor que te puede pasar en la capital mundial del Consumismo? Efectivamente, la tarjeta de crédito ha sido denegada con dinero en la cuenta correspondiente. ¡Tierra trágame!

El tono como de disculpa con el que te lo señala el camarero multiplica tu humillación. Susurras el típico «eso no puede ser…» y sacas una segunda tarjeta con las gotas de Shin Shan en la frente.

La espera es más que tensa y vas haciendo en tu cabeza múltiples conjeturas sobre lo que puede haber ocurrido: la banda magnética, que se hayan equivocado al cambiar el número de cuenta que correspondía a esa tarjeta… Regresa el camarero y con una alegría comedida apunta que «esta vez sí pasó». Lo que no ha pasado es tu estado de vergüenza. Ahora el trato sigue siendo amable, pero forzado; un observador atento puede leer entre líneas que están deseando que te marches. Esto contribuye a que tu bochorno mute a mal humor, que durará hasta que vayas al cajero y saques dinero con la tarjeta de la ignominia… Era la banda magnética.

Entonces, respiras y susurras: «¡maldito y bendito Capitalismo!»

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Hormigas en Nueva York: Cap. 34. Paciencia

23 enero, 2009

Los ves a todos. A veces, charlan animadamente entre ellos, aunque lo normal es que suelan ir absortos, escuchando música en su Ipod, leyendo una novela o el periódico, haciendo jeroglíficos o, simplemente, dando cabezadas. Da igual el sexo, la raza, la religión: el metro es el medio de transporte más democrático. Aquí todo el mundo intenta pasar el tiempo con la mayor dignidad posible… Y eso se espera del resto de los que van dentro del vagón (exceptuando a los vendedores o los cantantes, que tienen otro estatus).

Son muchas las horas que neoyorquinas y neoyorquinos (nacidos o de adopción) pasan en el subterráneo como para incumplir dos de las normas básicas: primera, en el metro hay que estar el tiempo justo y necesario, no más; segunda, el subway es un coñazo necesario, un mal menor, vamos a molestar al resto de pasajeros lo justo y necesario, no más.

En pocas horas, he visto cómo se quebrantaban esas dos leyes no escritas y he podido admirar la paciencia estoica de estos ciudadanos de mundo.

Primera escena: metro de la calle 33 con dirección a la zona sur de la isla. Justo enfrente, tenemos la misma línea pero sentido Uptown, hacia el norte. Entre ambas líneas circula otro metro cuyo número desconozco.

El tiempo transcurrido empieza a hacerse eterno, y el asfixiante microclima dentro de la estación puede provocar las reacciones más diversas: minuto tras minuto. Lo que más me joroba es que se suceden los trenes en los otros dos raíles. Cuando cuento seis en cada una de esas dos líneas, dejo de hacerlo para evitar tener que saltar a la vía a ver si me llevan…, aunque sea por delante.

Por fin, aparece uno por nuestra dirección. Bien, vacío, así iremos más cómodos. Pasa como el Plan Marshall por España: rápido y sin hacer parada.

Todavía esta «broma» provoca alguna carcajada entre los grupitos. Los que están solos no han cogido, por el contrario, la gracia al chiste.

Mientras tanto, sin cesar, circulan los vagones en los otros dos raíles: los que queremos ir Downtown lo único que conseguimos es ir cuesta abajo en vez de ciudad abajo.

Llega otro, se frena, no abre las puertas y se marcha. Esta vez no hay risas y la gente comienza a llamar por el móvil: «lo siento, cariño, no sé qué pasa hoy, a ver si llega el metro de una vez», «jefe, le aseguro que voy de camino; no, por favor, no me despida por llegar veinte minutos tarde», «¿que te tienes que ir?, ¿cómo vas a dejar a mis niños solos? Sean y John sólo tienen 3 y 5 años. Espera un poco más, que tengo problemas en el metro… Te lo gratificaré, te lo suplico…» Ya me puedo imaginar este tipo de conversaciones.

33 minutos después de nuestra triunfal entrada en la estación aparece el tercero, el mejor de todos. Veo a una mujer de tez blanquecina en el interior del vagón, es pelirroja, con el pelo largo y liso. Se planta frente a la puerta, esperando como yo su apertura. El conductor no entiende de colores y, tras unos segundos con el aparato detenido, vuelve a arrancar sin dar la oportunidad, no ya de de entrar, sino siquiera de salir a los que están en el interior.

Mientras avanza el tren veo la cara de estupefacción de la señora pelirroja, de unos 40 años, que levanta las manos como si la hubieran enviado en el furgón de la prisión siendo inocente («¡Os juro que yo no lo hice! ¡Socorro, sáquenme de aquí!»).

Los suspiros hacen acto de aparición, y la revolución resignada y silenciosa hace que la mayoría salgamos del metro en busca de cualquier otra alternativa. Todo esto sin contar al plasta que durante los últimos diez minutos nos ha estado advirtiendo por los megáfonos «que oye sí, que un retrasillo, pero que ya llega, que gracias por su paciencia, que esperen un poquito más…» Eso cuando la intensa actividad y, por tanto, ruido de los otros dos raíles permitían escuchar algo.

Paciencia, paciencia…

A las pocas horas, nuevamente como escenario el medio favorito de los neoyorquinos. Se trata, esta vez, de la línea que va al aeropuerto J.F.K. Allí, puedes coger otro que te conduce directamente a la playa. Gente normal, corriente, gente en metro.

Y entra él. Unos 40 años, barriga cervecera, camisa blanca de tirantes, pantalones grises cortos. Lleva unas gafas de sol que se quita y se pone constantemente. Ojos azules. Un enorme tatuaje cubre su brazo izquierdo. Otro con forma de collar, tan de moda entre los horteras, le rodea el cuello a modo de rosario. Tez rosada, pelo canoso. Aparte, lleva un reproductor de música.

Ése es el aspecto concreto del tío más odioso del mundo. No, olvídate de la persona que tenías en mente. Es él. En esta ocasión en concreto, creo que se ha pasado con el alcohol, aunque puede que sea otra droga. Este Don Quijote va acompañado de su Sancho Panza: bajito, gordito, con gafas, cara ancha, perilla de pocos pelos, color de piel morena pero no negra. Sin duda, es latino. Éste no molesta; simplemente, se dedica a afirmar y a seguir la corriente de mi amigo Odioso.

No deja de parlotear ni un instante, con una voz estridente que te provoca dolor de cabeza. Apenas se le entiende lo que dice salvo cuando lanza tacos. Mira de forma chulesca a todo el mundo («sí, soy yo, el puto amo, el master of the universe»). Se pavonea, baila de forma ridícula y habla, habla, habla… No hay que aclarar que el volumen de su voz es poco menos que atronador.

Como somos pocos, pare la abuela. Entra un tío con pantalones rojos anchos, de los que caen por debajo de las rodillas. Lleva tatuado en un brazo «Costa Rica», lo que se puede ver porque lleva camisa de tirantes blanca, como mi colega Odioso. Es mulato y va acompañado de dos más. Este par son como nuestro Sancho Panza: hacen menos ruido y se limitan a seguir al líder, inconfundible por su volumen de voz. Éste es peligroso. Si el otro detectabas al instante que era un payaso odioso; el de Costa Rica, que, increíblemente, chilla todavía más alto, se ve que es un auténtico chusma. Sentado sobre el respaldo y con los pies apoyados en el espacio destinado a las nalgas, el colega berrea en inglés colando algunas palabras en español.

