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Asertividad y manipulación

2 octubre, 2009

Una de las cosas más importantes que podrías aprender y que no te suele enseñar nadie es decir “no”, fácil y sencilla palabra de una sílaba con una vocal y una consonante. La hemos escuchado centenares de veces a lo largo de nuestro proceso educativo: “no hagas esto”, “no hagas lo otro”…  Sin embargo, la “palabra mágica” estaba reservada a las figuras de autoridad: padre, madre, profesores, sacerdotes, entrenadores, jefes y toda aquella figura dotada de algún tipo de poder real o imaginario sobre nosotros.

Si piensas en la mitad de los embrollos en los que te has metido en tu vida, probablemente te des cuenta de que estás en él porque hubo un momento en el que no te atreviste a decir “no”: quizás la presión social, la educación recibida y algún que otro factor condicionante te impulsó a tomar un camino de mala gana con todas sus consecuencias.

Eso es así, hasta que un día te terminan de tocar las narices, y entonces pronunciarás el “no”, de un modo tajante, furioso, con malos modales y sin medir posibles consecuencias.

Se supone que eso lo puedes evitar si te conviertes en una persona asertiva (uno de los términos favoritos de cualquier psicólogo). Que traducido al cristiano viene a ser una persona capaz de negarse a hacer cosas que no le interesan, y que no se deja manipular por los argumentos con los que se le puede intentar convencer de lo contrario.

La teoría es bien sencilla. La práctica tiene ya sus recovecos. En el momento en el que hay dos lados, dos posturas, cada cual con sus argumentos (y por tanto, su carga manipulativa) lo de la asertividad puede acabar convirtiéndose en un ente tan abstracto como la justicia o dios, que puede que te ayuden si tienes fe y crees en su existencia; pero que forman parte del mundo de las ideas del que hablaba Platón, sin concreción espacio-temporal.

Al final, lo único que parece ser cierto es que es mejor mantenerse alejado de las personas que no aceptan un “no” por respuesta (y no me refiero a que hagan concesiones temporales a la caza de un objetivo mayor), porque si entras al trapo, como aseguraba uno de los personajes de La chaqueta metálica al contemplar el cuerpo sin vida de uno de sus compañeros: “mejor tú que yo”, ¿no?

Hormigas en Nueva York: Cap. 6. No hay moros en la costa

15 noviembre, 2008

أَلسَلاَمُ علَيكُم

(“la paz sea sobre vosotros”, tiempos mejores vendrán pronto)

En la isla más multiétnica que entre en tu imaginación, sorprende hasta cierto punto la prácticamente inexistencia de comunidad árabe. En una semana, solamente hemos visto a dos personas que pudiéramos identificar como pertenecientes a esta etnia (y una, con dudas).

No sé si esto estaba ya así antes del 11-S o si, después de los atentados, prácticamente se ha convertido en un imposible el viajar desde un país islámico a Nueva York.

Por otro lado, pudiera ser que la comunidad islámica se retirara semivoluntariamente ante las miradas acusadoras del resto del mundo. Una de las cosas más humillantes para una persona inocente es que la prejuzguen por su raza o por su lugar de nacimiento. En esas condiciones, han tenido que ser unos años duros para los árabes por estas tierras.

La visión de los neoyorquinos, lógicamente, puede ser otra: tu vida es tu vida, y en una situación de pánico, tu instinto de supervivencia te puede llevar a unos límites insospechados de racismo. Si, además, ese miedo es convenientemente amplificado y manipulado por gobierno (y medios de comunicación); durante un tiempo, los tolerantes neoyorquinos habrán tenido que mostrar cierto recelo ante unas personas fácilmente reconocibles por sus rasgos y su color de piel.

Por cierto, la mayoría de los árabes de los atentados procedían de un único país, el más corrupto e intolerante, pero al que nunca el gobierno norteamericano ha incluido en su famoso «eje del mal». Que el crudo siga fluyendo, pero sin moros en la costa.