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Hormigas en Nueva York: Cap. 34. Paciencia

23 enero, 2009

Los ves a todos. A veces, charlan animadamente entre ellos, aunque lo normal es que suelan ir absortos, escuchando música en su Ipod, leyendo una novela o el periódico, haciendo jeroglíficos o, simplemente, dando cabezadas. Da igual el sexo, la raza, la religión: el metro es el medio de transporte más democrático. Aquí todo el mundo intenta pasar el tiempo con la mayor dignidad posible… Y eso se espera del resto de los que van dentro del vagón (exceptuando a los vendedores o los cantantes, que tienen otro estatus).

Son muchas las horas que neoyorquinas y neoyorquinos (nacidos o de adopción) pasan en el subterráneo como para incumplir dos de las normas básicas: primera, en el metro hay que estar el tiempo justo y necesario, no más; segunda, el subway es un coñazo necesario, un mal menor, vamos a molestar al resto de pasajeros lo justo y necesario, no más.

En pocas horas, he visto cómo se quebrantaban esas dos leyes no escritas y he podido admirar la paciencia estoica de estos ciudadanos de mundo.

Primera escena: metro de la calle 33 con dirección a la zona sur de la isla. Justo enfrente, tenemos la misma línea pero sentido Uptown, hacia el norte. Entre ambas líneas circula otro metro cuyo número desconozco.

El tiempo transcurrido empieza a hacerse eterno, y el asfixiante microclima dentro de la estación puede provocar las reacciones más diversas: minuto tras minuto. Lo que más me joroba es que se suceden los trenes en los otros dos raíles. Cuando cuento seis en cada una de esas dos líneas, dejo de hacerlo para evitar tener que saltar a la vía a ver si me llevan…, aunque sea por delante.

Por fin, aparece uno por nuestra dirección. Bien, vacío, así iremos más cómodos. Pasa como el Plan Marshall por España: rápido y sin hacer parada.

Todavía esta «broma» provoca alguna carcajada entre los grupitos. Los que están solos no han cogido, por el contrario, la gracia al chiste.

Mientras tanto, sin cesar, circulan los vagones en los otros dos raíles: los que queremos ir Downtown lo único que conseguimos es ir cuesta abajo en vez de ciudad abajo.

Llega otro, se frena, no abre las puertas y se marcha. Esta vez no hay risas y la gente comienza a llamar por el móvil: «lo siento, cariño, no sé qué pasa hoy, a ver si llega el metro de una vez», «jefe, le aseguro que voy de camino; no, por favor, no me despida por llegar veinte minutos tarde», «¿que te tienes que ir?, ¿cómo vas a dejar a mis niños solos? Sean y John sólo tienen 3 y 5 años. Espera un poco más, que tengo problemas en el metro… Te lo gratificaré, te lo suplico…» Ya me puedo imaginar este tipo de conversaciones.

33 minutos después de nuestra triunfal entrada en la estación aparece el tercero, el mejor de todos. Veo a una mujer de tez blanquecina en el interior del vagón, es pelirroja, con el pelo largo y liso. Se planta frente a la puerta, esperando como yo su apertura. El conductor no entiende de colores y, tras unos segundos con el aparato detenido, vuelve a arrancar sin dar la oportunidad, no ya de de entrar, sino siquiera de salir a los que están en el interior.

Mientras avanza el tren veo la cara de estupefacción de la señora pelirroja, de unos 40 años, que levanta las manos como si la hubieran enviado en el furgón de la prisión siendo inocente («¡Os juro que yo no lo hice! ¡Socorro, sáquenme de aquí!»).

Los suspiros hacen acto de aparición, y la revolución resignada y silenciosa hace que la mayoría salgamos del metro en busca de cualquier otra alternativa. Todo esto sin contar al plasta que durante los últimos diez minutos nos ha estado advirtiendo por los megáfonos «que oye sí, que un retrasillo, pero que ya llega, que gracias por su paciencia, que esperen un poquito más…» Eso cuando la intensa actividad y, por tanto, ruido de los otros dos raíles permitían escuchar algo.

Paciencia, paciencia…

A las pocas horas, nuevamente como escenario el medio favorito de los neoyorquinos. Se trata, esta vez, de la línea que va al aeropuerto J.F.K. Allí, puedes coger otro que te conduce directamente a la playa. Gente normal, corriente, gente en metro.