Los «normales», que estamos sentados entre las dos tribus, nos miramos en medio del estruendo con cara de «esto no puede estar pasando». Todos nos bajamos en la siguiente parada con el objetivo de librarnos de Chusma y Odioso.

Bueno, al menos Chusma se ha quedado en el vagón, pero a Odioso lo tendremos que soportar, al menos, hasta el próximo transbordo (él también ha debido ver el peligro de quedarse a solas con el costarricense). En fin, resignación, que es lo único que nos queda. Cualquier otra cosa sería poco democrática… Mientras que el porcentaje de este tipo de personajes sea limitado, claro está.

Hormigas en Nueva York: Cap. 30. Juguetes para adultos

14 enero, 2009
Al tiranosaurio de Toy «R» Us sólo le falta comerse a los clientes. ¡Me llevo uno!

Al tiranosaurio de Toy «R» Us sólo le falta comerse a los clientes. ¡Me llevo uno!

Lidia lo está flipando. Yo también, no es para menos y voy fotografiando este momento extraordinario. Mi novia está un poco avergonzada; pero, a fin de cuentas, es una oportunidad única: no todos los días tienes la posibilidad de tocar en el piano en el que Tom Hanks daba una divertida exhibición en la película Big.

Este tesoro está en F.A.O. Schwarz, en la Quinta Avenida, justo detrás del santuario de Apple.

Además de esta maravilla, aquí encontramos dinosaurios y dragones de peluche gigantescos, y reconstrucciones a tamaño real en Lego de los personajes de Harry Potter y de La Guerra de las galaxias. Es una obligación moral hacerse una foto al lado (oscuro) de Darth Vader.

La megatienda de Toy «R» Us en Times Square no le va en absoluto a la zaga. En este lugar, con las piezas de Lego han realizado enormes réplicas del edificio Chrysler, de la Estatua de la Libertad y del Empire State (con su King Kong incluido).

Una gran noria en el interior del almacén también impresiona. Cada carro lleva algún personaje de juguete o de película en el frontal: Mr. Potato, Monopoly, Barbie, E.T….

Sin embargo, el culmen de Toy «R» Us es digno de estar en el Museo de Historia Natural. ¡Vaya pedazo de tiranosaurio! El bicho mide como cinco o seis metros de altura, mueve la cola, la cabeza, la boca, los temibles ojos… y gruñe. Sólo el establecimiento de Disney sí que es un juego para niños.

Hormigas en Nueva York: Cap. 28. Haciendo un 69

23 diciembre, 2008
Justo enfrente de la iglesia de Saint Patrick, la estatua de Atlas da la bienvenida a los visitantes del Rockefeller Center

Justo enfrente de la iglesia de Saint Patrick, la estatua de Atlas da la bienvenida a los visitantes del Rockefeller Center

El Museo del Sexo de Nueva York es algo curioso, pero prefiero dejar rienda suelta a la imaginación de cada cual y me limitaré a comentar el otro lugar observatorio sobresaliente de la isla: el Top Rock del Rockefeller Center.

Situado cerca del Central Park, este lugar es mucho más bajo que el Empire State, pero al ser ligeramente más alto que los rascacielos que tiene a su alrededor, de día ofrece unas vistas casi tan espectaculares como las que puede ofrecer el edificio de King Kong.

Una vez que has llegado al piso 67, todavía puedes subir un par de plantas más para observar con detalle, aparte del gigantesco parque, el «Gran Coloso» de la Gran Manzana.

La broma te costará 20 dólares, así que es mejor no ir en un día lluvioso o en el que las nubes te puedan aguar las instantáneas. La fotito de entrada tiene su gracia: te sientan en una viga, como si fueras uno de los obreros que construyó el edificio, con la ciudad de fondo. El precio es todavía más descojonante: 30 dólares por una imagen con peor calidad que la de una Polaroid.

Mejor tener sexo, aunque sea de forma onanista.

P.D. Próximo post, 14 de enero de 2008

Hormigas en Nueva York: Cap. 27. Otra manera de ganarse la vida

21 diciembre, 2008

En esta isla, puedes trabajar prácticamente de lo que sea: desde gran ejecutivo de una multinacional a pintor callejero, desde broker en el Nasdaq a cantante en el metro, desde tendero en el Starbucks a vendedor de bolsos de imitación. Todo depende de una combinación de diversos factores: herencia, estudios, relaciones, suerte… Como prácticamente en cualquier parte del planeta, con la diferencia de que aquí es todo más a lo grande, como sus gigantescos rascacielos.

Además, en la Gran Manzana, tú puedes crear tu propio trabajo si tienes un poco de imaginación y un mucho de cara; por lo menos, mientras te lo permita la policía.

Si en otra ocasión hablaba de «el Charrito» y su talento para pintar rápidamente con los dedos al óleo, importación directa desde Colombia; el personaje al que me refiero esta vez es producto made in USA, de pura cepa.

Nos lo hemos encontrado, como no podía ser de otra forma, en Times Square. Ojos azules, alto, musculoso, melenas rubias, y bigote y patillas al estilo Hulk Hogan (personaje muy popular en estas tierras todavía). Tiene diversos tatuajes en su piel. Va vestido en plan cowboy: gorra blanca con franja azul, botas de vaquero con los mismo colores, guitarra al hombre con agujero incorporado para la recepción de los emolumentos y… calzoncillos blancos paqueteros en los que se puede leer su nombre artístico, al igual que en uno de sus tatuajes: the Naked Man (el hombre desnudo). Es más que fácil adivinar que siempre tiene un corrillo a su alrededor.

Si se acerca un hombre para hacerse una foto, lo agarra del hombro en plan colega, pero el verdadero show tiene lugar cuando es una mujer la que se aproxima a este carismático personaje. The Naked Man tiene entonces dos poses maestras preparadas. La primera es una imagen en la que la guitarra le tapa los calzoncillos y en la foto que toma el/la acompañante parece que está sólo con el sombrero y las botas, haciendo bueno su apelativo; ni que decir tiene que agarrado fuerte a la hembra y dándole un beso en la cabeza o susurrándoles lindezas al oído. Eso sí, todo con las pantallas de Times Square de fondo. La segunda versión es todavía mejor: Naked Man y la mujer en cuestión doblan las rodillas ligeramente y, mientras con una mano señalan al reloj Chevrolet de Times Square (sí, el de fin de año), con la otra se agarran el trasero mutuamente a instancias del «rubio de oro».

¡Eso sí que es un trabajo y lo demás son tonterías! La policía no ha debido pensar lo mismo, pues al día siguiente, cuando hemos vuelto a pasar por la zona, ya no estaba nuestro ídolo. A lo mejor, simplemente, es que el tiempo, nublado y con lluvia intermitente, no acompañaba. Eso sí, hemos visto a su versión femenina. Rubia, arrugada, muy ancha, con los pechos caídos y pintada como una prostituta de escasa capacidad económica y menor gusto (una especie de Pamela Anderson de cera a la que hubieran pasado por un horno). Con esta señora no nos ha apetecido hacernos la foto, como tampoco al resto de los que pasaban por allí.

