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Asertividad y manipulación

2 octubre, 2009

Una de las cosas más importantes que podrías aprender y que no te suele enseñar nadie es decir “no”, fácil y sencilla palabra de una sílaba con una vocal y una consonante. La hemos escuchado centenares de veces a lo largo de nuestro proceso educativo: “no hagas esto”, “no hagas lo otro”…  Sin embargo, la “palabra mágica” estaba reservada a las figuras de autoridad: padre, madre, profesores, sacerdotes, entrenadores, jefes y toda aquella figura dotada de algún tipo de poder real o imaginario sobre nosotros.

Si piensas en la mitad de los embrollos en los que te has metido en tu vida, probablemente te des cuenta de que estás en él porque hubo un momento en el que no te atreviste a decir “no”: quizás la presión social, la educación recibida y algún que otro factor condicionante te impulsó a tomar un camino de mala gana con todas sus consecuencias.

Eso es así, hasta que un día te terminan de tocar las narices, y entonces pronunciarás el “no”, de un modo tajante, furioso, con malos modales y sin medir posibles consecuencias.

Se supone que eso lo puedes evitar si te conviertes en una persona asertiva (uno de los términos favoritos de cualquier psicólogo). Que traducido al cristiano viene a ser una persona capaz de negarse a hacer cosas que no le interesan, y que no se deja manipular por los argumentos con los que se le puede intentar convencer de lo contrario.

La teoría es bien sencilla. La práctica tiene ya sus recovecos. En el momento en el que hay dos lados, dos posturas, cada cual con sus argumentos (y por tanto, su carga manipulativa) lo de la asertividad puede acabar convirtiéndose en un ente tan abstracto como la justicia o dios, que puede que te ayuden si tienes fe y crees en su existencia; pero que forman parte del mundo de las ideas del que hablaba Platón, sin concreción espacio-temporal.

Al final, lo único que parece ser cierto es que es mejor mantenerse alejado de las personas que no aceptan un “no” por respuesta (y no me refiero a que hagan concesiones temporales a la caza de un objetivo mayor), porque si entras al trapo, como aseguraba uno de los personajes de La chaqueta metálica al contemplar el cuerpo sin vida de uno de sus compañeros: “mejor tú que yo”, ¿no?

La meritocracia, el legado envenenado de la Antigua Grecia

7 julio, 2009

Me cago en Sócrates. Me meo en Platón. Le suelto una boñiga a  Aristóteles… y a los que estuvieron antes, también a todos, desde Parménides hasta Heráclito. Gracias a ellos, o desgracias a ellos, nos han estado intentando imbuir desde hace centenares de años de la idea de que ¡viva la meritocracia!, ¡arriba la democracia!, ¡olé la madre que nos parió!

Eso sí, mucho rollo patatero, pero con sus esclavos, sus “bárbaros” y sus mujeres, cosas que no entraban en discusión, porque eso tenía que hacer así. Y actualmente, desde que eres crío, te inculcan la idea de que tus méritos, tu capacidad, tu actitud, tu preparación y/o tu inteligencia forman un compendio que establecerá y determinará tu éxito en la escala social-laboral. ¡Y un cojón de pato! ¡Eso no ocurría ni en el “mundo de las ideas” de Platón! ¡Un mojón! ¡Una mierda!

Pero, claro,  el concepto de “meritocracia” es como el de la  “vida en el Cielo” del cristianismo (no el de Ronaldo): sirve para mantener vivo el sistema y que la cosa vaya tirando… ¿Y si te dijeran desde crío la verdad: “oye, escucha, por mucho que te esfuerces y te prepares, ves a aquel tío que no sabe hacer la “o” con un canuto, pues ése, como su padre es tal, siempre va a estar por encima tuya y si, por casualidades de la vida, tuvieras el “infortunio” de llegar “más alto” que él, ándate con ojo”?

Probablemente si nos hubieran adoctrinado de esta manera, todos seríamos una panda de cabronazos, pero al menos, el punto de partida sería similar y todos estaríamos expuestos a las puñaladas en igualdad de condiciones, dando y soltando navajazos, como un buen pascual duarte… Que la espada de Damocles se cierna sobre nosotros.