Y entra él. Unos 40 años, barriga cervecera, camisa blanca de tirantes, pantalones grises cortos. Lleva unas gafas de sol que se quita y se pone constantemente. Ojos azules. Un enorme tatuaje cubre su brazo izquierdo. Otro con forma de collar, tan de moda entre los horteras, le rodea el cuello a modo de rosario. Tez rosada, pelo canoso. Aparte, lleva un reproductor de música.

Ése es el aspecto concreto del tío más odioso del mundo. No, olvídate de la persona que tenías en mente. Es él. En esta ocasión en concreto, creo que se ha pasado con el alcohol, aunque puede que sea otra droga. Este Don Quijote va acompañado de su Sancho Panza: bajito, gordito, con gafas, cara ancha, perilla de pocos pelos, color de piel morena pero no negra. Sin duda, es latino. Éste no molesta; simplemente, se dedica a afirmar y a seguir la corriente de mi amigo Odioso.

No deja de parlotear ni un instante, con una voz estridente que te provoca dolor de cabeza. Apenas se le entiende lo que dice salvo cuando lanza tacos. Mira de forma chulesca a todo el mundo («sí, soy yo, el puto amo, el master of the universe»). Se pavonea, baila de forma ridícula y habla, habla, habla… No hay que aclarar que el volumen de su voz es poco menos que atronador.

Como somos pocos, pare la abuela. Entra un tío con pantalones rojos anchos, de los que caen por debajo de las rodillas. Lleva tatuado en un brazo «Costa Rica», lo que se puede ver porque lleva camisa de tirantes blanca, como mi colega Odioso. Es mulato y va acompañado de dos más. Este par son como nuestro Sancho Panza: hacen menos ruido y se limitan a seguir al líder, inconfundible por su volumen de voz. Éste es peligroso. Si el otro detectabas al instante que era un payaso odioso; el de Costa Rica, que, increíblemente, chilla todavía más alto, se ve que es un auténtico chusma. Sentado sobre el respaldo y con los pies apoyados en el espacio destinado a las nalgas, el colega berrea en inglés colando algunas palabras en español.

Los «normales», que estamos sentados entre las dos tribus, nos miramos en medio del estruendo con cara de «esto no puede estar pasando». Todos nos bajamos en la siguiente parada con el objetivo de librarnos de Chusma y Odioso.

Bueno, al menos Chusma se ha quedado en el vagón, pero a Odioso lo tendremos que soportar, al menos, hasta el próximo transbordo (él también ha debido ver el peligro de quedarse a solas con el costarricense). En fin, resignación, que es lo único que nos queda. Cualquier otra cosa sería poco democrática… Mientras que el porcentaje de este tipo de personajes sea limitado, claro está.

Hormigas en Nueva York: Cap. 33. "Tax", el gran enigma

18 enero, 2009

Buenas noticias, el IVA no existe en Nueva York. Malas noticias, existe el Tax o impuesto local. Buenas noticias, el Tax se sitúa en torno al 8 por ciento frente al 16 por ciento para casi todos los artículos de nuestro querido IVA. Malas noticias, cuando ves un precio en Nueva York nunca sabes si incluye el apartado Tax o no (algunos lugares te dan el precio con las tasas, otros te ponen en pequeñito que al precio hay que sumarle el Tax, y otros se pasan por el forro todo y descubres que el precio no llevaba las tasas cuando pasas por caja). Buenas noticias, en los mercadillos, con los vendedores ambulantes y en algunos pequeños comercios de Soho, Chinatown y Little Italy lo del impuesto no se estila y el precio es el que es (en ocasiones, puedes hacer hasta una contraoferta). Malas noticias, la impunidad para incluir las tasas en el precio del escaparate o de la etiqueta es tal que hasta en las tiendas más famosas desconoces el precio real hasta el último momento (en caja pagando) o hasta que lo preguntes específicamente. Buenas noticias, monta un negocio en Nueva York, para el tema de marketing siempre lo tendrás más fácil (en España si hicieras lo mismo, te caería un paquete de Consumo por publicidad engañosa).

Cara o cruz. Quédate con el lado que más te guste.

Hormigas en Nueva York: Cap. 30. Juguetes para adultos

14 enero, 2009
Al tiranosaurio de Toy «R» Us sólo le falta comerse a los clientes. ¡Me llevo uno!

Al tiranosaurio de Toy «R» Us sólo le falta comerse a los clientes. ¡Me llevo uno!