Hormigas en Nueva York: Cap. 26. El gran error de los Reyes Católicos

19 diciembre, 2008

Aparte de patrocinar los viajes desacertados de Cristóbal Colón, Isabel y Fernando se dedicaron a «subvencionar» otra serie de actividades de moralidad más dudosa: ejemplo, el Santo Oficio (o en cristiano, la Inquisición; se me acaban de poner los vellos de punta). Para la fanática religiosa Isabel, era una manera de defender al Catolicismo; para el maquiavélico Fernando (no olvidemos que fue una de las inspiraciones fundamentales de El príncipe), era un pretexto para solventar determinados problemas: ejemplo, el estado está en quiebra económica (como lo estará tantas veces, incluso durante la época de mayor expansión del Imperio Español con Felipe II); solución: expulsamos a los judíos so pretexto religioso y solventamos la cuestión económica con intereses.

Esto que ocurrió hace ya más de cinco siglos establece una serie de las diferencias entre los Estados Unidos y España (y no me refiero sólo a la postura política en la cuestión Palestina).

En Nueva York, la colonia judía es numerosa y, además de dedicarse al estudio de la Torah, se encargan de dotar de un dinamismo a la economía de la ciudad más que digno de comentar.

Primer ejemplo: Distrito del Diamante; ocupa unas decenas de metros de la calle 47. En este reducido espacio se mueve el 80 por ciento de los diamantes que se encuentran en EE.UU. Pasear por esta vía tiene sus riesgos si vas fijando mucho la vista en los escaparates: te puedes llegar a eclipsar con tanto brillo concentrado en tan pequeño lugar (si no te da un infarto mirando los precios, claro).

Decenas de furgonetas blindadas FedEx se acumulan en esta calle, siempre prestas a transportar tan valiosa mercancía.

Otro aspecto que te llama mucho la atención: si bien no todos, la mayoría de los locales no tienen ningún reparo en poner el precio de las codiciadas joyas. A diferencia de los establecimientos de más postín de la Quinta Avenida (ejemplos: Tiffany&Co., Van Cleef & Arpels) que no se rebajan a poner el precio de sus productos en los escaparates, en la 47 no se andan con mojigaterías. Yo he estado buscando alguna ganga y el precio mínimo que he encontrado han sido poco más de 20.000 dólares, que a como estaba el cambio cuando llegué a Manhattan, te salen unos irrisorios 13.000 euros aprox.

A las siete de la tarde, das una vuelta por esta deslumbrante zona y está desierta. Te asomas a cualquier mostrador y no hay nada. Toda la mercancía ha sido puesta a buen recaudo y así, día tras día, con la laboriosidad propia de las hormigas.

Segundo ejemplo de eficiencia hebrea: B&H, una megatienda de imagen y sonido. Si en España por profesionalidad se entiende (o al menos antes) El Corte Inglés, nuestra cadena sería poco menos que un supermercado de barrio en comparación con esta gente.

Para empezar, todo lo que puedes imaginarte en las áreas de la fotografía, vídeo, informática y similares se encuentra en B&H. Y nos referimos desde un pen de un giga a una cámara de vídeo profesional, pasando por televisores, portátiles o reproductores de música. Por supuesto, con marcas y aplicaciones que todavía no han llegado a España y algunas que no lo harán nunca.

En segundo lugar, tienen precios extremadamente competitivos. Difícilmente, vas a ver un producto a mejor precio en una tienda de confianza (en la isla hay muchos negocios en los que te venden productos informáticos o teléfonos a bajo coste, pero de más que dudosa procedencia).

Otra ventaja, la estructura de la tienda es clara y en cada sección existe un personal numeroso y cualificado (atiende, que tienen hasta trabajadores que hablan español). Como te pares un momento y prestes mucha atención a algo, da por sentado que te lo venden. Si encima preguntas, acabas por buscarte la ruina (pero contento, ¡eh!). Nosotros íbamos con la intención de llevarnos, si acaso, un pen y nos dejamos casi 350 dólares entre pitos y flautas.

El incómodo carro de la compra no existe: confort para el cliente, seguridad para el negocio. En cada sección del almacén te van dando un ticket, con el que te puedes dirigir a otra parte del comercio para añadir más compras.

Una vez que has finalizado con tus adquisiciones, te diriges con el papelito a caja. Cuando has pagado, entonces puedes ir con el recibo al espacio de recogida de la compra. Es un espectáculo ver cómo todo el centro comercial está interconectado por una red de cestas verdes, en las cuales los vendedores van introduciendo lo que te vas «llevando» en cada parte de la tienda, y cómo todas acaban siempre en el punto de recogida. ¡Compra fresquita, fresquita!

Está claro que los Reyes Católicos, aparte de la más que cuestionable ética de sus acciones religiosas, no pensaron a largo plazo. Con una clase social tan capacitada y habilidosa para el comercio, es menos probable que en España hubiera prosperado la cultura del dinero fácil y el «pelotazo», del ladrillo y la construcción, del compadreo padre… Habría un mayor número de profesionales serios y eficientes; claro que, en ese caso, me quejaría de la actitud de España hacia el pueblo palestino. La cuestión es no estar nunca conforme, como Isabel «la Católica».

Hormigas en Nueva York: Cap. 24. Lo que la oscuridad esconde

17 diciembre, 2008
Los neones de Times Square te deslumbran y te podrian ocultar las sombras de la isla

Los neones de Times Square te deslumbran y te podrían ocultar las sombras de la isla

Las relucientes luces de Broadway, el bello perfil de la Gran Manzana cuando el sol desaparece por unas horas, la intensa vida nocturna de zonas como Little Italy conforman la parte más memorable de la noche neoyorquina, con su vitalidad desbordante y sus coloridos neones.

Ésta es una realidad que hemos visto reflejada en cientos de series y películas, aunque existe otra paralela: en la sombra, pero igualmente real.

A vista de hormiga, detectamos la parte menos glamourosa de la capital del mundo. Apenas dan las siete de la tarde, las aceras de gran parte de las calles de Manhattan se convierten en un gran vertedero. Todos los comercios dejan en la parte de la vía peatonal más próxima a la carretera montañas de bolsas con la basura que han acumulado durante el día (por suerte, la peste está erradicada en Occidente). No importa el distrito, prácticamente toda la isla queda adornada con los restos de la intensa actividad cotidiana. La estampa durará, como mínimo, tres o cuatro horas, tiempo en el que empiezan sus labores el servicio de limpieza.

Por la mañana temprano, las calles volverán a estar impolutas, dentro de los límites establecidos para una ciudad como Nueva York, a la espera de la finalización del día, en el que la escena de las cordilleras de desechos se repetirá nuevamente.

Otro clásico de la oscuridad en la Babilonia del siglo XXI son los «sin-techo», apelativo cariñoso con el que denominar a los mendigos, la parte menos afortunada de la ciudad de las riquezas.

Hay cientos de ellos repartidos por los diferentes barrios. Aprovechan la puesta a punto de Manhattan, que hace que se vayan trasladando de calle en calle plataformas que permitirán a los obreros embellecer las entradas de la mayor parte de los edificios. Estas plataformas cumplen, por tanto, un doble cometido: dan lustre a los encantos que relucen en la Gran Manzana cuando el sol está en lo más alto y, de noche, sirven de cobijo a los vagabundos, pues les evita tener que dormir en la intemperie más absoluta.

