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Hormigas en Nueva York: Cap. 19. Haciendo realidad el sueño de mi madre

9 diciembre, 2008
Winter Garden, escenario de las representaciones de Mamma Mia! en Broadway

Winter Garden, escenario de las representaciones de Mamma Mia! en Broadway

Las luces se apagan y el acomodador nos indica amablemente nuestra posición. Claro, stand: «permanecer de pie». Era imposible otra explicación lógica a que yo pidiera dos entradas que costaban más de 100 dólares cada una y me cobraran poco más de 40 por las dos.

Ahora te puedo decir que, verdaderamente, no me arrepiento. Estás de pie, sí, pero el teatro es coqueto y recogido, y al estar erguido, la posibilidad de tener una persona de cabeza abultada es un riesgo que queda minimizado. Gastarte más de 200 dólares para ver un eclipse no es precisamente uno de mis sueños, puesto que es una pesadilla que ya he sufrido.

¡Silencio!, ¡silencio! Murmullos. Y por fin, el sueño de mamá se hace realidad… en mí. Mamma Mía! Desde los cuatro años, inculcándome la cultura ABBA y me encuentro en una sala de Broadway, contemplando el musical compuesto por Benni y Björn.

Aunque en inglés, te vas enterando bastante bien de la trama, salvo cuando interviene un tío con el pelo rizado que pronuncia el inglés como un malagueño el español.

Una madre. Una hija. Una boda. Tres posibles padres. Cuatro amigas. Un novio. Una no-boda. Un matrimonio inesperado-esperado. ¡Qué más da! Lo importante es dejarse llevar por la música, la coreografía, las luces y el ritmo que marcó una década. Chiquitita; Honey, honey; Waterloo y, entre muchas otras, una desgarradora The winner takes it all forman parte de un elenco hecho para nostálgicos.

¡Cuánto habría disfrutado mi madre!

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Hormigas en Nueva York: Cap. 6. No hay moros en la costa

15 noviembre, 2008

أَلسَلاَمُ علَيكُم

(“la paz sea sobre vosotros”, tiempos mejores vendrán pronto)

En la isla más multiétnica que entre en tu imaginación, sorprende hasta cierto punto la prácticamente inexistencia de comunidad árabe. En una semana, solamente hemos visto a dos personas que pudiéramos identificar como pertenecientes a esta etnia (y una, con dudas).

No sé si esto estaba ya así antes del 11-S o si, después de los atentados, prácticamente se ha convertido en un imposible el viajar desde un país islámico a Nueva York.

Por otro lado, pudiera ser que la comunidad islámica se retirara semivoluntariamente ante las miradas acusadoras del resto del mundo. Una de las cosas más humillantes para una persona inocente es que la prejuzguen por su raza o por su lugar de nacimiento. En esas condiciones, han tenido que ser unos años duros para los árabes por estas tierras.

La visión de los neoyorquinos, lógicamente, puede ser otra: tu vida es tu vida, y en una situación de pánico, tu instinto de supervivencia te puede llevar a unos límites insospechados de racismo. Si, además, ese miedo es convenientemente amplificado y manipulado por gobierno (y medios de comunicación); durante un tiempo, los tolerantes neoyorquinos habrán tenido que mostrar cierto recelo ante unas personas fácilmente reconocibles por sus rasgos y su color de piel.

Por cierto, la mayoría de los árabes de los atentados procedían de un único país, el más corrupto e intolerante, pero al que nunca el gobierno norteamericano ha incluido en su famoso «eje del mal». Que el crudo siga fluyendo, pero sin moros en la costa.

Hormigas en Nueva York: Cap. 3. Más taxis que personas

9 noviembre, 2008
La marea amarilla inunda las calles de Manhattan

La marea amarilla inunda las calles de Manhattan

El señor Ford puede estar contento. En una ciudad en la que hay más taxis que personas, la mayoría son de su marca. El modelo estándar, con su clásico amarillo, inunda las calles de Manhattan en una marea que no cesa nunca.

El taxi más típico es uno que en España no he visto nunca. Es muy grande, con un amplio maletero, preparado para satisfacer las necesidades de los millones de turistas que pasan por la isla.

El taxista que se encarga de desempeñar el trabajo que le correspondería a F. se llama Duchard. Nació en Santo Domingo, pero lleva muchos años navegando por las calles de la Gran Manzana. Nos cuenta que trabaja 64 horas semanales. Diez horas al día, salvo el martes (día de descanso), en el que sólo curra cuatro horas. (Ríete de la jornada de 35 horas).

Duchard es un tío simpático, agradable, que al enterarse de que somos españoles nos comenta que su padre siempre señala con orgullo que él (su padre, porque Duchard de español, ni «papa») habla «castellano», no «español». Sonríe con la anécdota, que cobra bastante sentido cuando llevas unos días sobreviviendo en Manhattan.

La marea amarilla sólo se ve interrumpida, ocasionalmente, por enormes limusinas (preferentemente negras), coches de marca que no conozco (ni un opel, ni un citroën, ni un seat, apenas un audi…), y los autobuses preparados y acondicionados para los visitantes (eso sí, más te vale hablar inglés, porque aquí no se estila otro idioma).

Hormigas en Nueva York: Cap. 1

7 noviembre, 2008

Con mi «inglés de combate» trato de preguntarle al dependiente cuál es el precio de una bebida que nunca he visto en España; afortunadamente, el tendero habla español y me puede aclarar todas mis dudas.

Al cabo de unos días puedo comprobar que no fue tanta mi suerte, Manhattan tiene una población latina muy importante. En este crisol de culturas, y de comida de «tomar y llevar», me llama mucho la atención que no haya blancos vendiendo en las tiendas. Bueno, sí los hay, pero en las de marcas muy conocidas de la Quinta Avenida o Times Square. En las periferias, latinos, negros, indios, chinos…, son casi siempre los mercaderes.

A los blancos parece que es más fácil encontrarlos saliendo de los rascacielos con sus chaquetas, corbatas o vestidos en pleno mes de agosto. Incluso ellos, a la hora de comer, compran hot dogs en alguno de los cientos de puestos ambulantes que se distribuyen por la Gran Manzana.