Lidia lo está flipando. Yo también, no es para menos y voy fotografiando este momento extraordinario. Mi novia está un poco avergonzada; pero, a fin de cuentas, es una oportunidad única: no todos los días tienes la posibilidad de tocar en el piano en el que Tom Hanks daba una divertida exhibición en la película Big.

Este tesoro está en F.A.O. Schwarz, en la Quinta Avenida, justo detrás del santuario de Apple.

Además de esta maravilla, aquí encontramos dinosaurios y dragones de peluche gigantescos, y reconstrucciones a tamaño real en Lego de los personajes de Harry Potter y de La Guerra de las galaxias. Es una obligación moral hacerse una foto al lado (oscuro) de Darth Vader.

La megatienda de Toy «R» Us en Times Square no le va en absoluto a la zaga. En este lugar, con las piezas de Lego han realizado enormes réplicas del edificio Chrysler, de la Estatua de la Libertad y del Empire State (con su King Kong incluido).

Una gran noria en el interior del almacén también impresiona. Cada carro lleva algún personaje de juguete o de película en el frontal: Mr. Potato, Monopoly, Barbie, E.T….

Sin embargo, el culmen de Toy «R» Us es digno de estar en el Museo de Historia Natural. ¡Vaya pedazo de tiranosaurio! El bicho mide como cinco o seis metros de altura, mueve la cola, la cabeza, la boca, los temibles ojos… y gruñe. Sólo el establecimiento de Disney sí que es un juego para niños.

Hormigas en Nueva York: Cap. 26. El gran error de los Reyes Católicos

19 diciembre, 2008

Aparte de patrocinar los viajes desacertados de Cristóbal Colón, Isabel y Fernando se dedicaron a «subvencionar» otra serie de actividades de moralidad más dudosa: ejemplo, el Santo Oficio (o en cristiano, la Inquisición; se me acaban de poner los vellos de punta). Para la fanática religiosa Isabel, era una manera de defender al Catolicismo; para el maquiavélico Fernando (no olvidemos que fue una de las inspiraciones fundamentales de El príncipe), era un pretexto para solventar determinados problemas: ejemplo, el estado está en quiebra económica (como lo estará tantas veces, incluso durante la época de mayor expansión del Imperio Español con Felipe II); solución: expulsamos a los judíos so pretexto religioso y solventamos la cuestión económica con intereses.

Esto que ocurrió hace ya más de cinco siglos establece una serie de las diferencias entre los Estados Unidos y España (y no me refiero sólo a la postura política en la cuestión Palestina).

En Nueva York, la colonia judía es numerosa y, además de dedicarse al estudio de la Torah, se encargan de dotar de un dinamismo a la economía de la ciudad más que digno de comentar.

Primer ejemplo: Distrito del Diamante; ocupa unas decenas de metros de la calle 47. En este reducido espacio se mueve el 80 por ciento de los diamantes que se encuentran en EE.UU. Pasear por esta vía tiene sus riesgos si vas fijando mucho la vista en los escaparates: te puedes llegar a eclipsar con tanto brillo concentrado en tan pequeño lugar (si no te da un infarto mirando los precios, claro).

Decenas de furgonetas blindadas FedEx se acumulan en esta calle, siempre prestas a transportar tan valiosa mercancía.

Otro aspecto que te llama mucho la atención: si bien no todos, la mayoría de los locales no tienen ningún reparo en poner el precio de las codiciadas joyas. A diferencia de los establecimientos de más postín de la Quinta Avenida (ejemplos: Tiffany&Co., Van Cleef & Arpels) que no se rebajan a poner el precio de sus productos en los escaparates, en la 47 no se andan con mojigaterías. Yo he estado buscando alguna ganga y el precio mínimo que he encontrado han sido poco más de 20.000 dólares, que a como estaba el cambio cuando llegué a Manhattan, te salen unos irrisorios 13.000 euros aprox.

A las siete de la tarde, das una vuelta por esta deslumbrante zona y está desierta. Te asomas a cualquier mostrador y no hay nada. Toda la mercancía ha sido puesta a buen recaudo y así, día tras día, con la laboriosidad propia de las hormigas.

Segundo ejemplo de eficiencia hebrea: B&H, una megatienda de imagen y sonido. Si en España por profesionalidad se entiende (o al menos antes) El Corte Inglés, nuestra cadena sería poco menos que un supermercado de barrio en comparación con esta gente.