Al lado de nuestro hotel, en la calle 30, hay una de estas estructuras. Entre otros elementos, están arreglando las molduras de una tienda que se dedica al mobiliario del hogar. Justo debajo de sus escaparates, en los que se pueden apreciar muebles de diseño, vemos todas las noches dormir a dos «sin-techo» sobre la fría acera, separados por sólo un cristal de camas y sofás que se podrían encontrar en las suites de los hoteles más lujosos de Nueva York.

Hormigas en Nueva York: Cap. 23. El infierno de los alérgicos

15 diciembre, 2008

Una de las miles de ardillas que viven en la isla corretea a tu lado, manteniendo siempre una distancia prudencial. Mucha gente está leyendo sobre el césped: algunos al sol; otros, más cautos, a la sombra de cualquiera de los centenares de árboles que existen por esta zona. Los deportistas son otra especie característica del lugar. Corren y corren, parando apenas para beber un poco de agua en alguna de las fuentes públicas antes de reiniciar la marcha. El béisbol o el baloncesto son otras actividades que puedes practicar aquí, con terrenos perfectamente adaptados para estos juegos.

Dispones de un espacio gigantesco en el centro de Manhattan, lugar en el que te puedes esconder, huir, del intenso ritmo de la vida diaria. Una poblada arboleda te va a ayudar a que lo consigas.

Aparte de las múltiples atracciones colocadas para sacar perras a los turistas, los lagos completan un conjunto hermoso y tranquilo, que permite situar a tu cerebro en otra frecuencia (más cercana al Alfa que al Gamma). Al menos de día, de noche, como en todos los parques de la Gran Manzana, si te pasa algo, que conste que ya se te advirtió…

Central Park, paraíso de relax en medio del mayor bullicio del planeta. Infierno colosal para los alérgicos al polén. ¡Qué desgracia pertenecer a esta última tipología!

Hormigas en Nueva York: Cap. 21. Turismo envasado (al vacío)

13 diciembre, 2008
La reina de las visitas turisticas en Nueva York

La reina de las visitas turísticas en Nueva York

Si quieres conocer la Gran Manzana, las posibilidades son muy variadas, y siempre dependerá de tus gustos y del tiempo (y dinero) disponible.

Puedes optar por los paquetes que te ofrecen las agencias, con el inconveniente de que, básicamente, son un atraco a mano armada. Si tienen algo bueno, es que vas a conseguir un guía que se comunique contigo en español. Los norteamericanos, como los ingleses, son incapaces de hacer el mínimo esfuerzo por tratar de utilizar una lengua distinta a la suya.

Por suerte, como el número de hispanos es cada vez mayor, llegará un momento en el que hasta el presidente tendrá que dominar el español si quiere gobernar. Esto es un hecho que puedes contrastar cuando te das cuenta del detalle de que, por ejemplo, los anuncios del metro están todos en inglés o, todavía una minoría, en español. Ni chino ni francés ni alemán…, salvo que sea la publicidad de una academia de idiomas.

Bueno, que me voy por los cerros de Úbeda, comentaba que las excursiones que te ofertan las agencias son una de las maneras de conocer la isla.

Si te mueves por tu cuenta, con el Metrocard, hay una opción bastante interesante de turismo empaquetado: la CityPass. Se trata de una modalidad que existe, además de en Nueva York, en otras grandes ciudades norteamericanas (Seattle, Chicago, Philadelphia, Toronto…). Aquí por 74 dólares te incluyen las visitas al Empire State, el MoMA, el Museo de Arte Metropolitano, el Guggenheim, el Museo de Historia Natural y, por último, puedes elegir entre una vuelta en crucero o una visita a las islas de la Estatua de la Libertad y de Ellis. Además, tienes una serie de descuentos para otros lugares, aunque ese tipo de ofertas la ofrecen también la mayoría de los hoteles.

Como se puede ver, es el take-away de las visitas turísticas. Al tener un componente cultural alto; quizás, no sea el producto que andas buscando. Pero, por otro lado, el mayor atractivo de la CityPass, más que el precio, es el ahorro del tiempo en colas.

No quiero decir que las vayas a evitar. Ésas, como buen visitante, te las tienes que comer en menor o mayor medida; pero si posees la CityPass eres una especie de turista VIP y en los lugares mencionados pasas a una cola diferente, mucho más corta. Si el tiempo es dinero, la CityPass es una gran inversión.Sobre los espacios a visitar casi todos merecen, y mucho, la pena.

Las vistas del Empire State son espectaculares. El edificio más alto e histórico de Nueva York, el mismo en el que King Kong trataba de refugiarse en su cima, ofrece las panorámicas más impresionantes de la ciudad. Está en reformas, como gran parte de la isla (es lo que tiene agosto) y la entrada te permite alcanzar el piso 86. Por un suplemento de 15 dólares (jeje), puedes subir a la última planta, la 102, a más de 400 metros de altura.

Según nos han comentado, por las noches sus vistas encandilan; pero nosotros, que somos un poco cortos, hemos venido dos veces y siempre de día. La primera vez estaba nublado. La segunda, era muy temprano para que estuviesen las luces de la Gran Manzana en su apogeo y lo suficientemente tarde como para no tener la mejor visión de la ciudad. Sí, lo nuestro es de premio. Con todo, no deja de ser uno de los imprescindibles, como señala el eslogan de su campaña publicitaria: «Si tú nos has visto Nueva York desde aquí, tú no la has visto en absoluto».

El Museo de Arte Moderno (MoMA) es otro clásico. Con obras que han marcado los siglos XIX y XX, encantará a los admiradores de Manet, Monet, Picasso, Cézanne, Renoir, Van Gogh o, bajando el nivel, Warhol y Lichtenstein. Nosotros, además, hemos tenido la suerte de coincidir con una magnífica exposición temporal de Dalí compuesta no sólo por su obra pictórica, sino también por sus incursiones, algunas poco conocidas, cinematográficas. Su empleo del color, sus imágenes desconcertantes, su excepcional habilidad para jugar con la perspectiva dotan al conjunto de su obra de un influjo, de un magnetismo, que te atrapa, te absorbe, como si hubieras caído en su particular tela de araña: casi invisible, pero está ahí.

El Museo Metropolitano de Arte, por su parte, es monumental. Desde que visité el Louvre no había visto algo parecido. Sin llegar a la magnificencia del gigante francés, el Metropolitano cuenta con una brillante colección que abarca desde Mesopotamia y el Antiguo Egipto hasta nuestras fechas (algo malo tenía que tener).

Su apartado de arte egipcio es sobresaliente y la reconstrucción literal del Templo de Dendur, piedra a piedra, es absolutamente colosal. Allí está: un edificio del Antiguo Egipto tal y como se encontraba en su lugar originario (Nubia).

Además, la división del arte en función de su continente o país de procedencia hace del museo una viva representación del cosmopolitismo que se respira en el exterior. No se limita al arte occidental, sino que aquí podemos apreciar, en un vistazo, las diferencias existentes entre las creaciones de Oceanía, China, Japón, África o Sudamérica. Sin olvidarnos de que, como suele ocurrir en estos casos, su parte más destacada corresponde a la sección destinada a la pintura europea.

A mí, personalmente, las galerías que menos me gustaron fueron las dedicadas a las artes decorativas (te hacen comprender el porqué del éxito mundial del Ikea) y, como no, las de no-arte-contemporáneo.

