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La serpiente

25 junio, 2009

Llegamos en coche. Dando un rodeo extraño. Y llegamos a un sitio que, en teoría, no debía estar allí pero que a mí me suena muchísimo. Bajamos del automóvil y me encuentro allí con la rama varón de mi familia, eso sí, sólo mi padre y mis tíos más mayores.

El terreno tiene un color rojizo, hay hoyos diseminados por todo el lugar y ni un asomo de vida ni vegetal ni animal, salvo nosotros, claro está. Lo que están haciendo me sorprende. Están barriendo la arenilla que está suerta, como si estuvieran limpiando este inhóspito lugar no sé muy bien con qué motivo.

Hace calor, y veo que mi padre hace “trampas”. No va echando la arenilla en bolsas como el resto, sino que directamente va escondiéndola en las oquedades que se va encontrando a su paso.

Estoy pensando en tal “inmoralidad”, y como leyéndome el pensamiento, me pregunta que qué me parece esta actuación. Sorprendido por dentro, me muestro inalterable y le digo lo que prefiere oír, a fin de cuentas bien pensado también es lo más lógico: “¿Qué importa si no guardas la arena en bolsas? Aquí no hay nadie”.

Mis tíos, mi padre y yo continuamos avanzando. Yo les contemplo y miro como vamos atravesando por debajo de diversos puentes que se entrecruzan entre sí. Hace tiempo que no veo a mi novia. Estoy convencido de que venía conmigo, o a lo mejor también en esto me equivoco.

A medida que ando, me doy cuenta de que el terreno se está convirtiendo en arcilla, en una especie de barro en el que me voy hundiendo… Y me acabo de percatar de que voy descalzo.

Empiezo a moverme con más cuidado. Temo que me pueda cortar con algún fragmento de cristal, con algún trozo de caña suelta o con algún tipo de bicho. Se me viene a la mente una culebrilla y me da un escalofrío.

Mirada a la derecha y veo una especie de tubería muy ancha. Tengo a mi padre por delante y al resto de mi familia por detrás de mí. Al acercarme observo que el cilindro está como moteado de manchas marrones. Me parece ver deslizarse el “tubo” e intento alejarme.

Grito: “¡Cuidado, una serpiente!”. En ese instante, el animal se iergue, es enorme y abre su monstruosa boca, mayor que mi cabeza y con dos colmillos puntiagudos. Me ataca velozmente y me despierto sobresaltado.

Las 09:39. Falta un minuto para que suene el despertador. En el iPod suena el Hotel California: “such a lovely place”. Me encuentro completamente alterado y respiro hondo tratando, con dificultad, de recuperar el control. Me echo sobre la almohada y suena el despertador.

El niño con el pijama de rayas

15 octubre, 2008

Acabo de finalizar la lectura de El niño con el pijama de rayas, del irlandés John Boyne (me ha dado ahora por Irlanda), y me ha cautivado por su deliciosa sencillez, por su conmovedor final sin artificios, por esa inocencia y optimismo del pequeño Bruno…

Un libro fácil de leer, ameno, que cuenta como atractivo principal ver un hecho terrible a través de la mirada limpia y pura de un niño, de un crío que siempre busca la explicación más simple, la más esperanzadora. Bruno es como un rayo de luz en medio de la tormenta más oscura. Un personaje muy humano, que protesta ante la injusticia, pero que sabe cuando tiene que parar ante la Autoridad (Padre/Madre). Que es capaz de traicionar vilmente a su mejor amigo, pero que no cejará en su empeño hasta recuperar la amistad, arrepintiéndose con sinceridad de su cobardía…

Esta es la literatura que podría funcionar en los institutos y que podrían despertar el interés del alumnado. Historias que van atrapando al lector, que fluyen y que te sirven para explicar el contexto. Con obras así, pienso que se conseguiría aumentar el índice de lectura entre los más jóvenes.

Habría que agradecer a personas como Boyne su aportación a la Literatura. Espero que la adaptación cinematográfica haya sabido transmitir el tono del libro.