Para empezar, todo lo que puedes imaginarte en las áreas de la fotografía, vídeo, informática y similares se encuentra en B&H. Y nos referimos desde un pen de un giga a una cámara de vídeo profesional, pasando por televisores, portátiles o reproductores de música. Por supuesto, con marcas y aplicaciones que todavía no han llegado a España y algunas que no lo harán nunca.

En segundo lugar, tienen precios extremadamente competitivos. Difícilmente, vas a ver un producto a mejor precio en una tienda de confianza (en la isla hay muchos negocios en los que te venden productos informáticos o teléfonos a bajo coste, pero de más que dudosa procedencia).

Otra ventaja, la estructura de la tienda es clara y en cada sección existe un personal numeroso y cualificado (atiende, que tienen hasta trabajadores que hablan español). Como te pares un momento y prestes mucha atención a algo, da por sentado que te lo venden. Si encima preguntas, acabas por buscarte la ruina (pero contento, ¡eh!). Nosotros íbamos con la intención de llevarnos, si acaso, un pen y nos dejamos casi 350 dólares entre pitos y flautas.

El incómodo carro de la compra no existe: confort para el cliente, seguridad para el negocio. En cada sección del almacén te van dando un ticket, con el que te puedes dirigir a otra parte del comercio para añadir más compras.

Una vez que has finalizado con tus adquisiciones, te diriges con el papelito a caja. Cuando has pagado, entonces puedes ir con el recibo al espacio de recogida de la compra. Es un espectáculo ver cómo todo el centro comercial está interconectado por una red de cestas verdes, en las cuales los vendedores van introduciendo lo que te vas «llevando» en cada parte de la tienda, y cómo todas acaban siempre en el punto de recogida. ¡Compra fresquita, fresquita!

Está claro que los Reyes Católicos, aparte de la más que cuestionable ética de sus acciones religiosas, no pensaron a largo plazo. Con una clase social tan capacitada y habilidosa para el comercio, es menos probable que en España hubiera prosperado la cultura del dinero fácil y el «pelotazo», del ladrillo y la construcción, del compadreo padre… Habría un mayor número de profesionales serios y eficientes; claro que, en ese caso, me quejaría de la actitud de España hacia el pueblo palestino. La cuestión es no estar nunca conforme, como Isabel «la Católica».

Hormigas en Nueva York: Cap. 23. El infierno de los alérgicos

15 diciembre, 2008

Una de las miles de ardillas que viven en la isla corretea a tu lado, manteniendo siempre una distancia prudencial. Mucha gente está leyendo sobre el césped: algunos al sol; otros, más cautos, a la sombra de cualquiera de los centenares de árboles que existen por esta zona. Los deportistas son otra especie característica del lugar. Corren y corren, parando apenas para beber un poco de agua en alguna de las fuentes públicas antes de reiniciar la marcha. El béisbol o el baloncesto son otras actividades que puedes practicar aquí, con terrenos perfectamente adaptados para estos juegos.

Dispones de un espacio gigantesco en el centro de Manhattan, lugar en el que te puedes esconder, huir, del intenso ritmo de la vida diaria. Una poblada arboleda te va a ayudar a que lo consigas.

Aparte de las múltiples atracciones colocadas para sacar perras a los turistas, los lagos completan un conjunto hermoso y tranquilo, que permite situar a tu cerebro en otra frecuencia (más cercana al Alfa que al Gamma). Al menos de día, de noche, como en todos los parques de la Gran Manzana, si te pasa algo, que conste que ya se te advirtió…

Central Park, paraíso de relax en medio del mayor bullicio del planeta. Infierno colosal para los alérgicos al polén. ¡Qué desgracia pertenecer a esta última tipología!

Hormigas en Nueva York: Cap. 19. Haciendo realidad el sueño de mi madre

9 diciembre, 2008
Winter Garden, escenario de las representaciones de Mamma Mia! en Broadway

Winter Garden, escenario de las representaciones de Mamma Mia! en Broadway

Las luces se apagan y el acomodador nos indica amablemente nuestra posición. Claro, stand: «permanecer de pie». Era imposible otra explicación lógica a que yo pidiera dos entradas que costaban más de 100 dólares cada una y me cobraran poco más de 40 por las dos.