Sobre el Guggenheim, mejor no hablar. Con la colección permanente cerrada, ni siquiera sé qué pinta dentro de la CityPass. No tiene, ni de lejísimos, el nivel del resto. La única ventaja es que, al ser pequeño, puedes huir de él rápidamente. Mejor, ni te molestes en visitarlo. Tiempo que te ahorras.

Los tres esqueletos de dinosaurios colocados a la entrada del Museo de Historia Natural nos desvelan la que es su mejor parte. La colección favorita de los críos cuenta, en el final de su recorrido, con la exposición más grande del planeta de huesos de las enormes criaturas que poblaron la tierra hace millones de años, con reconstrucciones casi completas de triceratops, brontosaurios y, nuestro preferido, el tiranosaurio rex.

Para cualquiera que se haya emocionado, aunque sólo sea un poco, con Parque Jurásico, esta colección milenaria es el pretexto perfecto para dejarse caer por este museo.

Finalmente, entre la alternativa del crucero o de la visita a las dos islas, ésta es la opción correcta. Ver y admirar a Lady Liberty tan de cerca es una obligación, como hacerse la fotografía imitando a la de John Lennon (sí, sí, esa misma, la del brazo en alto). Desde el 11-S no se puede subir a la estatua; pese a las estrictas medidas de seguridad que tienes que pasar para llegar hasta aquí, lo máximo a lo que puedes aspirar es a subirte al pedestal de la inmensa obra de Bartholdi.

Por supuesto tenía que haber una pega: la subida a la plataforma es gratuita, pero tienes que pedirla con una semana de antelación (como mínimo) a través de teléfono o de Internet. Te lo comento para evitarte la cara de panoli que se nos ha quedado a nosotros cuando estábamos expectantes por subirnos a los pies de la dama y realizamos el gran descubrimiento.

De la isla de la estatua te trasladan a Ellis. Otra visita esencial, como ya he comentado en otro capítulo. El valor simbólico de Ellis hace que su paso por ella difícilmente decepcione.

Ahora que le hemos echado una ojeada por encima al contenido del envase, podemos comentar sus contras. Si no sabéis inglés (no me refiero a hablarlo, que hacer eso en condiciones siendo de España no conozco a casi nadie), es un obstáculo campeón, pues en casi ninguna parte se ofrece la posibilidad de audio-guías en español (ni en francés ni en chino ni en alemán…). No estamos en Europa, donde normalmente te ofrecen folletos y/o guías en varios idiomas, sino en Estados Unidos, y es lo que tiene: USA rules, English rules. Que en español significa que te busques la vida.

Otro «problema» no menos importante: las tiendas de regalos. Los reyes del marketing, los auténticos amos del cotarro. Si alguien consigue salir de cualquiera de estos sitios sin haber pasado por la tienda de recuerdos, por favor, ruego que se ponga en contacto conmigo y me explique cómo lo ha hecho.

Estás tan tranquilo, dispuesto a marcharte y ¡pum!, de frente, al final de la visita (cómo debe ser), te encuentras dentro de la zona de souvenirs. Será complicado que no caigas ninguna vez. Mi consejo: baja la vista y ve mirándote los pies hasta la salida. Tu tarjeta de crédito te lo agradecerá.

Una incomodidad, más que otra cosa, es la fotito. Allí vas tú, con tu cara de turista, con tu cámara digital en la mano, con tu rostro de alegría tras haber pasado el atasco y los controles (voy a acabar introduciéndome el cinturón por el… ¡Ah, no, que también sonaría!), y allí están, esperándote: «Three, two, one…» ¡Flash! ¡Joder, es que no has visto nuestra digital! ¡Si tenemos ya hechas tropecientas mil fotos con las que aburrir a familiares y amigos!… Y las que nos quedan por hacer. Pues nada, otro retratito. El primer día, da por sentado que caí: los 20 dólares por la foto del Empire fue el equivalente a saltar desde el piso 102, que era desde donde me iba a tirar mi novia cuando hice la compra.

Por último, cuestión fundamental, ¿cuál es la capacidad de asimilación y procesamiento de tu cerebro? Si respondes a esta cuestión, comprendes que tus recorridos-flash por museos que contienen miles de obras, muchas de ellas maestras, te habrán inhabilitado para dedicarles el mínimo tiempo que se merecían (envasado al vacío). A la que le hayas dedicado más de treinta segundos es porque te paraste a hacerle una fotografía. ¡Triste premio al tiempo que le dedicó mi primo a Las Señoritas D´Avignon!

Bueno, al final, siempre podrás decir «he estado allí» o «yo lo he visto», aunque parece que estos momentos sólo los valoramos en su justa medida una vez que se han desvanecidos en el tiempo… Como el amor, la familia o la amistad.

Hormigas en Nueva York: Capítulo 9-11. La esperanza es un lugar donde no pasa el tiempo

11 diciembre, 2008
Saint Paul se ha convertido en el auténtico santuario de las victimas 11-S

Saint Paul se ha convertido en el auténtico santuario de las víctimas 11-S

Si Times Square te provoca una serie de emociones, aquí sientes otras extraordinariamente intensas, pero diferentes. Cuando llevas unos segundos en el interior, los vellos de la piel se te erizan y un hormigueo te recorre el estomago.

Afuera, como siempre, ruido, ajetreo, obras… Aquí, parece que te hubieras trasladado a otro rincón del planeta. Es más como si te internaras en un sentimiento que en un espacio concreto.

La capilla de Saint Paul se ha convertido en el santuario del 11-S. Espontáneamente, desde el mismo momento de los trágicos atentados, se han ido acumulando en la capilla cientos de imágenes, recuerdos, dedicatorias… Proceden de todos los rincones del mundo y han acabado transformando este espacio en una especie de reliquiario o mausoleo.

Dada su cercanía con la Zona Cero, este lugar fue utilizado por familiares de desaparecidos en busca de esperanzas, por miembros de las fuerzas de seguridad que buscaban reposar o reponer energías. Fue destinado para asistir a las víctimas de la desgracia.

Posteriormente, la gente que pasaba por la isla rendía, cada uno a su modo, su homenaje a aquellos a los que la fatalidad, el cumplimiento del deber o el arrojo voluntario devolvieron a su origen.

La importancia que tenía Saint Paul por albergar las tumbas de diversos personajes famosos de la Historia Americana o por ser el lugar en el que George Washington (el verdadero) fue a rezar tras ser investido primer presidente, se ha desvanecido.

Ahora, la capilla de Saint Paul es un ente fuera del tiempo y del espacio, donde se respira paz y, sobre todo, esperanza, mucha esperanza.

Cuando abandonas la capilla, de nuevo el escándalo, el bullicio, los pitos…, pero, por unos instantes, una emoción difícil de expresar con palabras ha invadido tu alma. Como si hubieras estado fuera de este mundo.

Si Manhattan es la encarnación del Capitalismo, la capilla de Saint Paul es su esencia: no aspires a verla o a tocarla; simplemente, ten fe en su existencia. Quizás Marx se equivocaba e incluso al Capitalismo, en el fondo, no lo hace funcionar el dinero, sino la esperanza.

Hormigas en Nueva York: Cap. 18. La muerte del Arte o el Museo Mojón

7 diciembre, 2008
representación de los mojones colganderos a la entrada del Guggenheim de Nueva York

Yo también soy "artista": representación de los mojones colganderos a la entrada del Guggenheim de Nueva York

Cuando Pablo Picasso falleció en 1973, no se lloró suficientemente su pérdida. De hecho, yo he tenido que volver a derramar lágrimas tras la visita al Guggenheim de Nueva York.

Lo único que tiene de arte ese museo es el edificio en sí. El contenido era para echarse a gemir, sobre todo cuando entras y descubres que la sala permanente (donde teóricamente tienen que estar las obras de Picasso, Manet o Cézanne) está cerrada.

O sea que te has de conformar con ver el resto de «realizaciones», entre las que sobresalen unas especies de mojones de plata con forma de espiral que están colgados del techo. Asimismo, se suceden las formas fálicas, las performances y todos los sucedáneos de gente que ha intentado imitar a Picasso sin ningún éxito.

No me sentía tan decepcionado de mi paso por un museo desde que fui a uno en Bilbao. ¡Ah, era otro Guggenheim! ¡Qué casualidad!

Miles de metros cuadrados rellenos con cuadros cuyo principal mérito radica en un tamaño descomunal, en los elementos utilizados en su arte final (la orina no está descartada) y, en el mejor de los casos, cuadros con un solo color y una raya próxima a un extremo, normalmente paralela a uno de los lados del marco.

Yo mismo pensé que estaba exagerando, pero tras ir al Metropolitano, me di cuenta de que era más grave de lo que pensaba: la sección de arte contemporáneo era, con diferencia, lo más vacuo del museo (y eso que había secciones de artes decorativas, ¡uuuufff!).

El «arte contemporáneo» es como los reality show. Sólo buscan la polémica, el comentario oportuno… Estrellas fugaces que desaparecen rápidamente dejando en el firmamento a las que siempre han estado.

Puede que el Arte tocara techo con Picasso, Dalí o, entre otros, Monet, y que lo único que quede sea retornar a las formas clásicas o buscar nuevos medios de expresión artísticas más acordes al siglo XXI, como la pintura digital.

Para poner un mojón colgando de lo alto de un techo, o pintar una raya con mierda en un momento de inspiración pseudodrogadicta no hay que ser ni un gran artista ni un genio, sino un ególatra que sepa venderse a sí mismo y convenza a Guggenheim de que eso es una obra de arte original e innovadora; aunque muchos siempre vayamos a pensar que eso, realmente, sólo es una mierda.

Hormigas en Nueva York: Cap. 16. "Take-away"

3 diciembre, 2008
La importancia de la comunidad china es tal que hasta los McDonalds emplean su idioma en determinados lugares de Manhattan

La importancia de la comunidad china es tal que hasta los McDonalds emplean su idioma en determinados lugares de Manhattan

Si visitas París, Lisboa, Roma o Madrid, tienes la certeza de que te será relativamente sencillo encontrar un restaurante en el que te sirvan comida de calidad característica del país. Si tu lugar de estancia es Londres, simplemente te limitas a asumir que no vas a hallar un sitio donde comer en condiciones. Pero si estás en Nueva York, afrontas un problema: restaurantes buenos hay cientos, pero si miras la letra pequeña empiezas a leer que especializado en comida india, mexicana, italiana, mediterránea… Y así, puedes llegar a descubrir la cocina de países que ni siquiera sabías que existían.

Pero: ¿y la comida neoyorquina? La Gran Manzana es un expositor en el que en unos pocos kilómetros cuadrados puedes degustar la mejor comida de casi cualquier parte del globo, salvo la propia, que no sé si no existe o si el menú de la casa es mixto: cocina asiática con mediterránea, la combinación de la francesa con la africana… Puede que ésa sea la verdadera comida de este lugar.

En todo caso, finalmente hemos optado por el única y original alimento americano, el que te preparan y te llevas, y que puedes encontrar en la versión de grandes marcas (McDonald´s, Burger King, Dunkin´ Donuts…) o en el modelo carrito con precios convenidos (hot dog a 2 dólares y helados son sus principales representantes).

Con éstos nunca fallas. Grasa para el cuerpo a precio módico para aquellos paladares, como el nuestro, que son menos exigentes para según qué cosa.

¡Lástima que no haya llegado en condiciones el jamón ibérico a la isla! Todavía no son consciente de que lo mejor que se puede aprovechar de un cerdo es la pata. Si ese día llega, los marranos mandarán en Estados Unidos… Aunque algunos piensen que con Bush y su cuadrilla ya han tenido para rato. Por favor, take-away.

Hormigas en Nueva York: cap. 15. Una oveja negra de los Testigos de Jehová

1 diciembre, 2008
En Battery Park, al sur de Manhattan, se encuentra el Monumento a los Inmigrantes

En Battery Park, al sur de Manhattan, se encuentra el Monumento a los Inmigrantes

Vive a medio camino entre Nueva York y Miami. Se trata de uno de los miles de colombianos que se buscan el pan en los Estados Unidos. Le conocen como «el Charrito», y nosotros nos lo encontramos en Battery Park, al sur de Manhattan. Ésta es una de las zonas más turísticas de la ciudad, pues desde aquí salen los ferrys que van a la Estatua de la Libertad y a la isla de Ellis.

Sentado sobre la hierba del parque, a la sombra de un árbol, «el Charrito» se dedica a pintar paisajes con los dedos sobre espejos. En unos cinco minutos te hace un paisaje de Manhattan, de Lady Liberty o una combinación de ambos. Es lo que los turistas le demandan en esta isla, según nos cuenta. En Miami, por el contrario, se dedica principalmente a dibujar costas y playas. Allí, asegura que el negocio es mejor y que a él le sale bastante más rentable.

En la Gran Manzana, hay cientos de artistas callejeros que hacen retratos o caricaturas a precios de saldo, pero «el Charrito» es el primero que vemos trabajar con los dedos y óleo. Muchos de los visitantes deben pensar lo mismo, puesto que a su alrededor siempre hay un buen número de personas.

Nos comenta un poco sobre su vida nómada, de hotel en hotel, de cómo cada poco tiempo tiene que pagar una serie de impuestos para poder desarrollar su actividad durante unos meses. Para que la policía no le ande molestando, tiene su permiso sobre su maleta en un lugar bien visible.

Este hombre, de tez morena, ojos marrones y un bigote similar al de Cantinflas, nos recuerda cómo festejaron los españoles la victoria en la Eurocopa de fútbol, pero la verdadera pasión se nota en su tono de voz cuando hace mención al ciclismo y al ídolo colombiano «Lucho» Herrera.

Yo sigo preguntándole más cosas sobre su vida, mientras le pedimos cuadro tras cuadro. Así es cómo me entero de que su familia no acepta lo que hace: son Testigos de Jehová y él es considerado la «oveja negra» de la estirpe. Aunque con resignación, él parece haber aceptado esta realidad y no hay nada que haga denotar que tenga algún tipo de resentimiento contra sus progenitores. De hecho, más bien se diría que, pese a todo, les tiene un enorme aprecio, más allá del cariño que se le pueda tener a alguien por el mero hecho de ser de la misma sangre.

Una de las imágenes que más éxito tiene es una en la que se ve de fondo la Estatua de la Libertad y, en un primer plano, se muestra una farola antigua negra. Sin tapujos, nos señala que la idea de la farola se la vio a un estudiante de la Universidad y que, desde entonces, la incorporó a su repertorio.