Ahora te puedo decir que, verdaderamente, no me arrepiento. Estás de pie, sí, pero el teatro es coqueto y recogido, y al estar erguido, la posibilidad de tener una persona de cabeza abultada es un riesgo que queda minimizado. Gastarte más de 200 dólares para ver un eclipse no es precisamente uno de mis sueños, puesto que es una pesadilla que ya he sufrido.

¡Silencio!, ¡silencio! Murmullos. Y por fin, el sueño de mamá se hace realidad… en mí. Mamma Mía! Desde los cuatro años, inculcándome la cultura ABBA y me encuentro en una sala de Broadway, contemplando el musical compuesto por Benni y Björn.

Aunque en inglés, te vas enterando bastante bien de la trama, salvo cuando interviene un tío con el pelo rizado que pronuncia el inglés como un malagueño el español.

Una madre. Una hija. Una boda. Tres posibles padres. Cuatro amigas. Un novio. Una no-boda. Un matrimonio inesperado-esperado. ¡Qué más da! Lo importante es dejarse llevar por la música, la coreografía, las luces y el ritmo que marcó una década. Chiquitita; Honey, honey; Waterloo y, entre muchas otras, una desgarradora The winner takes it all forman parte de un elenco hecho para nostálgicos.

¡Cuánto habría disfrutado mi madre!

Hormigas en Nueva York: Cap. 11. Hormigas en Manhattan

25 noviembre, 2008
A cuatrocientos metros de altura, la perspectiva cambia

A cuatrocientos metros de altura, la perspectiva cambia

En nuestra habitación han encontrado cobijo una serie de hormigas. Como son pocas, me caen hasta bien. Estoy por ponerles nombres: la Primera, la Segunda, la Tercera…

Cuando las observo desplazarse me pregunto si responden a un orden o si están tan perdidas como yo.

Lo mismo me ocurre en el piso 102 del Empire State Building: puedo vislumbrar a esas minúsculas criaturitas moviéndose de un lado para otro y sigo sin saber si todo tiene una lógica o es un caos que se convierte en cotidiano.

Yo llegué desorientado, como una hormiga que no encuentra su hormiguero, y en la Gran Manzana a veces parece que todo el mundo está, a su manera, como yo, perdido, buscando un rumbo que desconoce, como la hormiga que avanza sobre mi almohada.

Hormigas en Nueva York: Cap. 8. Preservativos en el autobús

19 noviembre, 2008

Existe en Manhattan una «plaga» con los colores de la bandera de España. La diferencia estriba en que el color de la camiseta (roja o amarilla) distingue los pertenecientes a una u otra compañía: son los comerciales de las líneas turísticas de autobuses. Casi siempre, se trata de una persona de raza negra, principalmente varones, y tienen sus puntos de batalla en torno a los monumentos de la ciudad. Los rojos pertenecen a Gray Line. Los amarillos a Sightseeing New York (posteriormente, descubriríamos una tercera compañía que iba de naranja).

Si es la primera vez que visitas esta isla, será prácticamente imposible que te sustraigas a sus artes. A nosotros nos ganó el colega en cuanto se puso a hablar en español. ¡Ay, amigo, el idioma obra milagros!

Por un módico precio, puedes estar dando vueltas por Manhattan y Brooklyn durante 48 horas; además de visitar algunos de los puntos más turísticos, por ejemplo, el Empire State Building.

El truco está en que en dos días es poco probable que puedas hacer ni la mitad de los recorridos. En el mapa parece pequeña, pero Manhattan para este tipo de trayectos es un mundo. Tendrías que estar todo el día en el autobús para lograrlo.

A nosotros, que la Diosa Fortuna nos mira con agrado; mientras hacíamos el viaje por la parte sur de la isla, nos cayó un chaparrón considerable. Al principio, todo eran jajas y jijis. Anécdota para recordar.

Cuando llevas media hora calándote hasta los huesos, ya no tiene ni puta gracia. Los temblores y las manos arrugadas indican que el chiste se está haciendo demasiado largo. Los relámpagos, que iluminan el cielo con estruendo, te recuerdan que estás en la parte superior de un automóvil en movimiento y que lo más parecido a un pararrayos eres tú. Si a todo esto le añades el ridículo e incómodo chubasquero de plástico que te han facilitado para «evitar» que te empapes, ya directamente te entran ganas de volverte para tu país de origen.

Ocho horas de avión para acabar en lo alto de un autobús vestido de condón paseándote por las calles de la Gran Manzana no es cosa de broma…, aunque tenga su punto.