Aparte de estos retratos típicos, que son los que vende con más facilidad, cuando tiene un hueco deja volar su imaginación y crea paisajes idílicos «salidos de su cabeza». Parece ser el refugio que él está buscando: una casita a la orilla del mar, con unas montañas de fondo, en un día despejado. A lo mejor en Miami gusta mucho, pero aquí los turistas quieren recuerdos de Nueva York y, por ello, estos caprichos creativos él mismo se los limita.

A nosotros ese paisaje nos encanta. Puede que también nuestro sueño sea, como el suyo, tener ese refugio paradisíaco. Así que esa imagen la añadimos al lote.

Rematada la faena, nos despedimos de «el Charrito» deseándole lo mejor. Seguro que le va a ir bien. Mientras hablaba con nosotros, un grupito se ha formado, nuevamente, esperando su turno.

Sus cuadros no estarán nunca en un museo, casi con total certeza. Pero no se le puede negar que él aporta su granito de arena para convertir esta ciudad en un lugar inolvidable y único. Pienso esto mientras que unos metros más adelante observamos el Monumento a los Inmigrantes, considerado uno de los más importantes de entre los que se encuentran al aire libre en Manhattan. Con total merecimiento.

Hormigas en Nueva York: Cap. 13. El sueño de Annie Moore

27 noviembre, 2008
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Annie Moore o la encarnación de un sueño americano ¿desenfocado?

Con 15 años, una joven irlandesa esperaba junto a sus hermanas en una pequeña isla en las afueras de Manhattan para poder ingresar en los Estados Unidos, donde ya vivían sus padres.

Era 1 de enero de 1892 y el sitio en cuestión, el nuevo centro en el que se controlaba la entrada de inmigrantes en la isla de Ellis.

La «tierra prometida» estaba a unos centenares de metros de distancia, pero el paso por las dependencias de Ellis era obligatorio para todo el mundo. Entre esa fecha en la que entró Annie y 1924, más de 10 millones de personas de todas las nacionalidades entraron a los Estados Unidos por este lugar.

Annie Moore fue la primera de todas ellas. Ella representa el comienzo del crisol multiétnico que conforma la sociedad norteamericana, cuya máxima expresión puedes vivir a diario en las calles de la Gran Manzana.

Se estima que más de 100 millones de norteamericanos descienden de esos 10 millones. El museo que hay en Ellis, además de ser delicioso para los amantes de las estadísticas, conforma un merecido homenaje de una nación a una parte fundamental de su estructura: los inmigrantes.

Si Annie Moore consiguió ingresar de manera legal en una época de puertas abiertas (salvo discapacitados, criminales o enfermos, el resto solía acabar entrando); en los noventa, unos nueve millones de personas recalaron en Estados Unidos, de manera ilegal en gran medida, procedentes de Hispanoamérica y el sudeste asiático.

Todos ellos buscaban poder escribir una carta como la que Adam Raczkowski escribió a su primo polaco Teofil Wolski aquel lejano 6 de agosto de 1906: «Ojalá te vengas a América, querido hermano, hasta la fecha me está yendo muy bien aquí y no tengo intención de volver a nuestro país, porque en nuestro país yo sólo experimenté la miseria y la pobreza, y ahora yo vivo mejor que un lord en nuestro país».

Desconozco si Adam disfrutó toda su vida de prosperidad y felicidad. De hecho, tampoco sé si su primo, al que llamaba hermano, se unió a él. Lo que sí puedo apuntar es que la pequeña Annie entró en Estados Unidos junto a sus dos hermanas. Falleció a los 47 años de un aneurisma cerebral.

Hormigas en Nueva York: Cap. 11. Hormigas en Manhattan

25 noviembre, 2008
A cuatrocientos metros de altura, la perspectiva cambia

A cuatrocientos metros de altura, la perspectiva cambia

En nuestra habitación han encontrado cobijo una serie de hormigas. Como son pocas, me caen hasta bien. Estoy por ponerles nombres: la Primera, la Segunda, la Tercera…

Cuando las observo desplazarse me pregunto si responden a un orden o si están tan perdidas como yo.

Lo mismo me ocurre en el piso 102 del Empire State Building: puedo vislumbrar a esas minúsculas criaturitas moviéndose de un lado para otro y sigo sin saber si todo tiene una lógica o es un caos que se convierte en cotidiano.

Yo llegué desorientado, como una hormiga que no encuentra su hormiguero, y en la Gran Manzana a veces parece que todo el mundo está, a su manera, como yo, perdido, buscando un rumbo que desconoce, como la hormiga que avanza sobre mi almohada.

Hormigas en Nueva York: Cap. 10. Desorientación

23 noviembre, 2008
Mirar al cielo en busca de los rascacielos, será una de las mejores formas de orientarte en Manhattan

Mirar a las nubes en busca de los rascacielos será una de las mejores formas de orientarte en Manhattan

Una semana en Manhattan y sigo sin saber cuándo tengo que tirar a derecha o a izquierda, al norte o al sur. Soy la gallinita ciega, que tiene como recursos unos mapas que deberían ir acompañados por un diccionario de dudas.

La isla se divide en diversos distritos (o barrios): Tribeca, Soho, Little Italy, Chinatown, Chelsea, Greenwich Village, Midtown, Upper East Side, Harlem… Esas zonas, a su vez, las podemos clasificar genéricamente en dos: el Alto Manhattan, que comprendería desde Central Park hacia el norte, y el resto de la isla sería el Bajo Manhattan. Son dos mitades casi idénticas en tamaño.

Con la excepción de una pequeña parte situada en la parte sur de la isla, el resto de las calles no tienen nombre, con lo que la gallinita ciega se ve obligada a probar el método ensayo-error. Las calles se llaman Primera, Segunda, Tercera… y van en paralelo. La otra distinción se establece con las avenidas, también numeradas (aunque hay excepciones como la Avenida de las Américas o la Avenida Broadway), y que cruzan, normalmente de forma perpendicular, estas calles.

La gallinita ciega se ve obligada a mirar el cielo y tratar como referencia los diferentes rascacielos: el Empire, el Chrysler, el Rockefeller, etc. De esta manera, tras varios días, y muchas idas y venidas, consigue alcanzar el ansiado estatus de pato mareado. El siguiente nivel lo desconozco.

Hormigas en Nueva York: Cap. 9. A más de dos metros bajo tierra

21 noviembre, 2008
Gente en metro

Metro y Nueva York es como Jamón cocido y Queso: un mixto

Para moverse a diario por Nueva York las opciones son múltiples, pero las reales se reducen a una: el metro. Anticuado, vetusto, horriblemente acondicionado, con grietas allá donde mires… Tiene todo el encanto que puede tener una obra que existía en una época en la que en el resto del planeta apenas si había entrado en funcionamiento el ascensor.

Los mismos neoyorquinos son conscientes de las carencias de su metro y, en una encuesta publicada por los periódicos de la ciudad, en la valoración que hacían de las líneas casi ninguna aprobaba. Para ellos, los dos dólares que cuesta el ticket (válido por dos horas) es tan robo como me lo pareció a mí.

Los precios te obligan a adquirir la famosa Metrocard, que por 25 dólares te permite un uso ilimitado del subterráneo durante una semana. Para el turista es la elección más atractiva, aunque existen otras de mayor duración.

Para adquirir esta tarjeta, tienes que pasar por un cajero automático, donde o pagas con tarjeta (como aquí se costea casi todo) o bien en efectivo. Nosotros, como buenos desconfiados, elegimos la opción monetaria (jajajaja). El cajero se quedó con 20 dólares ante las narices de un funcionario que teníamos justo al lado.

Acudimos al señor y logramos explicarle (inglés de combate 1 – inglés americano 0) lo que él había podido ver. Nos dice que compremos la Metrocard en la máquina de al lado y que, detrás de la tarjeta, hay un número de teléfono al que podemos llamar para reclamar el dinero indicando el número de cajero (el 0032).

Se me debió quedar toda la cara de Chuck Norris: ¡de turista y me ofrece como solución telefonear a un número para recuperar 20 dólares!

Pues se me mete en la cabeza que ese dinero lo tengo que conseguir, así que empiezo la «Operación Rescate». A la cuarta llamada, logro hablar con un señor. El «inglés» va fluyendo hasta el momento en el que me pide la dirección (¡ay, qué risa, María Luisa!). ¿Cómo coño le digo que vivo en Málaga, en la comunidad autónoma de Andalucía, en España, con su correspondiente dirección? ¿O simplemente se refiere a que le facilite la de mi hotel?

El señor que me atiende, que debe estar tan desesperado conmigo como yo con él, me apunta que espere un momento. Y ahí está, un compadre latino dispuesto a ayudarme en mi lucha. Total, al final, quedan en que me devolverán el dinero en la recepción hotel de cinco a siete días laborables. ¡Victoria!

Cuatro llamadas, la última de más de 15 minutos, que con las tarifas que me ofrece mi compañía de móvil en el extranjero puede que me cueste, con suerte, 30 dólares. Y todo para obtener 20 dólares que llegarán al hotel cuando nosotros estemos de regreso en España.

Trabajo subterráneo destinado a no ver nunca la luz: subway.

Hormigas en Nueva York: Cap. 8. Preservativos en el autobús

19 noviembre, 2008

Existe en Manhattan una «plaga» con los colores de la bandera de España. La diferencia estriba en que el color de la camiseta (roja o amarilla) distingue los pertenecientes a una u otra compañía: son los comerciales de las líneas turísticas de autobuses. Casi siempre, se trata de una persona de raza negra, principalmente varones, y tienen sus puntos de batalla en torno a los monumentos de la ciudad. Los rojos pertenecen a Gray Line. Los amarillos a Sightseeing New York (posteriormente, descubriríamos una tercera compañía que iba de naranja).

Si es la primera vez que visitas esta isla, será prácticamente imposible que te sustraigas a sus artes. A nosotros nos ganó el colega en cuanto se puso a hablar en español. ¡Ay, amigo, el idioma obra milagros!

Por un módico precio, puedes estar dando vueltas por Manhattan y Brooklyn durante 48 horas; además de visitar algunos de los puntos más turísticos, por ejemplo, el Empire State Building.

El truco está en que en dos días es poco probable que puedas hacer ni la mitad de los recorridos. En el mapa parece pequeña, pero Manhattan para este tipo de trayectos es un mundo. Tendrías que estar todo el día en el autobús para lograrlo.

A nosotros, que la Diosa Fortuna nos mira con agrado; mientras hacíamos el viaje por la parte sur de la isla, nos cayó un chaparrón considerable. Al principio, todo eran jajas y jijis. Anécdota para recordar.

Cuando llevas media hora calándote hasta los huesos, ya no tiene ni puta gracia. Los temblores y las manos arrugadas indican que el chiste se está haciendo demasiado largo. Los relámpagos, que iluminan el cielo con estruendo, te recuerdan que estás en la parte superior de un automóvil en movimiento y que lo más parecido a un pararrayos eres tú. Si a todo esto le añades el ridículo e incómodo chubasquero de plástico que te han facilitado para «evitar» que te empapes, ya directamente te entran ganas de volverte para tu país de origen.

Ocho horas de avión para acabar en lo alto de un autobús vestido de condón paseándote por las calles de la Gran Manzana no es cosa de broma…, aunque tenga su punto.

Hormigas en Nueva York: Cap. 7. Times Square o porqué el Capitalismo derrotó al Comunismo

17 noviembre, 2008
el corazón de Manhattan

el corazón de Manhattan

Miles de personas se acumulan en pocos metros cuadrados. Cientos de ellas, cámara en mano. La primera vez que estás aquí notas cómo se te acelera el corazón y una sensación de vértigo se expande por tu mente. En un instante, tus sentidos parecen abrumados, colapsados, por el despliegue de luces, pancartas, colores e imágenes: sí, es Times Square.

Si Nueva York es el centro del mundo (al menos del Occidental), Times Square es su corazón.

Inmensas pantallas a derecha e izquierda, donde se suceden los anuncios de las marcas más punteras (Coca-Cola tiene su lugar destacado y permanente). Aquí es donde viene la gente en fin de año. Y también en este lugar podemos ver el Hard Rock Cafe, el Planet Hollywood, el McDonald´s, la Virgin Store, el Bubba Gump (no es broma, existe), el estudio de la cadena ABC, la MTV Store, etecé, etecé, etecé.

Interconectado con Broadway, y sus decenas de espectáculos, se trata de un espacio con el que nada aguanta comparación. Por la noche, cuando las luces se multiplican, este universo brilla como si fuera una constelación propia. Aquí todo parece mágico, desde los inmensos carteles en los que se anuncian los próximos estrenos de cine o teatro hasta el modesto cartel del drogadicto que señala: «Necesito dinero para cerveza, alcohol, mujeres y drogas; al menos, soy honesto y no te estoy asaltando con navaja». Contra esto, poco tenía que hacer el socialismo soviético. ¡Chúpate esa, Lenin!

Cada hora las puertecitas laterales se abren y aparecen unas figuritas como en un reloj de cuco

Cada hora las puertecitas laterales se abren y aparecen unas figuritas como en un reloj de cuco

Hormigas en Nueva York: Cap. 3. Más taxis que personas

9 noviembre, 2008
La marea amarilla inunda las calles de Manhattan

La marea amarilla inunda las calles de Manhattan

El señor Ford puede estar contento. En una ciudad en la que hay más taxis que personas, la mayoría son de su marca. El modelo estándar, con su clásico amarillo, inunda las calles de Manhattan en una marea que no cesa nunca.

El taxi más típico es uno que en España no he visto nunca. Es muy grande, con un amplio maletero, preparado para satisfacer las necesidades de los millones de turistas que pasan por la isla.

El taxista que se encarga de desempeñar el trabajo que le correspondería a F. se llama Duchard. Nació en Santo Domingo, pero lleva muchos años navegando por las calles de la Gran Manzana. Nos cuenta que trabaja 64 horas semanales. Diez horas al día, salvo el martes (día de descanso), en el que sólo curra cuatro horas. (Ríete de la jornada de 35 horas).

Duchard es un tío simpático, agradable, que al enterarse de que somos españoles nos comenta que su padre siempre señala con orgullo que él (su padre, porque Duchard de español, ni «papa») habla «castellano», no «español». Sonríe con la anécdota, que cobra bastante sentido cuando llevas unos días sobreviviendo en Manhattan.

La marea amarilla sólo se ve interrumpida, ocasionalmente, por enormes limusinas (preferentemente negras), coches de marca que no conozco (ni un opel, ni un citroën, ni un seat, apenas un audi…), y los autobuses preparados y acondicionados para los visitantes (eso sí, más te vale hablar inglés, porque aquí no se estila otro idioma).